Pero temo ser tachado de mal ciudadano y peor demócrata. Confundido, decido entonces que votaré por el taxista.

 

GUSTAVO COLORADO IZQPor: Gustavo Colorado G.

Ustedes dispensarán, pero el domingo 25 de octubre es día de elecciones para gobiernos locales y regionales en Colombia, y no tengo más remedio que apelar a una suma de lugares comunes.

El primero de ellos dice que debo salir a votar. En caso contrario, no tendré derecho alguno a reclamar por la mala gestión del  gobernante elegido. Palabras más, palabras menos, estamos ante  algo así como una suerte de democracia extorsiva: si voto, me joden. Si  no lo hago, peor.

De modo que me echo  a la calle con el fin de analizar la oferta. Como abundan los candidatos, me detengo frente a la fachada de un directorio político. Veo que una señora mal encarada, de apellido López, aspira a ser comunera por el Partido Liberal. Hasta allí todo normal, pero continúo la lectura y descubro que la dama apoya para la alcaldía de Pereira al Partido de la U. Para la gobernación al aspirante Conservador.  Para  el Concejo a un militante de Cambio de Radical y para la Asamblea a uno que dice ser independiente.

Siento vértigo: ¿Qué significará para esta  señora ser liberal?

Cuando la encuentro y se lo pregunto, me invade el estupor.  “Ser liberal es pertenecer al Partido Liberal”, me responde. Ante el tamaño de la perogrullada -o del cinismo- sigo mi recorrido y encuentro que Juan Manuel Arango, un exalcalde que hace cuatro años acusó a sus contrincantes de fraude, ahora  está alineado en las filas de estos últimos.

¿Qué carajos significa esto?, le  pregunto a mi madre, que me acompaña en el  recorrido.

“Es la política, mijo”, responde mi vieja, lapidaria, y me deja sin palabras.

Confundido, trato de fijarme en los mensajes de los candidatos.

Juan Pablo Gallo, aspirante a la alcaldía habla de cambio. No sé cómo va a conseguirlo con los aliados que tiene: la familia Gaviria Trujillo y media de docena de políticos, cuál de todos más cuestionado.

En el otro frente encuentro a Israel Londoño, un exalcalde que habla de experiencia transformadora y llega a la jornada respaldado por un cacique en decadencia.

El otro candidato es un taxista proclive al uso de palabrotas en sus intervenciones públicas.

Por  el lado de la gobernación las cosas no mejoran: cambio, transparencia, honestidad, repiten los mensajes, en una cantilena gastada. Puras abstracciones y nada concreto.

Llego entonces al segundo lugar común: el erario es un botín y los políticos intentan entrar a saco en él. Por eso abundan  los candidatos. Lejos de ser el proyecto de sociedad en movimiento de que hablara una vez el dirigente Darío Echandía, los partidos son hoy poco menos que trampolines.  Se arman y desarman dependiendo de las circunstancias: tercer lugar común.

Con ese panorama,  creo que prefiero quedarme en casa leyendo.

Pero temo ser tachado de mal ciudadano y peor demócrata. Confundido, decido entonces que votaré por el taxista. Al  menos tiene algo concreto: un taxi y propone un asunto no menos útil: llevar  a los pasajeros a su lugar de destino. Nos vemos el próximo domingo.

PDT : les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada:

https://www.youtube.com/watch?v=fVjXK69vVV0