Las redes sociales, agentes de incultura

JOSE CHALARCAPero nada alcanza los extremos del Facebook.  La gente publica de todo sin el menor recato e infringe impunemente las más elementales normas del respeto y el decoro…

Por: José Chalarca*

No estoy muy convencido de la utilidad y las bondades de las llamadas redes sociales. A primera vista son más las desventajas en lo que hace a su pretensión esencial de facilitar e incrementar la comunicación entre todos los miembros de la comunidad y, por lo visto hasta ahora, lo que han hecho es multiplicar soledades.

Lo más corriente hoy es encontrar grupos de personas que al parecer van juntas, pero, si se observa bien, cada una lleva en su mano un celular y está hablando o chateando con otro en la distancia por medio del whatsapp y seguramente apocopando las palabras o reemplazándolas con la sola inicial, maltratando la ortografía con errores garrafales y la gramática con fallas  impensables en la sintaxis. Han dejado de lado la conversación de viva voz e incluso entre ellos emplean el celular para hacerlo. 

Pero nada alcanza los extremos del Facebook.  La gente publica de todo sin el menor recato e infringe impunemente las más elementales normas del respeto y el decoro; hay quienes exponen sus deseos más íntimos, enumeran las condiciones que exigen de la pareja que buscan y hasta publican una fotografía de sus atributos de género para que el posible candidato no se llame a engaño.

Además del cúmulo de tonterías, escritas y gráficas que se publican, a nadie parece importarle el interés que pueda tener su asunto para el gran público cibernético. Tampoco el empleo del lenguaje con el mínimo de respeto por sus normas de uso.

Da la impresión de que muchos de los que publican en el Facebook estuvieran en guerra abierta con la ortografía y la gramática; se encuentra uno casos en los que se pregunta, ¿cómo alguien puede cometer tantos errores en una sola frase? Nadie parece admitir que del escribir bien y correctamente un idioma cualquiera depende la claridad y la efectividad de lo que se quiere decir.

Y qué decir del asedio diluvial de páginas publicitarias y la intromisión multitudinaria de gentes que uno no conoce. Es tan agobiante que muchas veces se van las horas que uno tiene para mirar lo que le interesa bloqueando las entradas que no le importan, que se acumulan de tal forma que lo obligan a uno a salir de la página sin completar la vista.

*Narrador y pintor caldense.