“Qué códigoj ni que coñoj. Ej como si la gente se dejconectada de la vida. Ej decid: de ji mijma. Cuanto más se conectan al apadatito, maj je dejconectan de  ji mijmoj”.

 

Por: Gustavo Colorado Grisales

Por supuesto, el hombre no podía faltar.

En la madrugada del martes 1 de enero, el poeta Aranguren, lúcido como sólo pueden estar los borrachos y los locos, tocó a  mi puerta, y sin saludar siquiera, descargó la que él llama “Mi colección  de agujeros negros”, una  antología completa  de tribulaciones  y preguntas sin respuesta que  convierte a partes iguales en aforismos y poemas.

“Llegó diciembre con su alegría / mes de parranda y animación” dice el estribillo de una canción que entre los colombianos es una suerte de himno  a la alegría y el jolgorio.

Al poeta le sucede al revés: diciembre lo arroja de bruces a la sima. Es decir, a la certeza del sinsentido.

Entre el día de los alumbrados y la noche de navidad la gente se entrega a una orgía de consumo y derroche. Una suerte de tobogán enloquecido por el que se arrojan tratando de escapar de no se sabe qué.

O mejor dicho: lo saben, pero prefieren hacer caso omiso. En diciembre intentan lo imposible: escapar de sí mismos.

Todos quieren  desayunar, comer, almorzar, cenar, beber, reunirse, regalar ¡Pero ya!

Antes de que se  acabe el año y los arroje a las riberas de la vida -como a todos- hechos una piltrafa.

Luego, entre el 25 de diciembre y el 2 enero acaece lo que san Agustín llamó Tristeza post coitum.

Una melancolía, una sensación de hartazgo y, ante todo, de inutilidad.

En ese momento el tiempo entra en suspensión, y los que una semana atrás eran presa del frenesí se miran unos a otros con el aire culpable de quien acaba de sobrevivir a una bacanal.

Es  una semana en la que Aranguren escribe esos versos suyos tocados por el aire ingrávido de quien se siente a salvo de los afanes humanos.

“La celebridad y la fama

Son agujeros negros

Que se tragan lo mejor de las personas

Y luego devuelven la cáscara vacía del ser

Destinada a dar vueltas y vueltas sobre su órbita

Por los siglos de los siglos.”

Escribió en una servilleta con esa letra suya, nerviosa y apretada, mientras escurría una botella de ron Tres Esquinas.

No contento con eso me espetó, de golpe, una pregunta:

“¿Te haj fijao, compadde, en que el autijmo se ha ido apoderando del prójimo? Y no me refiero sólo a la manera como  la gente je clava en la pantallita del teléfono y se deja caed por un pozo jin fondo.


“Ej otra cosa. Ej como ji peddiedan el jentido. En toda ejta regaladera dejembrina hay algo de rejpuejta autijta a laj órdenej del medcaddo.”

No sé compadre, le respondí.  Se me ocurre que nos  volvimos viejos y ya no entendemos los códigos de las nuevas generaciones.

“Ññññeerdaaaa, compadde. Tú y tuj códigoj.

“Qué códigoj ni que coñoj. Ej como si la gente se dejconectada de la vida. Ej decid: de ji mijma. Cuanto más se conectan al apadatito, maj je dejconectan de  ji mijmoj”.

Y claro, Aranguren tiene razón. Solo que si quiero seguir caminando por el mundo y ganarme honradamente el sustento de los míos, debo hacer como si no pasara nada.

Fingir que el rey no está desnudo.

Pero ya logró plantar en mi interior una buena dosis de desasosiego.

Sobre todo en lo relacionado con el autismo: un distanciamiento progresivo de las cosas esenciales de la vida.

La gente se echa un polvo con el aire mecánico y ausente de quien se bebe una cerveza, se come un perro caliente o saca plata del cajero automático.

Un polvo, un eructo y lo que siga en el menú.

Sin historia. Sin relato. Sin esas cosas que a lo largo de los siglos le han dado sentido a lo que no lo tiene: la vida.

Y así pasa con todo.

Pienso en esas muchedumbres que atiborran los centros vacacionales, donde se reúnen para deshacerse del aburrimiento y la frustración acumulados durante semanas y años.

Con el mismo aire ausente parten hacia lugares remotos, con el único fin de consumir paisajes que luego guardan en sus archivos digitales como mariposas muertas entre las páginas de un libro viejo: tiempo disecado.

Ustedes dispensarán, pero, como ya lo habrán notado, el  poeta  Aranguren consiguió su propósito: dejarme colgado en mi propio agujero negro, cuando el nuevo año apenas despunta.

PDT. Les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada