Ya empiezan los medios masivos de comunicación, y por supuesto las redes sociales, a configurar los bandos en buenos y malos, como si fuera eso posible en una guerra, que no es más que el resultado de intereses del gran capital que no encuentra otra salida de su crisis.

 

Por: Eduardo Pulido G.

Ocurre en abril. Cientos de destellos efímeros, a manera de saetas rutilantes, cubren el cielo nocturno: se les llama las líridas, su nombre viene de la constelación de Lira y esta a su vez de un mito griego: la lira de Orfeo, cuyo sonido edulcuró el corazón de Hades y salvó con ello a su amada Eurídice de la muerte, siendo arrebatada nuevamente junto con él por la duda; finalmente la Lira fue convertida en una constelación por Zeus.

Rara vez se sabe que las líridas hagan contacto con la tierra, suelen desvanecerse al ingresar a la atmósfera; sin embargo, es considerado de mal augurio que alguna se atreva a tocar la tierra.

La primera vez ocurrió en España. El 26 de abril de 1937 cientos de estrellas fugaces cayeron en la ciudad de Guernica disparadas con bombarderos provenientes de la Alemania Nazi y de la Italia fascista, centenares de personas, la mayoría civiles, murieron en ese resplandeciente ocaso del mes de abril. Ese mismo día se confirmó que España, más que enfrentar una guerra civil, era un laboratorio de guerra; el detonante de inicio de la segunda guerra mundial se dio con el fin de la república española y la victoria de la falange franquista.

Nuevamente las líridas chocan con la tierra, esta vez en Siria: un consenso entre Francia, Inglaterra y Estados Unidos para asesinar civiles en respuesta al asesinato de civiles por parte de Al Assad –una de esas extrañas paradojas de la guerra donde siempre pierde el pueblo– encendió la chispa de una posible III guerra mundial, que si bien se prendió en el oriente medio puede detonar en Venezuela.

Ya empiezan los medios masivos de comunicación, y por supuesto las redes sociales, a configurar los bandos en buenos y malos, como si fuera eso posible en una guerra, que no es más que el resultado de intereses del gran capital que no encuentra otra salida de su crisis. Bien dijo Clausewitz: La guerra es la continuación de la política por otros medios.

En tres elementos sintetiza Atilio Borón la amenaza bélica: 1. Inestabilidad del equilibrio geopolítico mundial 2. La creciente gravitación del complejo Militar-industrial-comercial de Estados Unidos y sus aliados europeos y 3. La cacería por los recursos naturales cada vez más limitados.

En tal caso, la posibilidad de un nuevo conflicto de escala internacional no puede reducirse a una paranoia conspirativa, sino como una realidad tangible y peor aún: cercana. En la última cumbre de las Américas se entiende el motivo de la gira del vicepresidente de Estados Unidos: mano dura contra el gobierno de Venezuela, tarea reproducida fielmente por Colombia, que parecemos una cueva vacía que hace un insípido y estridente eco de lo que le gritan desde el norte. Esto permite entrever mínimamente los movimientos del ajedrez gringo. Por supuesto, para ellos, aquí todos somos peones.

En este escenario tenemos un acuerdo de paz desvanecido en el marco de un naciente conflicto transnacional. Muy a pesar de haber sido erigido para darle fin a una guerra interna de 50 años, los acuerdos de La Habana hoy están invisibilizados de la realidad política, las armas resguardadas en contenedores en el exterior, como garantía de que no van a ser usadas nuevamente para sublevarse contra los intereses del capital trasnacional (que por fin pudo ubicar las dragas para extraer riquezas donde la guerra no lo permitió en 50 años) ha permitido asestar el golpe de gracia contra la insurgencia, por lo tanto para la clase hegemónica en Colombia la paz pasó de moda.

Volverán a golpear las estrellas en la tierra y los buenos, independientemente de lo que digan los medios, son los que morirán, como mueren ahora, en el fuego cruzado u obligados a portar las armas de la perfidia.

Finalmente, a la guerra de capitales, más que los cementerios que produce, le interesan las balas que vende y así como las saetas del bombardeo de Guernica sirvieron de apertura de la segunda guerra mundial, y las bombas de Hiroshima y Nagasaki fueron la marca de su clausura, estamos lejos de imaginar el impacto que una tercera guerra mundial tendrá en la civilización humana.

Ante este panorama asediado por la muerte solo nos queda repetir lo dicho por Gabriel García Márquez en su discurso del premio Nobel: Nuestra respuesta es la vida.