Lo que faltaba

En realidad, salvo algunas sensatas excepciones, la cosa funciona al revés: en esa práctica se desdibujaron las fronteras entre la vida íntima y el lugar de trabajo.

 

Por: Gustavo Colorado Grisales

“Echhheee, coñooo,  si me  arrimé hasta Buenoj Airej a visitar  a mis hermanoj loj Ejcorcia y a duraj penaj pude cruzar palabra con ellos. Todo por culpa de la miedddda esa del teletrabajo. Ese si ej el  último ejlabón de la ejclavitud”.

Mi vecino, el poeta Aranguren, estaba furioso, o “salido de la ropa”, como decimos por estos pagos.

Ustedes saben que en la vida del poeta vengo a ser una suerte de pararrayos o un fusible en el que descarga sus desencuentros con el mundo, que no son pocos.

Y eso que pudo ver a su amado Boca Juniors, embriagarse de pisco en la frontera peruana y aprender a bailar cumbia porteña en  los extramuros de la capital argentina.

Ah… y visitar Fuerte Apache, la barriada de su idolatrado Carlos Tévez, con el fervor del peregrino que llega a las puertas de  Santiago de Compostela.

Salió de viaje a comienzos de julio a bordo de uno de esos autobuses que atraviesan Suramérica desde  Venezuela hasta Chile y luego  cruzó los Andes hacia Argentina apretujado en una Van repleta de mochileros.

Uno de sus propósitos era reunirse con Álvaro Escorcia y su esposa Mariana, una pareja de publicistas barranquilleros afincados en el cono sur desde el año 2010.

Mientras apurábamos sendas dosis de yerba mate recién desempacada el hombre se  despachó con su relato.

“Miedddda, compadre, si yo esperaba  pasar buena  parte del tiempo con Alvarito y su mujé,  actualijándono de notijia, y echándonoj al buche las  tres botellas de ron trejesquinaj que lej llevé.”

El cuento es que los  Escorcia andan enganchados al teletrabajo, esa  sugestiva forma de la esclavitud basada en la creencia  de que usted dispone de su tiempo y espacio como a bien tenga, en una suerte de materialización  de la libertad sin precio ni límites.

En realidad, salvo algunas sensatas excepciones, la cosa funciona al revés: en esa práctica se desdibujaron las fronteras entre la vida íntima y el lugar de trabajo.

A menudo la gente se despierta, hace ¡Click! Y no vuelve a tener noticia de sí misma hasta que envía la siguiente entrega.

Mientras eso sucede puede pasar una jornada entera sin que los involucrados hayan visto la luz del sol, aunque sea a través de las persianas.

Al menos eso les pasa a los Escorcia en el relato enfurecido de Aranguren.

Cuando se despertaba, sus compadres ya estaban pegados a las computadoras resolviendo preguntas y aclarando dudas a un invisible demandante (¿Jefe? ¿Patrón? ¿Dios?) que no cesaba de acosarlos desde el otro lado del parpadeo digital.

Vencido,  el poeta se echaba  a las calles apurando su copita de ron para combatir el frío y fijándose en la conversación de los  caminantes, por si identificaba algún acento familiar.

“Estos Escorcia ¿se echarán un buen polvo alguna  vez?”. Era la pregunta recurrente cuando se movilizaba  a bordo de un autobús rumbo a Lomas de Zamora, a Morón , a Barracas o  a algún otro sector  del gran Buenos Aires, allí donde los anarquistas, los músicos y los futbolistas se dan silvestres.

“Te juramos que entregamos este trabajo y mañana sí salimos a comer o dar una vuelta por ahí”, le decían en coro sus anfitriones, mientras mordisqueaban una pizza recalentada y apuraban un vaso de Coca- Cola con hielo.

“Ni tienen tiempo para cebar el mate”, se decía un Aranguren desconcertado: él, que dispone de todo el tiempo del mundo para invertirlo a manos llenas en jugosas conversaciones con sus vecinos.

De modo que, una semana después, el hombre dijo ya vuelvo y se encaminó a tomar el ferry hacia Montevideo, para emprender después una travesía que lo depositó en Brasil, donde se sumó a una tropa de juglares de varias nacionalidades que incorporaron dos de sus poemas al repertorio y lo ayudaron a curarse de  la fallida visita a sus paisanos costeños.

Y aquí está, acostado cuán largo es en un despanzurrado sofá de mi casa, maldiciendo en todas las jergas posibles a los que inventaron el teletrabajo.

PDT: les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

 https://www.youtube.com/watch?v=MUUrW7xJSw4