EDWIN HURTADO (IZQ)Una de las posturas que surgieron que más llamó mi atención, fue la de aquellos que sostienen que los colombianos, al vivir en este país complejo y problemático, no tenemos el “derecho” o la “autoridad moral” para opinar sobre lo que pase en Venezuela.

 

Por: Edwin Hurtado 
Desde hace un poco más de una semana, la situación política en Venezuela parece agudizarse y poco a poco los medios nacionales, tanto los grandes como los pequeños, y los impresos como virtuales, empezaron a ocuparse, a su manera, del asunto. Mientras tanto, muchos empezamos a hablar con más frecuencia del tema y empezaron a surgir todo tipo de opiniones, unas más predecibles que otras, unas más fundamentadas que otras, unas más verosímiles que otras.
Una de las posturas que surgieron que más llamó mi atención, fue la de aquellos que sostienen que los colombianos, al vivir en este país complejo y problemático, no tenemos el “derecho” o la “autoridad moral” para opinar sobre lo que pase en Venezuela. Independientemente de si en realidad se está llevando a cabo un golpe de Estado o si los disidentes venezolanos están protestando con razón, quiero criticar esta postura basado en los siguientes argumentos:
1. El derecho, o autoridad moral para criticar las actuaciones políticas de individuos o gobiernos, lo tenemos los individuos, no los países. Desde que consideremos que tengamos toda la información disponible y que nos parezca interesante, importante o deseable opinar sobre algo, tenemos el derecho de hacerlo, y desde que nuestras respectivas historias de vida no nos desautoricen moralmente, tenemos también la autoridad para hacerlo. Solo a los partidos y a los grupos de fanáticos les gusta opinar en bloque y algunos, de hecho, se ven en aprietos cuando pertenecen a estos grupos y estos parecen opinar por él. Lo anterior le pasó, por ejemplo, al excelente candidato al Senado Rodolfo Arango, que ante el comunicado de su partido, el Polo democrático, por la situación en Venezuela, se vio de inmediato abordado por algunos de sus seguidores (entre esos yo), para que aclarara si su posición sobre el tema era igual a la que expresaba el comunicado. A lo que él respondió tajantemente que no, en correspondencia con sus críticas al oficialismo venezolano, que evidentemente ha cometido errores y excesos.
Foto: Patriotismo de las fronteras para afuera.2. Los individuos que sostienen que no se puede opinar sobre Venezuela al vivir en un país como este, curiosamente, suelen tener una opinión favorable sobre el proceso presuntamente revolucionario del vecino país. Lo que da visos claros, de que el problema, no es que se opine o no sobre los problemas de al lado, sino que estas opiniones no estén de acuerdo con las suyas. Lo que es aún más claro con su exacerbada y muchas veces justa protesta por lo que pasa en otros países diferentes al nuestro. ¿Cómo así que uno no puede criticar lo que pasa en otros países por vivir en Colombia? ¿Y cuándo criticamos a los gringos, a los nazis o a los israelíes qué? ¿Ahí sí? Esto parece un caso sintomático de mamertismo, de obediencia a las ideologías y de incapacidad para criticar los errores de las ideas que defendemos.
3. Hay que aceptar que es absolutamente reprochable que tipos como Pacho Santos se atrevan a celebrar las protestas venezolanas y hayan actuado como han actuado con los problemas colombianos. Lo mismo vale para aquellos medios nacionales que han tenido un despliegue desproporcionado con la actual coyuntura del país vecino, pero tuvieron tan pocas palabras para las marchas recientes en Bogotá y/o en Boyacá y los otros departamentos del paro agrario. Pero que esto sea cierto, no significa que todos los ciudadanos sean iguales a Pacho Santos, ni que todos alimentemos nuestras opiniones siguiendo ciegamente la línea editorial de RCN. Estos parecen conocer a todas las personas, y saber exactamente qué critican y que no, qué piensan sobre Colombia y el mundo entero, qué posiciones defienden, pero la verdad es que no tienen ni idea y solo están suponiendo eso por conveniencia ideológica.
4. Gran parte de la discusión se ha centrado en una comparación algo fútil: ¿qué país es más democrático que el otro? Al respecto, opino que evidentemente ningún país es totalmente democrático, que todos los que se han declarado como tal tienen fisuras y fallas, huecos y errores, aprovechados y maniáticos, pero esto sucede porque la democracia es un fin y tenerla como referencia siempre será mejor que no tener nada, así como tener la Constitución de 1991 (que ya sabemos no es perfecta ni se cumple a cabalidad) es mejor que tener la de 1886. Así que, aceptando que Colombia como todos los países también tiene infinidad de problemas, algunos de ellos bastante graves, no veo el problema en que alguien critique aquello que le parece reprochable de cualquier otro país o gobierno, sin importar su corriente ideológica. Pues tiene serias fallas en su democracia tanto un país en que su presidente es chuzado, su ejército planea crear mafias contra la justicia y se atenta contra dos candidatos presidenciales, como aquel en donde el presidente de la república dicta una orden de captura y la ejecuta el presidente de la Asamblea de Diputados, donde todos los disidentes son tratados como “fascistas” y donde los civiles están tan polarizados que han sido armados por sus propios líderes. Esto, sin embargo, no nos debería hacer pensar en retroceder, sino en buscar maneras en qué la democracia sea cada vez más deseable y posible.