¿Liberación femenina?

Muchos hombres, a pesar de ser padres y tener hijas, siguen enseñándole a sus hijos varones que las mujeres o están muy buenas (cuerpos exuberantes) o son muy buenas (sumisas, dóciles), “cualidades” que las hacen apetecibles o para usarlas sexualmente o para convertirlas en las futuras esposas de sus hijos.

 

Por: Gloria Inés Escobar

Muchas personas, hombres y mujeres, han afirmado que el mayor cambio que se ha producido en la sociedad ha sido la liberación femenina, entendiendo por esta, la transformación que se ha dado en la vida de las mujeres en lo político, social y económico.

Para argumentar dicha idea se suele mencionar una larga lista de actividades y derechos de los que hoy gozamos las mujeres y que hace 100 años eran impensables. Efectivamente, la vida de la mujer ha cambiado, pero no en lo fundamental, si así fuera no tendríamos que estar convocando a marchas, haciendo llamados, creando campañas y denunciando la irrefrenable violencia que se ejerce en contra nuestra.

Sí, la violencia la padecemos todos los seres humanos pero la violencia de género, aquella que se ejerce en contra nuestra por el hecho de ser mujeres, es diferente y lo es porque se ejerce como una forma y expresión de dominación masculina. Cualquiera sea el nivel económico, social e intelectual de la mujer, se ejerce violencia contra ella porque se considera inferior y subordinada al hombre.

¿Cómo podemos hablar entonces de liberación femenina cuando seguimos siendo violentadas por ser consideradas inferiores a los hombres; cuando seguimos siendo tratadas como objetos que se tienen como propiedad, que se lucen como trofeos o se castigan como esclavos; cuando por sobre todos los valores que tenemos, se continúa insistiendo y resaltando las características físicas sexuales: senos y caderas, que nos hacen objetos de consumo deseables?

Así que, de cierta manera, la violencia contra las mujeres es una consecuencia lógica de una sociedad que a pesar de los “progresos” en todos los campos sigue pensando que el valor de la mujer reside en sus curvas; una sociedad que sigue educando a las mujeres como objetos de adorno y de placer, como animales necesarios para la procreación y el trabajo doméstico, como objetos que se adquieren y se usan a conveniencia.

No estoy exagerando.

En la publicidad de los medios masivos de comunicación, en las vallas y tableros publicitarios, en las redes sociales, las mujeres siguen siendo tratadas como adornos, como mercancías, como cosas.

Muchos hombres, a pesar de ser padres y tener hijas, siguen enseñándole a sus hijos varones que las mujeres o están muy buenas (cuerpos exuberantes) o son muy buenas (sumisas, dóciles), “cualidades” que las hacen apetecibles o para usarlas sexualmente o para convertirlas en las futuras esposas de sus hijos. Y lo enseñan a veces de modo explícito con consejos, y otras, implícito con sus comentarios o ejemplo.

Muchas mujeres, a pesar de ser madres y tener hijas, siguen enseñándole a estas y a sus hijos, que las mujeres además de ser frágiles, delicadas, bellas y “hogareñas”, están destinadas a ser madres y esposas ejemplares. Si se las educa profesionalmente, eso es un valor agregado que para nada las debe desviar de su destino.

En una sociedad así, en la que muchos hombres busquen en cada mujer un objeto de propiedad, pero no una compañera de vida, una persona que ejerza como par, sino un añadido útil y necesario; mientras busquen un reemplazo de la mamá y no un ser humano hecho de fortalezas y debilidades como él; una sociedad en la que muchas mujeres busquen en cada hombre un amo, alguien que decida por ellas, que les proporcione su seguridad económica, un reemplazo del papá, la violencia contra la mujer seguirá presente.

Si las uniones maritales o de cualquier tipo siguen basadas en la desigualdad, es decir, en la consideración de superioridad de uno y la inferioridad de otro, la violencia contra la mujer seguirá viva.

Si la sociedad sigue empeñada en convencernos de que las mujeres solo valemos por nuestro cuerpo y que somos mercancía, y nosotras les hacemos el juego y priorizamos la vanidad, la dedicación exclusiva en estar bellas y sexys por encima de todo lo demás, la violencia contra la mujer seguirá cobrando víctimas.

Si no queremos más mujeres golpeadas, insultadas, acosadas sexualmente, abusadas, humilladas, violadas, agredidas sicológicamente y asesinadas, si no queremos más violencia contra las mujeres, si queremos realmente alcanzar la liberación femenina, luchemos individual y colectivamente en todos los frentes posibles (económico, cultural y político) por destruir todas aquellas condiciones y obstáculos que nos mantienen atadas a un sistema patriarcal que alienta el menosprecio y odio hacia las mujeres.

Finalmente, si la sociedad persiste en educar a las mujeres, en nombre de la tradición, la consideración de lo que es “natural” o la religión, en la sumisión, en la minusvalía, en el sacrificio, en el sometimiento al hombre, la violencia contra la mujer continuará existiendo y la liberación femenina no dejará de ser más que una ficción.