¡Carajo!- pensé- de modo que una persona atraviesa el infierno de la drogadicción, libra una batalla cotidiana con el hambre y las bacterias, vive en constante riesgo de que la acribillen a tiros o le asesten una cuchillada y los tecnócratas llaman a eso zona de confort.

 

Por Gustavo Colorado Grisales

Asistí a un taller literario por primera y única vez en mi vida al promediar los años ochenta del siglo anterior.

Habían transcurrido unos veinte minutos cuando el orientador blandió el ejemplar de un libro de Ernest Heminghway y nos espetó a la cara:

¡Tenemos que comprender muy bien la diferencia entre el narrador extradiegético, el heterodiegético y el homodiegético. De ahí depende todo!

Hui despavorido: hasta ese día yo pensaba que París era una fiesta.

Treinta y dos años después sigo corriendo: quiero disfrutar los libros. No hacer vivisecciones.

Volví a recordar el episodio hace un par de semanas. Durante una rueda de prensa convocada para hablar de los problemas de orden público en su localidad, Fernando Muñoz, alcalde de Dosquebradas, soltó esta frase y se quedó mirando al auditorio con aire de iluminado:

La gente les da limosnas o les paga por trabajos menores. Por eso los indigentes siguen viviendo en su zona de confort.

¡Carajo! -pensé- de modo que una persona atraviesa el infierno de la drogadicción, libra una batalla cotidiana con el hambre y las bacterias, vive en constante riesgo de que la acribillen a tiros o le asesten una cuchillada y los tecnócratas llaman a eso zona de confort.

Pero no hay que culpar al profesor ni al alcalde: las trincheras del lenguaje existen desde que el hombre empezó a enlazar sonidos y a darles una expresión gráfica.

En ambos casos habían escuchado  la frase en otro lado. En un seminario, en una charla, en un taller. 
Les quedó sonando y ¡Zas! La soltaron cuando lo consideraron oportuno.
Me olvidaba un detalle: hace cosa de un año, en un seminario de Historia, escuché a una mujer hablar de “La muerte hermenéutica”,  frase que por sí sola precisa de una interpretación.

Las palabras son suaves, lisas, curvas, tienen cuerpo. Por eso resulta tan fácil enamorarse de ellas, de sus resonancias, de sus infinitos meandros. Y como sucede con todas las formas del enamoramiento, uno vive en constante riesgo de alienarse, de extraviar el rumbo. Lo que debería otorgar sentido y ampliar el alcance de nuestra mirada deviene oscuridad, zona de confusión.

Y en las tinieblas acontece el deslumbramiento: utilizamos las palabras para desconcertar, no para aclarar. 

Confundimos la pirotecnia con la lucidez. Y en ese juego podemos resultar chamuscados.

Confinarse en el gueto del lenguaje resulta una tentación. Nos sirve para aislar a los otros y al mismo tiempo para controlarlos. Por eso las misas se oficiaban en latín: el rebaño ignoraba de qué le estaban hablando y por eso mismo lo suponía verdadero e irrefutable: ¿Cómo puedo controvertir lo que no soy capaz de entender?

Así han funcionado siempre las cofradías, las sectas, los partidos, las órdenes, las academias. Un puñado de individuos secuestra el lenguaje y saca provecho de eso. En los grandes centros de poder político, económico, social, religioso, cultural o académico se venden teorías, discursos, frases hechas. 
Manipularlas supone tener las claves del poder.

Hace poco le escuché la siguiente frase a un entrenador de fútbol:

Perdimos porque nuestros jugadores no han podido asimilar el dibujo y la conceptualización táctica.

Con esa jerga dudo de que lo consigan en los próximos cincuenta años. Los futbolistas manejan otro tipo de lenguajes. Pero de ese modo el entrenador los controla: son ellos los incapaces de comprender la improbable sapiencia de su discurso.

El mundo está infestado de manuales para propagar esas formas de la superchería. Si usted los recita en el momento oportuno lo llamarán líder asertivo. Incluso es posible que pueda cobrar sus buenos billetes y garantizar la supervivencia de su prole para el resto de la vida.

En esto último no hay nada de malo. Pero con la manipulación del lenguaje despojamos a los otros de la posibilidad de comprenderse y comprender el mundo.

Como sucede cuando le decimos falso positivo a un asesinato.

O desviación de recursos a un robo.

Dicen que a finales del siglo XIX los malandrines de Buenos Aires acuñaron el lunfardo para atrincherarse tras un muro de palabras pronunciadas al revés o prestadas de los dialectos llegados de Italia. Así lograron despistar a la policía durante mucho tiempo.

El asunto funcionó… hasta que la policía aprendió lunfardo. Entonces éste se refugió en el tango y a los cuchilleros les tocó inventar otras formas de evasión.

Más o menos así operan las trincheras del lenguaje.

Consiguen descrestar calentanos hasta que alguien descubre el truco.

PDT: les  comparto enlace a la banda sonora de esta entrada.

https://www.youtube.com/watch?v=V0ZBRtvTBfA