Lectura urgente

ALAN GONZÁLEZ S.En la palabra está nuestro destino, una suerte de conciencia colectiva integrada por las artes, donde leer equivale a percibir, a descifrar.

Por: Alan González Salazar

La mentira, el engaño, es otra forma de sometimiento. Drogar a un gran sector de la población con aparatos ideológicos es ley en los pequeños grupos de poder. Su riqueza es la miseria humana. Los tecnócratas son los que se encargan de “ellos”, con instituciones como el Sena. Si se habla de educación, ésta solo se da en las clases privilegiadas y con fin despótico e inconfesado, pues son los ilustrados los ciudadanos del mundo, los demás no tienen derechos, están sepultados bajo la urgencia de los días, los cuales parecen estar contados por estos hombres de honor.

Pero los libros son como los pájaros. El libro no distingue, de allí su importancia, lugar de paradero. La poesía, y me apropio de un verso, está en la calle. Puede no haber poetas, pero hay batallas que merecen ser cantadas.

En las palabras están los dioses. La palabra, como tecnología, es un lujo que muchos, no sin poco esfuerzo, se pueden dar. Así lo enseñan los niños y los jóvenes, que son los únicos maestros, al no tener comprometida su libertad, pueden decir y hacer y apropiarse de espacios donde cuestionan y celebran la vida con su hondura absurda y trágica. Resulta descomunal la generosidad, despierta envidia y hasta odio en los grupos dominantes, porque el aparente y simple acto de leer resulta al cuestionar. En la palabra está nuestro destino, una suerte de conciencia colectiva integrada por las artes, donde leer equivale a percibir, a descifrar. Nuestra sociedad es una sociedad de la impostura, gobernada por el dios del dinero. Quitar entonces el manto y ver la muerte y anotar, todo tiene una historia. Anotar los nombres y apellidos, también, de los saqueadores, no olvidar, señoras y señores del espectáculo, que por ustedes se sufre hambre en pueblos y calles.

Por ello en Pereira no hay escritores, sólo caga tintas, ego maniacos desentendidos ¡Qué alguien nombre un autor vivo que haya merecido la imprenta! Poco o nada se sabe de literatura. La academia es a pesar de sus dones. Por años los jurados de diferentes concursos han sido profesores sin ningún libro de naturaleza ficcional publicado. Una horda de crípticos, de avaros impotentes, son los jueces de un bosque talado en vano.    

No hay bibliotecas, no hay para el pasaje. Se lee poco y lo poco que se lee se entiende mal. La ciencia técnica, la cual imparte las instituciones, desplaza la curiosidad, que encuentra refugio en el teatro, la música, la danza, ejecutadas, como es de esperarse, por jóvenes dispuestos a entender (con la pasión que nos caracteriza) el presente, a través de las obras del pasado y conferir goce, locura a la ya desastrosa vida cotidiana.

Lo que llamamos humanidad se pierde en una masa dolida, para la cual es inalcanzable los progresos, que no es ni buena ni mala, como escribiera Álvaro de Campos, “cuánto os amo por ser así como sois / fauna maravillosa del fondo del mar de la vida”.

Muchos argumentan, con desencanto, el rechazo a la proliferación de grupos dedicados a la lectura y la escritura creativa, quizá se deba a que sus directores no cumplen las expectativas de dignidad y lucha, sino en beneficio propio, como le escuchara decir con descaro a uno de estos “cuenteros”: se trata de “mercenarios literarios”. Me trae gusto escribirlo, su inteligencia de malandrín le dibuja una sonrisa de liebre metafísica en el rostro, a su lado, un cínico merecería respeto.

No han triunfado, su pobre riqueza no los hace inmunes a la crítica de los jóvenes.

Se hace urgente, pues, la lectura poética del mundo, es decir, renovar los sueños del trabajador y el campesino, dignidad y derechos de la mujer libre, como sus hijos y su tierra, asolada por los violentos y corruptos, con nombres y apellidos, anote, anote que es urgente la lectura para recordar lo que es digno de ser amado.