Los libros son invaluables pero impagables

“Yo tengo mucha más lástima de un hombre que quiere saber y no puede, que de un hambriento. Porque un hambriento puede calmar su hambre fácilmente con un pedazo de pan o con unas frutas, pero un hombre que tiene ansia de saber y no tiene medios, sufre una terrible agonía porque son libros, libros, muchos libros los que necesita y ¿dónde están esos libros?”, Federico García Lorca.

 

HUGO-ANDRÉS-ARÉVALO-G-columnaPor: Hugo Andrés Arévalo González

Entré aquella vez por un libro a la Librería Nacional: Hojas de hierba de Walt Whitman. Tal vez haya sido porque querían venderme el libro de la editorial más cara, pero me dijeron: vale 140 mil pesos. Les dije: gracias, y me fui reprimiendo mi rabia y tratándolos de “ratas” en la mente.

Por fortuna, hay muchas editoriales que tienen muy buenos libros a bajo costo (menos de 50 mil pesos); pero lastimosamente, media de aguardiente sigue siendo igual o más barata que aquel tesoro de papel.

Leer un libro es uno de los mayores placeres del mundo, no sólo porque nos permite ubicarnos en otros espacios y tiempos distintos a los que habitamos, sino también porque facilita la reconstrucción de memorias históricas; porque nos ayuda a entendernos en colectivo desde nuestra entretejida individualidad.

No tengo en nada en contra de los que beben alcohol, al fin y al cabo, aun cuando lo haga rara vez, yo también lo consumo. Cada persona busca cómo hacerse su vida. El problema es que la mayoría de las personas no acuden a la bebida para disfrutar, sino para pasar las amarguras de la desigualdad del país, como si eso cambiara la realidad que les hace sufrir. Así que mi reflexión sobre un aumento del precio del alcohol y la reducción del mismo para los libros, no es tan impertinente.

La Edad Media, significó para la humanidad un estancamiento en general, entre ello: el oscurantismo del conocimiento. Las abadías eran las que custodiaban el saber, y como no habían inventado la imprenta, la elaboración de un libro se hacía a mano y eso tomaba mucho tiempo. El libro era pues, el mayor de los tesoros. El hecho no cambia hoy en día: el libro sigue siendo una herramienta invaluable, puesto que a las puertas de su reino esperan desde los mejores hasta los peores escenarios: teorías absurdas, textos mal escritos, plagios, complots y distopías; como también maravillosos paisajes, donde a la final, ambos tipos de lecturas enriquecen para bien o para mal la experiencia humana.

La prostituida palabra “democracia” y la eterna búsqueda del ser humano por la seguridad y demás utopías, nos ha llevado a construir desesperadamente la perfección antes que el perfeccionamiento, y en este sentido, “la democratización” ha sido un término que se ha prestado, de nuevo, para contradicciones: No es gratis que el gobierno siempre hable de mejorar la educación, sólo porque pone algunos puntos de tecnología para el estudio en el país, cuando privatiza la misma.

Lo anterior se podría mirar desde el análisis que hizo Juan Sebastián López, el vocero nacional de la Mesa Amplia Nacional Estudiantil (MANE), donde que Santos no aumentó la educación dándole la importancia que tanto dice emprender: “de los $216 billones de pesos del Presupuesto General de la Nación se destinarán $48,9 billones para el pago del servicio a la deuda, $34 billones para pensiones y $28.9 billones para educación (…) la educación (…) es el tercer rubro, apenas $700 mil millones por encima de defensa, a $5 billones de pensiones y a $20 billones de la deuda, esa sí y de lejos, la mayor tajada del presupuesto” (ver completo).

El tema de los libros, lleva dos puntos delicados a tratar entonces: 1. La disminución de su costo, y el aumento de las bebidas alcohólicas, cigarrillos, etc. Esto conlleva también una tensión: acordar precios y tema de derechos de autor. El incremento del valor del libro, facilita la adquisición pirata del mismo, así que lo más razonable que pueden hacer, teniendo en cuenta dos vías los autores, es lo siguiente: 1. Pueden contribuir a la educación de las personas con el abaratamiento; y 2. Se verán más recompensados porque al bajar los costos, los libros piratas no podrán competir. Nadie preferirá tener una biblioteca de libros piratas a una de libros originales. Y entra aquí una nueva cuestión que devuelve la contradicción de esta reflexión: la cuestión del libro como un dispositivo de elitismo, de estatus. Pero si se “democratiza” ahora sí su valor, ya no se hablaría de “lo mejor y lo peor”, sencillamente el goce sería común a todos, teniendo en cuenta otro aspecto no menos controversial: que el Gobierno en serio contribuya con la inversión financiera a las instituciones educativas del país.

Ante esta crisis humana, encontré en internet una iniciativa de Alephlibros Librería en Bogotá, donde solicita la recolección de firmas, para el fin que exponen: “Colombia es uno de los países con menor índice de lectura del mundo. La causa de sus niveles de violencia e intolerancia, la falta de cultura ciudadana y de respeto por el otro, tienen su origen en este fenómeno. Por esa razón es de gran valor que las multinacionales editoriales apoyen la causa de la promoción de lectura, rebajando sus precios a niveles razonables, donando u ofertando ejemplares que ya no se venden, y que muchas veces terminan siendo papel para nuevas ediciones mucho más costosas. Considerando que ésto también hace parte de su responsabilidad social, y no solamente el hecho de “ofrecer un producto cultural” a unos altos costos, a los que solo unos pocos pueden acceder y en un país con gravísimo problemas sociales como el desempleo y el trabajo informal. La ignorancia genera más ignorancia”. Y como dice El Chavo, “síganme los buenos”: firma la iniciativa.