No digo que mis formas de acercarme a los libros sean las más ortodoxas, ni siquiera sé si las hay. Tampoco pretendo dar una lección de vida o hacerles creer que ahora soy una lectora incansable…

 

 Por: Carolina Gómez Aguilar

Hace poco leí un especial de El Tiempo que se titula Los colombianos leen poco, prestado y regalado, y llamó mi atención esta cifra: Colombia tiene 1 biblioteca por cada 34.259 habitantes. Además, entre sus fuentes hay una entrevista a Alberto Salcedo, en la que dice que “El colombiano no sueña con tener una gran biblioteca, sino con ganarse unos pesos para salir rápido a la calle a preguntarle al primer interlocutor que se encuentre ‘¿usted no sabe quién soy yo?’”. Y concluye que “Leen pocos, los que quieren hacerlo. Yo no soy partidario de obligar a la gente a leer, sino de seducirla para que lo haga”.

Con ese especial recordé que mi historia con los libros no es tan larga como la de la mayoría de gente que he conocido recientemente, que se enamoró de la literatura por Harry Potter o que tenía un escritor favorito desde temprana edad. Un libro no fue la primera cosa que cogí de niña, tampoco devoraba los libros que encontraba a mi paso en la adolescencia. Incluso, no crecí en una casa con grandes bibliotecas y en mi familia no hay nadie muy apasionado por la lectura, más allá de uno que otro que lee sobre emprendimiento o autoayuda.

Puedo recordar dos ocasiones en las que coqueteé con la poesía y la literatura. La primera, con un poemita de Benedetti que encontré entre los papeles de mi mamá, cuando ella era una secretaria y siempre tenía una pila de documentos y agendas que yo esculcaba por placer. La segunda, con El túnel, de Sábato; del mismo personaje, mi mamá, de la que nunca supe si en verdad disfrutaba leer, si tenía algunos libros por gusto o porque fue una herencia de alguien, o decoración de la casa; pero aun sin esas certezas, es a ella a quien culpo de mi interés por la escritura, la admiración por la ortografía perfecta y la emoción que produce el ruido de las teclas mientras se teje un párrafo.

El poema de Benedetti me gustó porque al leerlo tuve muchas ganas de poder dedicárselo a alguien alguna vez en la vida; se llama Hagamos un trato y seguro que todos ustedes se saben algún fragmento de él, porque no hay mayor fuente para las imágenes cursis de Facebook que Benedetti. Después de robarlo de entre los papeles de mi mamá, lo repetí tantas veces al espejo, que al otro día pude recitarlo a mi profesora de español, quien no dudó en inscribirme al concurso de poesía y declamación, en el que ocupé el primer puesto y gané un librito colorido que jamás leí.

Del libro de Sábato no recuerdo más que su nombre y su cubierta, porque era el único libro que llamaba mi atención de entre los pocos que hubo en mi casa siempre. Más que curiosidad por su contenido, me provocaba saber en qué momento de la vida había llegado a las manos de mi mamá, en qué momento lo había leído, si lo leía durante sus viajes en transporte público, quizá en los momentos de descanso en su trabajo o, tal vez, si nunca hizo más que acomodarlo en aquello que más que una biblioteca era un estante para diversas cosas de nuestra casa, que, por alguna razón, siempre terminaba en mi habitación.

Nunca le pregunté a mi mamá nada de eso. Nunca le pregunté cuándo aprendió a hacer esa letra tan bonita y cómo sabía dónde se ponían las tildes y las comas. Nunca le pregunté por sus libros y sus poemas. Creo que esa era una versión secreta de mi mamá que yo tampoco quise develar por completo porque disfrutaba esa sensación de misterio que me producen esas preguntas y esos pequeños fotogramas que tengo guardados en mi memoria -algunos reales y algunos creados para responder a mis propias preguntas- de ella en una máquina de escribir, de ella en la oficina, de ella con medias veladas, papeles, agendas, gafas y unas manos grandes y preciosas que escribían fuerte, dejando la marca en los papeles que había debajo.

Después de eso nunca leí más que los libros a medias que me ponían en el colegio. Salvo Cien años de soledad, creo que ninguno lo terminé. Me daba sueño, sentía que cinco páginas era bastante avance en un día y a la semana sentía que un libro era demasiado y lo dejaba de lado.

Me enamoré tarde de los libros. Algo cambió en mí cuando alguien, a quien admiro, me dijo que no es obligatorio que me gusten los libros más premiados del mundo o los más comentados o los más respetados por los eruditos, que lo importante es explorar y encontrar lo que me despierta interés por su tema, su prosa o que, por las razones que sea, me haga olvidar de su extensión y de dónde estoy parada en ese instante.

Descubrí la magia cuando, a mi edad, muchos a mi alrededor habían leído cientos de obras. Pero a eso le he sacado provecho. Ahora, una de las simplezas que más disfruto es visitar las casas de mis conocidos y amigos y ver los títulos que tienen apilados en escritorios, bibliotecas, incluso en el piso cuando no tienen dónde más acomodarlos. Me gusta conocer la evolución de sus intereses y sus gustos a través del tiempo, cuáles son sus opiniones sobre los autores y los textos; pero, sobre todo, se ha convertido en uno de mis hábitos favoritos cazar los fragmentos que han resaltado o leer los comentarios que han hecho sobre una página que les despertó interés, emoción o que los invitó a reflexionar sobre algo tan particular, que fue necesario dejarlo anotado ahí mismo, sobre los espacios que dejan los párrafos y las márgenes.

Por eso creo que Alberto tiene razón, que leen pocos, los que quieren hacerlo, los que se dejan seducir, más allá de lo que digan los intelectuales. Los que se conectan con una historia, una persona o una forma de decir las cosas. Me pasa que leo a respetadísimos literatos o periodistas que me aburren y que, aunque su obra sea una joya para muchos, simplemente no me despierta emoción; pero he descubierto también que me gustan los autores que de repente me hacen reír con el tema que sea, y no porque en todos los casos exista una burla, sino porque me conecto con la gracia con la cual mezcla las palabras y la sencillez con la que reflexiona sobre alguna situación normal.

No digo que mis formas de acercarme a los libros sean las más ortodoxas, ni siquiera sé si las hay. Tampoco pretendo dar una lección de vida o hacerles creer que ahora soy una lectora incansable; solo quiero contarles que un día alguien me prestó un librito cualquiera escrito por un tipo que yo no tenía idea de quién era, me atrapó como me atrapan las fotos de las hamburguesas triple carne, pero me hace volver a él a veces, cuando siento que necesito escucharlo y charlar con él sobre la vida. Ojalá les pase, si llegaron tarde como yo.