La contracara es Suramérica, que se refleja en el quebrado espejo de la izquierda política del chavismo en Venezuela y del sandinismo en Nicaragua, y reacciona moviendo el péndulo a la opción de la derecha extrema. 

  

Por: Miguel Ángel Rubio

Después de la Guerra Fría, muchos partidos de la llamada «familia de la izquierda latinoamericana» modernizaron sus doctrinas y se alejaron del socialismo real, buscando profundizar la equidad social y la democracia. Sin embargo, la izquierda no es homogénea. Hay otra corriente de inspiración radical que actúa mediante el personalismo, el autoritarismo y el control férreo de los poderes públicos, lo que la sitúa al borde de la democracia formal. Aunque el auge de la izquierda no parece coyuntural ni efímero, las diferencias de estilo y contenido que afloran frente a la hegemonía estadounidense, son una prueba para su vocación democrática y su perdurabilidad.

Teodoro Petkoff. Las dos izquierdas

(El subrayado es mío)

 

El continente iberoamericano, desde México hasta Argentina, pasa hoy por una serie de procesos políticos contrastantes y de confusa lectura.

Por un lado,  México, uno de los países más grandes en territorio y población, así como con la mayor ciudad capital del continente, eligió una propuesta democrática nunca antes destinataria de poder como la izquierda, pues en el México del PRI  ganó Morena, llevando por primera vez en la historia reciente del poder de ese país una visión socialista de gobierno, que esperamos se aleje de los mesianismos marxistas de antaño y respete ante todo la libertad de expresión, las diferencias políticas e inocule en los mexicanos el germen de la esperanza, el progreso y la revolución que han tenido pendiente por más de 70 años.

El reto que le espera a López Obrador es el de no solo ser un excelente presidente para México (que esperamos lo sea), sino reencauchar a la izquierda como una visión posible de poder en el resto del continente.

Por otro lado, está Jair Bolsonaro en Brasil, un mandatario de corte autoritario,  con una ideología neoconservadora, afincada en un apoyo militarista y con una agenda claramente de espejo retrovisor, que pretende echar para atrás los logros de la izquierda hegemónica durante los gobiernos de Lula Da Silva y Dilma Rousseff.

Con más discurso que programa, con más retóricas que propuestas, con más arengas que ideas, con más odio que discrepancias, el nuevo mandatario brasileño se posesionó el 1 de enero y de inmediato empezaron sus aires de  fascismo, mediante 17 decretos que van desde restarle territorio a la Amazonía, hasta la reducción del salario mínimo por debajo de lo acordado con el gobierno saliente, dando ventaja económica a la clase empresarial que le llevó al poder, Bolsonaro muestra así su talante ultra derechista.

Su decreto contrasta con el aumento del salario mínimo de AMLO en México, el cual ronda el 16%   y las rebajas del sueldo presidencial y de funcionarios de alto nivel del gobierno mexicano en un 50%,  mostrando una política de austeridad y de equidad en el ingreso.

Sin embargo, hay que analizar las razones por las que Brasil y Suramérica dan un giro a la derecha, y por qué México gira hacia la izquierda. Primero, México tiene un factor político externo, que le representa un riesgo en su convivencia con el principal vecino, pues Estados Unidos,  desde 2017, es gobernado por Donald Trump, el cual no ha disimulado su desprecio por Latinoamérica, y que ha planteado hacer un muro en la frontera, con la mezquina pretensión de que sea México quien lo pague en su totalidad.

Por otro lado, la ineficiencia del gobierno de Peña Nieto y sus vínculos con las mafias, que agudizaron los problemas de seguridad y aumentaron el número de homicidios, llevaron a la ciudadanía a elegir una opción distinta al PRI, como castigo democrático y alternativa política.

La contracara es Suramérica, que se refleja en el quebrado espejo de la izquierda política del chavismo en Venezuela y del sandinismo en Nicaragua, y reacciona moviendo el péndulo a la opción de la derecha extrema.

La persecución y represión de líderes políticos opuestos por parte de Ortega y las pocas garantías de ejercicio político de la oposición en Venezuela, así como el fracaso de su modelo económico y el éxodo de venezolanos por todo el continente, han generado un miedo generalizado al castrochavismo (a propósito, para los desinformados, este término fue acuñado por primera vez por Teodoro Petkoff, en su excelente artículo “Las dos izquierdas”).

Teniendo en cuenta lo anterior, podemos decir que lo que va de Maduro a Bolsonaro no es más que una agenda política que el mandatario venezolano, que se posesiona el jueves en su segundo mandato, le ha puesto fácil a la derecha; cada declaración, cada decreto, cada decisión de Maduro, en términos económicos  y políticos,  hace que la derecha, sin necesidad de esfuerzo, o de pensar programas de gobierno ambiciosos y, por el contrario, acudiendo a un ultra conservatismo de carices religiosos y mojigatos, promocione figuras nuevas y peligrosas para la democracia y que mantienen la agenda fresca de una élite económica que se niega a cambiar y que encuentra en Maduro y Ortega (con toda razón) un chivo expiatorio para aceitar sus odios atávicos y sus retrógradas visiones políticas.

Una muestra de esto sucede en Colombia. Los pasados 17 de junio y 27 de mayo la izquierda representada en Gustavo Petro tuvo una votación importante, demostrativa de un descontento con la clase política tradicional que, sin embargo, ganó y puso a un desconocido como Iván Duque en la presidencia, tan solo por el miedo a “volvernos otra Venezuela”.

De esto debemos decir, gústenos o no, que al candidato Petro le costó mucho distanciar su discurso político del modelo chavista  y su explicación de la dependencia del petróleo del país vecino no fue suficiente, pues la gente en Colombia esperaba una condena directa a los excesos del régimen madurista, un rechazo contundente a la ineficiencia del presidente Maduro y el apartamiento preciso de la idea de un nuevo Chávez a la colombiana.

Lo que va de Maduro a Bolsonaro es un eje representado por México, Cuba, Venezuela, Nicaragua, Bolivia y Uruguay, que debe demostrar que su agenda política es posible sin caer en los excesos del marxismo soviético;  y un contra eje que disfruta de las equivocaciones imperdonables de la izquierda latinoamericana, que representan Colombia, Ecuador, Brasil, Argentina, Perú, Chile y Paraguay, aprovechando que Donald Trump piensa como ellos, o ellos como Trump, para encontrar en Estados Unidos un aliado incondicional.

Serán unos años de alquilar balcón, se los auguro. Y feliz 2019 pese a todo.

@rubio_miguel