Solo queda elegir a pesar de ir contra corriente de los mandatos de la cultura y del pasado. Elegir aquella persona que es rastro perdido de la memoria y promesa.

 

Por: Christian Camilo Galeano Benjumea

Gozar ante el contacto con el otro, lanzar gemidos por un dolor placentero, olvidar por un instante al yo para perderse con el otro. La sexualidad del ser humano no es un camino seguro que lleva a la reproducción de la especie, en realidad, es un sinfín de trochas por las cuales se transita para encontrar la clave de lo que somos.

Deseamos al otro, pero este deseo no es instintivo, está cargado de una historia y un lenguaje. No buscamos copular con cualquiera, ni el coito es, en muchas ocasiones, el triunfo que deseamos. En realidad, nada hay menos natural que nuestra sexualidad, en eso no se equivocaba Freud, porque nuestro objetivo en la cama no es preservar la humanidad, buscamos afirmar nuestra individualidad en el encuentro de las carnes.

En los animales el objeto sexual ya está preestablecido; la especie se vale de los individuos para preservarse. El instinto prima en los animales y borra la posibilidad de un encuentro sexual, solo existe la reproducción, el objeto del deseo no se puede elegir. Un gato no elige con quien tener un encuentro sexual, está sujeto a los ciclos hormonales de la hembra, cualquier hembra es la indicada para la reproducción.

Por otra parte, en el ser humano aquello que se desea no es tan fácil de aprehender, está sujeto, por un lado, a la historia individual de cada persona y, por otro, a ese contexto cultural en el cual se inserta el individuo. No es posible que todas las mujeres despierten en mí el deseo. Son pocas o una en especial la que invita al encuentro y busco en medio de las calles o cafés.

Lo deseado está marcado por mi historia, es un fantasma que representa aquellas primeras imágenes placenteras o displacenteras que determinan lo que soy. El deseo se encarna y se impregna en el otro que se presenta como un misterio, una revelación. Sus palabras, los movimientos de su cuerpo, una mirada, un comentario, generan en mí la atracción. El otro ignora, en muchas ocasiones, que su imagen representa la huella perdida de mi deseo.

La mirada del otro me constituye y mi deseo surge de las relaciones intersubjetivas. De ahí que cuando se pierde el objeto deseado irrumpe la angustia, aquello que soy se pone en tela de juicio, la realidad se desmorona. Lo que soy pierde los puntos de referencia y la realidad tan sólida se desvanece en el aíre.

Y en este panorama donde el deseo parece limitar capacidad de elegir, debido al determinismo del pasado, brota una paradoja. Siguiendo a Sartre, el pasado es una determinación sobre nuestro presente, pero al confrontarlo puedo ser responsable de lo que soy y elegir aquello que deseo. El pasado se puede iluminar de muchas formas. Es decir, podemos estar anclados a un tipo de relación nociva con el otro o, por el contrario, podemos ver aquellas relaciones como ruinas que marcan lo que ya no queremos padecer.

Qué queda de andar por estas trochas de pantano, placer y deseo que no conducen a ningún lado. La certeza, tal vez la única, de que el ser humano debe cargar con la tragedia de su sexualidad, a saber, no estamos determinados por la naturaleza, nos determinan el pasado, el lenguaje y la cultura, estructuras móviles que condicionan el deseo, pero dejan un campo abierto para elegir.

Solo queda elegir a pesar de ir contra corriente de los mandatos de la cultura y del pasado. Elegir aquella persona que es rastro perdido de la memoria y promesa. Elegir la ruta que nuestro deseo encarna a pesar del peso y la angustia de no tener nada seguro.

*ccgaleano@utp.edu.co