Se trata de frases que rompen las llamadas leyes de la lógica y nos preparan de ese modo para comprender que la realidad no existe o, en caso de existir, no es aprehensible para nosotros.
Por: Gustavo Colorado G.
La copia del cuadro de un pintor que nunca existió… ¿Es una falsificación?” pregunta uno de los personajes de Los reconocimientos, la colosal novela de William Gaddis, que a lo largo de sus más de mil trescientas páginas vuelve a la inquietud que ha desvelado a poetas, científicos, filósofos y artistas a lo largo de miles de años: ¿Qué es la realidad? ¿Existe algo que, con alguna dosis de proximidad, podamos denominar de esa manera? ¿Disponemos de instrumentos fiables para conocerla, o al menos para acercarnos a ella?
Como muchos de ustedes lo notaron, la pregunta inicial pertenece a la naturaleza del budismo zen. “Conocemos el sonido de la palmada de dos manos… Pero, ¿sabemos cómo suena la palmada de una sola mano?” , reza uno de los koan más conocidos. Se trata de frases que rompen las llamadas leyes de la lógica y nos preparan de ese modo para comprender que la realidad no existe o, en caso de existir, no es aprehensible para nosotros. Si seguimos con cuidado el razonamiento, al final solo tendremos una suma de convencionalismos conocidos como honor, poder, amor, valor. Es decir, una colección de máscaras útiles para nombrar y desvelar los rostros de la nada.
“Wyatt tenía cuatro años cuando su padre volvió solo de España, y era un crío malhumorado de pelo color arena, ojos avellana que ardían en verde cuando se enfadaba y manos constantemente ocupadas, abriéndose y cerrándose sobre nada, rompiendo algo o hurgándose la nariz”, nos dice el narrador en una temprana descripción del personaje.
Con ayuda de esas manos Wyatt, que una vez también quiso ser sacerdote como su padre Gwyon, emprenderá su tortuosa carrera de pintor. Lo suyo será la restauración y falsificación de cuadros de grandes artistas. Mientras lo intenta, Esther, su mujer, se desvanece en ese reino incierto amasado con las obsesiones y la indiferencia de su marido. No tardaremos mucho en descubrir que, como todo lo que rodea a Wyatt, su existencia es también una suposición.
Muy pronto entra en contacto con lo que, de manera bastante vaga, se conoce como el mundo del arte. Es decir, una legión de hombres y mujeres aspirantes a genios, manipulados por marchantes que oscilan entre el cinismo y la lucidez, dependiendo de la dirección que tome el dinero. Entre estos últimos se encuentran Basil Valentine y Recktall Brown. Su visión de las cosas es lapidaria. Una obra es original si los expertos, pagados por los mercaderes, dicen que lo es. Y lo ilustran con profusión de ejemplos sobre cuadros célebres copiados tantas veces que ni sus mismos autores podrían asegurar si salieron a no de sus manos. “Estamos en manos de los expertos y nunca se puede saber hacia dónde apuntan sus hocicos”, sugiere uno de los artistas, extraviado en las noches sin fin de la bohemia de Greenwich Village a la espera de algún atisbo de la gloria.
Pero la creación artística y sus aspiraciones de originalidad son para el narrador solo una metáfora, un anuncio de preocupaciones mucho más hondas. Un mundo creado por un dios que no existe. ¿Puede de alguna manera ser real? Resulta imposible saberlo si el presente es inasible porque siempre está disolviéndose en el pasado, y el futuro no tiene consistencia porque se desvanece en el presente, que a su vez se pierde en el pasado en una rueda infinita que solo puede conducir a ese absurdo sugerido por los filósofos de todos los tiempos.
Ya en la primera página nos lo advierten: “Hasta Camilla había disfrutado de las mascaradas, del tipo seguro donde se puede dejar caer la máscara en ese momento crítico que pretende ser realidad”. Camilla es la madre de Wyatt, muerta en un tortuoso viaje a España. Su recuerdo es tan incompleto y difuso como el cuadro que su hijo pretende pintar a partir de un viejo retrato. Pero siempre está al lado de acá de su improbable culminación, porque ni las más sublimes expresiones del arte y la poesía pueden brindarnos la certeza de que ese cuerpo amado existió alguna vez.

