POR ÚLTIMA VEZ YO QUIERO

Enfrenta la vida con su música y eso lo hace sentir valiente. Mira el cielo y canta a las estrellas, les sonríe y llora: mezcla rara de desconcierto y sabiduría. Mira el piso y le canta a su sombra, a su intimidad de parrandero, al corazón que cantando consuela su jornada.

 

Escribe / Andrés Esteban Acosta – Ilustra / Stella Maris

 

Qué largo se hace el viaje para el bohemio casi caído, que ha dejado todo su dinero hasta la última canción. Son 10 kilómetros desde Girardota hasta Copacabana. Quebrados y fríos, solitarios para el músico que carga su requinto y va zigzagueando y rescatando pensamientos, largos kilómetros que pesarán al día siguiente, cuando los rayos del sol de mediodía estallen en su cabeza.

Para sobreponerse al trayecto, el músico no hace otra cosa distinta que cantar. Canta y, cuando puede, bebe lo poco que queda en la botella para no quedar a medio camino. Canta alegremente recordando a sus amigos de la mesa. Canta porque todo lo ha vivido una noche más, como una reiteración interminable de letras que vuelven novedosas, notas que son otra vez exigentes y deleitables.

Repite una letra que ha tocado varias veces en la noche, esta y muchas más: “En este mes de parranda, / por última vez yo quiero, / sacarle jugo a la vida, / por si mañana me muero”. Tiene conciencia de su soledad, del viento de la madrugada, de las luces regadas en la montaña, de los carros que pasan a velocidades altas por la carretera departamental. Más importante, tiene conciencia de su tiempo, inagotable por instantes, por ratos de reunión, luego otra vez pasajero y veloz.

Con su canto viene la constancia de la finitud, repasando una lección de cada parranda que a veces se trastoca por el exceso del ánimo y la sensación de que el tiempo no se va definitivamente. El músico se niega a caer en la trampa de la euforia. La prueba, sí, la degusta, pero siempre conservando el registro de la melancolía en su voz y en sus manos cuando pasan por las cuerdas del instrumento.

La noche en el pequeño negocio del parque de Girardota estuvo animada. Es diciembre y los músicos parranderos no tienen descanso. Se disponen para disfrutar, incluso si por decisión o descuido llega la tristeza y los vence, doblegando sus voces que toman un matiz triste, más realista con el alma de la parranda. Porque, sin mentir, llega el tiempo de la tristeza a alternar las sensaciones, bella forma de contrastar la alegría con la pesadumbre de la marcha y del fin.

Tiene La última navidad en su cabeza, es su canción del pensamiento, como un grito de batalla: “y si lo bueno no dura / porque se muere o se va / entonces puede que sea / la última navidad”. Continúa la voz del músico, a estas horas arrastrada, pero sin perder el desafío y el gozo. Casi como imperativo, la música de parranda desafía la amargura que siempre asoma; lo hace con el júbilo de afirmar esta vida trunca. Ahí está el gozo del músico que trastabilla sin caer, alcanza una fugaz armonía en sus pasos, suficiente para sacar su instrumento y tocarle a la sombra. Lejos de la algarabía del local y de los aplausos de los visitantes, se encuentra acosado por el afán del rumbo y, a pesar de ello, es capaz de saberse altivo contra la adversidad.

Sabe secretos que solo se transmiten en compañía, para recordarlos luego por los caminos, tratando de entender el sentido de eso tan cierto que aparece en medio de copas. Por qué, por qué las revelaciones de la vida le tienen que llegar cuando su cuerpo cede y tambalea, y la voz se atropella y olvida las letras. Como esta noche, cuando recordó la verdad de un tema de Los relicarios, una verdad solamente asimilable por el ambiente de la parranda: “Estoy convencido que la vida es un sueño / y no nos queda sino lo que gocemos”.

Sigue cantando las canciones que su padre le enseñaba poniéndole los discos en la mano. “Estos son Los trovadores del recuerdo, del Suroeste, músicos calientes, los de El aguardientero”. Se toma el tiempo de cortar su canto y pasar a otra canción, invocando los mismos alegatos de desafío y jolgorio: “Soy bohemio que sufre intensamente / la amargura de un hondo desconsuelo / y no renuncio jamás del aguardiente / porque solo el licor es mi consuelo”.

Se sienta al borde de la carretera y quiere llorar, desea la pena para no dejar abandonado su recuerdo, el del padre que le enseñó a tocar guitarra y cantar, todo de oído, escuchando los discos de finales de la década de 1950. Le enseñó la dureza del trabajo. Lo hizo con palabras también duras, pero sabias en su ímpetu. Palabras sin intención de dolor, duras simplemente por el desconsuelo de estar lejos de la tierra.

No olvida que es bohemio intensamente, ya no cambia, no corrige. Se basta con no perder el camino a casa, más allá de la hora o de los peligros. Enfrenta la vida con su música y eso lo hace sentir valiente. Mira el cielo y canta a las estrellas, les sonríe y llora: mezcla rara de desconcierto y sabiduría. Mira el piso y le canta a su sombra, a su intimidad de parrandero, al corazón que cantando consuela su jornada.

Mientras canta tiene la imagen de los diciembres en casa, en familia, ensayando letras en reunión mientras el globo prende mecha y vuela por los cielos. El padre otra vez le habla, le dice cosas con la guitarra en la mano: “En este pueblo yo conozco a muchos amigos músicos. Aprendí su estilo. Mire, tome la guitarra así, mueva el cuerpo mientras toca… Es triste, pero hay que sacarle alegría”. El padre toma la guitarra y le muestra el estilo, le dice que lo acompañe con el güiro y le haga la segunda voz. El niño se embelesa con las cuerdas, las mira y se ve grande, amenizando reuniones y caminando por los parques con su instrumento al hombro.

Aprendió la pasión de la música de parranda y no la soltó más. Aprendió las jornadas de fiesta, las amanecidas, el gozo inquebrantable y el deseo de vivir. Aprendió, además, los juegos constantes del tiempo, el recuerdo que suma otro recuerdo, el regreso de diciembre con sus cantos, la pérdida de las personas entrañables y las sentencias de la finitud. Por eso sigue la canción, adiestrado en abrirle los ojos al destino y sonreírle como quien respeta a un visitante poco deseado.

Lleva en su memoria la máxima precisa que lo guía sin premura: “hacete pa´acá mi vida / gocemos este diciembre / que estamos en nochebuena / que el tiempo se va y no vuelve”. Se va el tiempo y se traga las bohemias, la amistad, el amor… El músico, que ya ve cerca las luces del pueblo, repite la enseñanza de los años y de las parrandas, lo aprendido en beneficio del saber y a costa de fallos y errancias: “y si lo bueno no dura / porque se muere o se va / entonces puede que sea / la última navidad”.

Llega a la esquina de su casa y se recuesta contra la puerta de una cafetería. Los madrugadores de los lunes ya se preparan para salir en busca de sus lugares de trabajo. El frío le entra por su camisa abierta y le congela el pecho. Llega meditabundo. Nadie lo espera y no sufre. Cada tarde volverá al encuentro de sus amigos. Saldrá de su casa al mediodía y tomará el bus en la autopista. Llegará al parque de Girardota y ensayará con su grupo de música tropical. Al terminar, pasará por el local de su amigo y esperará que lleguen uno a uno los cercanos, los conocidos y hasta los no queridos. Con todos tocará y cantará. Se reirá de la vida y, muchas veces, sin ser totalmente consciente de ello, del tiempo que termina. Pero es lo que menos importa, termina y se asume. Queda el presente, que es toda la intensidad que sale de su voz.

Antes de entrar a casa, ya sin borrachera, deja una última certeza en su canto: “hay que gozar el presente / porque la vida es muy corta”.