La paradoja está en que la vida está unida al tiempo y esta época de la historia lo condena. Expresiones como “matar el tiempo”, “perder el tiempo”, “pasatiempo”… buscan que el ser humano no sea consciente de la fugacidad de la vida.

 

Por: Christian Camilo Galeano Benjumea

Veinte años no son nada, canta Gardel, y podemos agregar ni veinte, ni cuarenta, ni setenta… pues es un soplo la vida. Si algo ha atormentado a la humanidad, presa del tiempo, es ver transcurrir los días con su implacable constancia y sentir la llegada del deterioro corporal, las canas, las arrugas y los achaques. Pero si el espejo nos atormenta cambiando el rostro que observamos a diario, resulta catastrófico constatar que es poco, casi nada, lo que se ha realizado en la vida.

De ahí que muchos prefieran iniciar una batalla con sus cuerpos para evitar su deterioro; luchan por permanecer jóvenes y terminan por ser momias vivientes. Una victoria pírrica que consiste en paralizar el rostro y ocultar la vejez, si se tiene presente que el cambio es una ley y la finitud de todo ser, incluido el ser humano y a pesar de creerse un dios, es inevitable.

Más que luchar contra el tiempo, cabría preguntarse por qué lo fugaz de la vida.  Ya Séneca, filósofo estoico, analizó en uno de sus textos por qué las personas consideraban que la vida era demasiado corta; ese lamento acerca de la brevedad de la vida parece estar siempre en los hombres. La respuesta que da el pensador es contundente: “no es que tengamos poco tiempo, es que perdemos mucho”.

Si Seneca, hace ya tantos siglos, observaba cómo las personas dilapidaban su tiempo en mantener el poder, los placeres, la lisonja, el conocimiento enciclopédico… estallaría de risa al ver como hoy se vive ligados a pantallas que muestran la realidad. Ya sé que es irónico que mientras escribo estas líneas esté en frente de una de esas pantallas, pero la vida es contradictoria y ambigua.

Cómo no va ser corta la vida si la desperdiciamos a diario: horas y horas viendo fotos de Facebook, Instagram, videos de caídas, investigaciones tontas que no sirven para nada, manteniendo chats (que palabra tan fea) que no pasan de un “hola”, “cómo estás”, “ok”.

También hay quienes desperdician la vida en el trabajo. Trabajan y trabajan con el objetivo de conseguir objetos, maquinas, utensilios que no pueden ni siquiera utilizar porque deben mantener el ritmo laboral para conseguir la cuota de pago del mes siguiente. Pareciera que en la actualidad el trabajo es una metáfora de la muerte, pues en vez de permitir crear y recrear al obrero, lo ata a los objetos. Los hace, a hombres y mujeres, esclavos de las cosas.

La paradoja está en que la vida está unida al tiempo y esta época de la historia lo condena. Expresiones como “matar el tiempo”, “perder el tiempo”, “pasatiempo”… buscan que el ser humano no sea consciente de la fugacidad de la vida. El tiempo, que es nuestro bien más preciado, es tirado a la caneca de la basura. Los proyectos que podrían emprenderse quedan anegados en la monotonía de las redes sociales o el trabajo sin sentido.

Al final, frente a un ataúd, todos reconocemos que la vida es demasiado corta, que la mayor parte del tiempo la desperdiciamos, que solo de trabajo no vive el hombre, que es necesario invertir mejor lo poco que nos queda de vida. No obstante, después de unas horas de duelo y de tristeza, se vuelve a la cotidianidad de matar y perder el tiempo, que no es otra cosa que morir lentamente mientras la vida se nos escapa.

ccgaleano@utp.edu.co