Los amos del hambre

La religión, la economía y la política, sirven como plataformas de poder que le han lavado el cerebro a la sociedad, llegando a convencer a quienes se encuentran en la miseria de que su condición es natural, incluso necesaria…

 

SEBASTIÁN AGUILAR 3Por: Sebastián Aguilar Betancurt

“El futuro es el lujo de los que se alimentan”

                                                                                    -Martín Caparrós.

Con esta frase Martín Caparrós captura la esencia de su libro “El Hambre”, en el que consiguió retratar al que cataloga como el mayor fracaso humano, un problema que acaba con la vida de un niño cada 5 segundos, cuya muerte, lejos de ser un simple infortunio, es un asesinato. Y es así porque en realidad el hambre es un castigo; es una injusticia que mantiene en orden el sistema de este corrupto mundo enfermo de hipocresía, donde día a día se pierden toneladas de alimentos mientras miles de estómagos libran una batalla mortal contra la hambruna.

Este hecho barbárico tiene una explicación simple: el mercado decide quién come y quién no.

La religión, la economía y la política, sirven como plataformas de poder que le han lavado el cerebro a la sociedad, llegando a convencer a quienes se encuentran en la miseria de que su condición es natural, incluso necesaria, y no el resultado colateral de un juego de poder donde lo único que importa es la concentración del capital en manos de unos cuantos. 

Y es que, según cifras de la confederación internacional Oxfam, cerca del 80 por ciento de las riquezas del mundo circula en los bolsillos del 20 por ciento de la población más rica, entre la que se encuentra la pequeña cantidad de multinacionales que controla el mercado alimentario; que fija el precio de los alimentos, priorizando los beneficios económicos por encima del bienestar de las personas y el planeta mismo.

Las dinámicas de la modernidad y la globalización se han encargado de frivolizar a la sociedad; el hambre y la pobreza nos dan absolutamente igual, tanto que ya no nos escandalizan, y si lo hacen, no hacemos nada al respecto.

Los oligarcas, conscientes del unísono de borborigmos que retumba en el mundo, luchan por preservar el orden del desequilibrado sistema que les mantiene el estómago lleno.

Pese a lo que se afirma, la desigualdad crece. Los alimentos son tratados como acciones de banco que aumentan en precio, y hasta en cantidad, pero no en distribución. El acceso a la comida se hace cada vez más difícil para unos cuantos millones de personas que parecen no importarles al mercado, mientras que los mercenarios de la Bolsa llenan sus bocas y sus bolsillos a expensas de la fatiga ajena y en nuestro país se desechan alimentos bajo casi cualquier excusa, como, recientemente, el paro camionero; o, antes de eso, la resolución 970.

Lo que hace falta es reconocer estas realidades tan naturalizadas que nos parecen ajenas y poco importantes. Porque, finalmente, el problema con el hambre es que no es un problema.