Son una entre las muchas sectas -tribus urbanas les dicen al unísono sociólogos y antropólogos- que rinden culto a alguna divinidad diseñada a la medida de las necesidades de una época sin propósitos trascendentes a la vista.
Por: Gustavo Colorado Grisales
El hombre me explica que los hipsters no siguen moda alguna… y por eso inventaron la moda de los hipsters. O al menos eso es lo que le entiendo. Como me resulta imposible cascar la nuez de su filosofía -si la tienen- mejor me detengo en su indumentaria. Los machos de la especie lucen camisas ceñidas, casi siempre a cuadros, cortadas justo a la altura del ombligo. Llevan pantalones también a rayas o cuadros, complementados con sacos o chalecos de colores fosforescentes. Calzan botines de Peter Pan y coronan su cabeza con sombreros de lo más primorosos. Las hembras visten más o menos igual, con el añadido de una minifalda, medias de malla y uno que otro mechón de pelo teñido. Hay tanta profusión de piercings, que llego a dudar de su originalidad. En cuanto a gustos musicales, pueden pasar sin ningún trauma de los acordes densos y las letras depresivas de The Cure a la arritmia y la verborragia metafórica de Ricardo Arjona. “Somos proteicos”, dice mi fuente y se retira con una mirada de desdén.
De antemano solicito algo de comprensión para mi perplejidad: estoy volviéndome viejo.
Son una entre las muchas sectas -tribus urbanas les dicen al unísono sociólogos y antropólogos- que rinden culto a alguna divinidad diseñada a la medida de las necesidades de una época sin propósitos trascendentes a la vista.
Cansado de la paradójica singularidad de los hipsters, me fijo en el curioso código ético de los animalistas: pueden desatar una oleada de furia en las redes sociales por la muerte de un perro que acaba de destrozar a dentelladas a un niño. Sí: ya sé que desde la antigüedad los hombres han adorado dioses con figura de animales: águilas, toros, ranas, gatos, ibis, serpientes, perros, leones. Era su manera de rendir tributo y conjurar de paso las fuerzas ocultas del universo. Pero este nuevo paganismo tiene una particularidad: acontece en el vacío. No busca en el animal un vínculo con una instancia suprema. Como todas las formas de consumo, es un fin que se agota en sí mismo. Detrás de la posesión de la mascota, viene una cadena de negocio que pasa por fabricantes de concentrados, medicamentos, adornos, ropa y médicos veterinarios, hasta llegar al absurdo de los “sicólogos” para perros.
Como si no bastara con eso, en mis pesquisas en busca de las claves para entender las recientes formas de paganismo me encontré con otra cofradía: la de los que luchan por la “Justicia climática”. ¡Por Zeus! Hasta ese momento creía que el clima es algo que nos viene dado, como la lluvia, el viento, las piedras. No me malinterpreten: entiendo a la perfección que los desarreglos del clima obedecen en parte a la locura humana. Pero igual pasó con los dinosaurios y otras miles de especies desaparecidas: jugaron con fuego y perecieron calcinadas. Por eso siempre hay algún espécimen: cucarachas, ratones, virus, bacterias, preparándose para el relevo.
Y al fin comprendo: el problema reside en que nos consideramos la especie diferente del curso. La raza elegida. Nos damos ínfulas de eternidad. Por eso, ante la desbandada de los viejos dioses, apelamos a las nuevas religiones exprés, hechas del tamaño de nuestra fragilidad. Como los viejos guerreros maoríes, creemos que un tatuaje puede salvarnos de la vejez y la disolución. Fundamos tribus y esperamos que los animales suplan nuestra erosión afectiva. Y todo tan glamoroso: siempre redimible con tarjeta de crédito y fácil de adquirir en un centro comercial Así somos los paganos del siglo XXI.


