Lejos del mundanal ruido

GUSTAVOCOLORADOSitiados por los llamados de la publicidad, los asedios de la información, el bombardeo del mercadeo y agobiados por nuestros propios miedos y ambiciones nos volcamos hacia el exterior como quien salta de un edificio en llamas.

Por: Gustavo Colorado

Aparte de ser el título de una película del norteamericano John Schlesinger fechada en 1967, la expresión “lejos del mundanal ruido” obedece a una vieja necesidad humana: la de hacer un alto en el trasegar entre la  multitud para reencontrarse con uno mismo, vale decir, con sus más secretos temores y anhelos, respondiendo de ese modo al antiguo consejo de los filósofos: “conócete a ti mismo”. Y conocer implica ante todo hacerse preguntas a las que solo puede responder en solitario la persona que se piensa. De allí la inutilidad de las fórmulas vendidas en serie por los autores de libros y talleres de auto superación: solo yo puedo recorrer mi camino y emprender el aprendizaje del mundo con base en mis yerros y aciertos ¿o no se han fijado ustedes en la reiteración de la palabra “cómo” en todos esos textos y discursos? “Cómo ganar amigos”, “Cómo volverse millonario”, “Cómo conquistar a una mujer”, “Cómo ser feliz” y un catálogo infinito de fórmulas para lo que carece de fórmula: la vida misma en tanto aventura individual aunque compartida.

Pensé en todo esto  después de contemplar la escena en una de  mis caminatas dominicales por las montañas, en las que suelo ser testigo de acontecimientos bellos y tristes a la vez, como un zorro gris desplazado por la expansión urbanística, por ejemplo. En este caso se trataba de otra cosa: cinco ciclistas ascendían a ritmo lento pero firme por una pendiente veredal. Les faltaría un kilómetro para el final de la cuesta cuando uno de ellos se detuvo de repente. Hurgó en un pequeño maletín atado a su cintura y extrajo un teléfono móvil. En un principio intentó hacer dos cosas en simultáneo: conducir la bicicleta  y sostener la conversación. O a lo mejor era al revés: conducir la conversación y sostener la bicicleta. 

Desentendido de sus compañeros de aventura, el hombre se apeó de su vehículo y comenzó una discusión con  un interlocutor invisible pero bastante audible. La disputa subió tanto de tono que no tardé en enterarme de sus detalles básicos. Por lo visto, el frustrado escalador era dueño o responsable de una distribuidora de materiales de construcción. Uno de sus proveedores incumplió la entrega y se generó una cadena de insatisfacciones traducida en este caso en un súbito ataque de cólera. El tipo enlazó una serie de insultos, su rostro se pintó de azul Prusia y sin avisarles a sus cuatro camaradas emprendió la retirada cuesta abajo. Su intento de situarse lejos del mundanal ruido, aunque fuera durante el breve paraíso de una mañana de domingo, se había echado a perder.

Pudo no haber respondido, pero lo hizo, atendiendo acaso a un reflejo condicionado. Así andamos todos, atados a una roca que, con fines tranquilizadores, optamos por llamar comodidad. En este caso, la “comodidad” de estar en contacto perpetuo con el exterior le impidió a nuestro ciclista ponerse por un momento a salvo de las tribulaciones del mundo… como si no dispusiera de toda la semana para angustiarse. El  motivo es indistinto: la llamada pudo provenir de una esposa desconfiada, una amante desairada, un vendedor obsesivo, un vecino quejoso o un hijo controlador. El resultado final es el mismo: otro intento trunco de estar solo por un rato, o de dialogar con el propio yo, si ustedes prefieren llamarlo así.

Sitiados por los llamados de la publicidad, los asedios de la información, el bombardeo del mercadeo y agobiados por nuestros propios miedos y ambiciones nos volcamos hacia el exterior como quien salta de un edificio en llamas. Centros comerciales, discotecas, balnearios, estadios, playas, terminales de transporte y aeropuertos abren sus puertas para millones de peregrinos que van y vienen en busca de un asidero para olvidarse de lo inútil de sus afanes y sobre todo de su condición perecedera y mortal. Compro, derrocho, vuelvo comprar y olvido así que el minuto pasado es irrecuperable. Giro al ritmo de una tonada electrónica y creo escamotearle a la muerte unos segundos preciosos mientras esta hace su trabajo sin prisas ni pausas. Grito ¡Gol! Y ese mantra parece  anular toda incertidumbre… hasta que el equipo contrario anota y  las cosas vuelven a su punto de partida.

De regreso volví a cruzarme con los ciclistas. Charlaban con aire desprevenido, satisfechos de su breve pero impagable goce. Pero entre los cuatro pedaleaba un vacío, una suerte de sombra que desde esa mañana se convirtió para mí en el símbolo de la incapacidad de los hombres de este tiempo para ponerse, aunque solo sea por un instante, a salvo del mundanal ruido.