Mi mamá Amelia, ochenta y dos años bien vividos, desesperada por la avalancha de vallenatos, reguetón y canciones de despecho que le arrojaron encima durante tres días con sus noches, llamó con insistencia al 1 2 3 de la policía con la ilusión de obtener  al menos una tregua navideña.

 

Por: Gustavo Colorado Grisales

En su columna del martes 19 de diciembre Martha Alzate le anunció al mundo la buena nueva de un pequeño redescubrimiento: un humilde invento para conjurar la avanzada de ruido y furor que hace tiempo se apoderó de nuestros barrios y veredas.

Nada del otro mundo a decir verdad. Se trataba, según ella, de los simples tapones que pueden ser adquiridos en cualquier farmacia o de los que le entregan a uno en los aviones.

 Más aún: pueden ser elaborados en casa con sendas bolitas de algodón.

Lamento desilusionar a Martha y a sus numerosos seguidores: esa utilería resulta inútil cuando el irrespeto y la desconsideración por el prójimo trascienden los límites de la insania.

Fronteras que se superan con facilidad cuando la gente no quiere escuchar música sino aturdirse y aturdir de paso al vecindario entero.

No importa si los vecinos están enfermos, si deben madrugar, si son ancianos o simplemente quieren dormir lo que les dé la gana.

Frente a la histeria desatada del Homo energumenus no cabe razonamiento.

A eso súmele que, según  todos los indicios, el código de policía pierde toda vigencia al despuntar diciembre.

Añádale los locutores de radio -autodenominados DJ- que incitan al estropicio auditivo aullando a los cuatro vientos: ¡Subile, subile!

Son los  primeros síntomas de lo que mi amigo Jorge Alberto Marín bautizó con buen tino como “El efecto tutaina”.

Mi mamá Amelia, ochenta y dos años bien vividos, desesperada por la avalancha de vallenatos, reguetón y canciones de despecho que le arrojaron encima durante tres días con sus noches, llamó con insistencia al 1 2 3 de la policía con la ilusión de obtener  al menos una tregua navideña. Un acuerdo de paz en miniatura.

En una inusitada muestra de cinismo, el agente de turno le respondió, lapidario: “Estamos en diciembre, señora”.

El problema reside en que cada mes, cada semana, cada día, siempre habrá un pretexto para saltarse las normas de convivencia.

Así que mi vieja, minada por el exceso de ruido y por la falta de sueño, sufrió una descompensación física y mental.

De donde si le respondieron en el acto fue del servicio médico en casa.

Como mantiene sus pagos al día, los médicos encontraron una solución más efectiva que la policía: una descarga intravenosa de somníferos.

Solo que esa no es, desde luego, la mejor manera de resolver las cosas.

Porque todo esto pasa por la sinrazón, por la falta absoluta de mesura.

Imaginemos la pieza musical más bella del mundo.

Ignoro cuál sea: eso depende de los gustos de cada quien.

Si a usted, melómano irredento, se le hace sonar su  melodía favorita durante horas seguidas a todo volumen y acompañada de los coros estridentes de quienes no saben cantar y por eso aprovechan la oscuridad de la alta noche para perpetrar sus crímenes, es seguro que terminará abrumado, enfermo y odiando a Orfeo y a toda su descendencia.

Mucho me temo que ese es el malévolo propósito de quienes, no contentos con poner la música a todo volumen, sacan los amplificadores a la calle.

Los sociólogos, los antropólogos y los etnoeducadores, que suelen tener a mano una explicación para esos fenómenos, nos dicen que de esa forma “Las comunidades afirman su identidad y, de paso, desahogan sus frustraciones acumuladas”.

Y vaya manera de justificar las cosas.

Porque lo que se dice frustraciones y búsqueda de la identidad es un asunto común a los humanos desde el comienzo de los tiempos.

Pero no todos optamos por arrasar a los vecinos para resolverlo.

Y  es que a estos niveles -o, mejor dicho, decibeles- no se salvan ni los recién nacidos, definidos por sus padres y abuelos como “Unos angelitos que duermen en santa paz”.

Justo ahora lo entiendo todo: esta horda ruidosa y llena de furia fue enviada por el mismísimo Herodes en persona para perturbar el sueño de los Santos Inocentes.

Solo que en el medio estamos los otros y debemos padecer lo que en el lenguaje de la guerra llaman“Daños colaterales”.

Así que mi querida Martha Alzate…

PDT :  Les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada