Calle minuaturaEs más, así como hay hijos que asustan a sus progenitoras, también hay mamás que ya los hijos no quieren sacar a pasear. Y hay una canción que dice: “Veis esa vieja escuálida y horrible? Pues bien: aunque parézcate imposible, fue la mujer más bella entre las bellas…”
Por: Andrés Calle
Es lo normal que las madres nos amen y nos mimen y que uno ame mucho a la mamá. Uno se hace consciente de esta realidad en las primeras planas de la escritura. A los analfabetas les debe suceder distinto. Hay estudios serios que afirman que aunque ellas dicen que quieren a todos los hijos por igual, esto es inconsistente. Parece más un mito. Esta tesis ha perdido mucha fuerza en las familias de un solo hijo, de una sola mamá, o de dos mamás al tiempo.
Hay mamás que adoptan hijos y los aman. Algunas veces uno realmente ha llegado a adoptar a una mamá adicional, complementaria, por distintas circunstancias vitales. Otros pensarán que madre no hay sino una, y que esto ya es ganancia. También, en el camino, nos encontramos unas señoras que quisieran ser nuestras madres a toda costa y que no hacen falta, empalagan, regañan, y hay que darles besos, en un momento de la vida de ellas en que ya no están atractivas para darles esas demostraciones de afecto.
Es más, así como hay hijos que asustan a sus progenitoras, también hay mamás que ya los hijos no quieren sacar a pasear. Y hay una canción que dice: “Veis esa vieja escuálida y horrible? Pues bien: aunque parézcate imposible, fue la mujer más bella entre las bellas…”. Les Luthiers pagaría por tenerla en su repertorio. Hay unas canciones que sí, francamente. 
Habría hijos que quisieran dar en adopción a sus mamás, pero es un trámite engorroso. Y les pueden caer maldiciones. Pero, sus motivos tendrán, eso no es gratuito. Por lo menos en Colombia, muchos con una mamá tienen, esto quiere decir que unos padres varones, machos, reproductores, después de un tiempo o rápidamente llegan a ser accesorios, unos estorbos o unas pesadillas. Por esto, es muy común ver cómo las viudas reverdecen.
Pero tampoco hay que generalizar. Hay esposos e hijos que padecen a las esposas y a las madres, la verdad sea dicha. De todas maneras, hay novias, señoras, compañeras de trabajo, que todo el tiempo nos arreglan el cuello, nos previenen de todo e insisten en que maternidad y feminidad son dos caras de una moneda. 
Bueno, ahora están de moda las políticas de género, y es un hecho, hay unas mujeres que es mejor tenerlas como mujeres y no como madres. Hay que ver que en esta cultura machista y premoderna que tenemos, muchos maridos lo que necesitan es una mujer que les haga sopas y platillos, y sin embargo quieren tener una amante que se parezca a las imágenes de los sueños de los quince años, o a una vecina amiga de las hijas. Y no se dan cuenta de la lora que dan. Claro, y no se conforman, y cuando tienen una aventura, le dicen a esta otra, lo mismo: madrecita, mamita, y otras lindezas.
Falta nombrar a las feministas, antes de que nos insulten y poner muy en claro que ellas son dueñas de su cuerpo, de su cabeza y de sus fastidios y que no quieren ser madres ni cocineras, ni nada parecido, y que los hombres son mamíferos prescindibles que exudan almizcle.
Parece que Freud también debería haber recomendado, por lo menos en ciertas épocas de nuestro crecimiento, matar no sólo al padre, sino también a la madre, ojalá antes de acostarse con ella. Como diría alguien, seamos francos, y esto es liberador,  algunas veces uno realmente querría desaparecer a las mamás, sobre todo a las que secan un papayo.
Pero, bueno, esto haría falta, con la condición de que también uno las pudiera resucitar de un momento a otro, en casos apremiantes. Otros más se pasan la vida de tumbo en tumbo, invirtiendo en psicoanálisis, y culpando a sus padres o a una madre sobreprotectora y mandona, por sus vidas desabridas e infructuosas. Éstos, pensaría uno que se curarían al alcanzar la orfandad, y a veces se quedan solos, sin padre ni madre, y siguen siendo unos críos desolados, náufragos existenciales. Hay gente para todo, y hay judíos destacados por o a pesar de sus madres.
Las mamás hay que cuidarlas, quererlas y reconocerlas. Pero también llega un momento en la existencia, que ya es mejor no regalarles más cosas, que no les hacen falta y que las guardan sin estrenar. Es mejor visitarlas y apagar el móvil y escucharlas, o mirarlas con devoción como si ellas no estuvieran repitiendo mucho lo mismo.
Así sean varios hermanos hijos de la misma madre, uno nunca se refiere a ella como ‘nuestra mamá’. ¿Ha regresado nuestra mamá? Ni se le pregunta a un amigo, que no es hijo único: ¿vuestra mamá está más aliviada? Ni riesgos, todas las mamás se llaman ‘Mi Mamá’, o, en otras oraciones gramaticales, es la suya, su mamá, la suya que es de cabuya. Tan lindas las mamás y lindas porque son ellas, a otras y a las de los otros, uno las ve distintas y no particularmente hermosas. Hay hijos de muchos estilos, y sobre todo unos que se lucen delante de las visitas, que son candil de la calle y oscuridad de la casa, y otros que vienen de entrada por salida. Desagradecidos, descomedidos, van a ver que la mamá no les va a durar toda la vida y después de dónde se inventan otra parecida.