“En Pereira todos somos forasteros, nadie es pereirano”.

 

Por: Diego Firmiano

Pereira es una ciudad como cualquiera otra. Está llena de gente, cemento, palomas, dinero, vicios, electricidad y millares de artilugios más que hacen de este un espacio útil para vivir. Acá no se ven vacas pastar, ni cerdos husmear en algún pantano. Si eso sucediera, las personas no se pondrían corbata si no botas y andaría con una gorra y un palito.  Los pollos no caminan, dan vueltas. ¿No me creen? Pues solo es pasar por los asaderos reconocidos donde el pollo se sirve apanado, asado o en sopa. Este no es un buen lugar para los plumíferos o cuadrúpedos.

Es Pereira una ciudad de peculiaridades. Como la de aquel grupo religioso unitario que desistió de hacer una reunión evangélica en el parque de Bolívar por la desfachatez del Libertador; o el reconocido escritor nacional que vino a un evento importante y se perdió entre los brazos de las querendonas y trasnochadoras. Esto es un hecho confirmado. La duda es pensar si tal narrador fue seducido o hizo aquello con la intención de escribir un relato que luego publicaron en una revista famosa en la capital.

En fin, peculiaridades como digo.

Aunque para vivir acá hay que observar no solo detalles: hay que leer el periódico para saber qué no es Pereira, para conocer lo que no somos. No somos violencia. Eso se da en todas partes. No somos prostitución. Eso es más universal que la democracia. No somos la cuna de la música guasca, acá la gente toma para ahogar las penas, pero, como decía mi abuelo Anibal, estas saben nadar. Nadie ahoga una traición, ni le tuerce el cuello a un desamor. Las personas existen, solo eso, y esto de por sí ya es un dolor genuino.

 

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El pereirano, como dijo el poeta Gustavo Acosta, es mirón por naturaleza, es fisgón, para no usar una palabra en desuso: es reparador. Acá se observa de arriba abajo a las personas. Es más, si uno sube al último piso de un edificio como Torre Central o el Diario del Otún, puede ver la gente en la perspectiva de arriba abajo. Un simple mirar cómo ese paquete tibio se mueve igual que un hormiguero alborotado, sin rey y sin colonia.

Un remolino de giros, una caravana de ropas coloridas. Personas con penas y desdichas, que van hacia algún lugar, como buscando algo, un no sé qué, un no sé dónde. Y eso pasa a menudo. Especialmente al caminar por la calle de la Fundación y ver esas placas conmemorativas del centenario de Pereira. Uno se pierde en esa historia local, si es que esta puede interesar después de la tecnología y las redes sociales. Cambio de gustos normales adquiridos pasado el milenio. Aunque eso es mucho. Porque al mirar atrás a uno puede caerle algo encima, o fuera del bolsillo.

Como aquellas dos damas que desafiaron la ley del caos cuando dejaron caer un artilugio. Uno. ¿Les conté? ¿No? Bueno, pues resumiré.  Dos mujeres, una joven y una adulta caminan hacia el centro de la ciudad y dejan caer algo que parece un labial. Un hombre corre a tomar el artefacto y se da cuenta que es un lubricante anal. Levanta la vista y duda al pensar a cuál de ellas pertenece el accesorio.  Cavila. Luego lo entrega a la mujer adulta, que sin ruborizarse agrega: “gracias joven, me ha salvado el año, lo necesito para esta noche”.

 

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Así es la ciudad. Una trama de complejidades y curiosidades que llevan que el despistado necesite un manual para vivir en este lugar.  O que lo diga Jennifer, la muchacha en la biblioteca que discutía por teléfono con alguien:

―Usted debe pagarme ese dinero o le mando los de la moto.

Por supuesto, “los de la moto” es un chiste trillado, un cacho de telenovela. Luego cuelga el celular con tranquilidad y sigue leyendo un libro de Paulo Coelho. Nimiedades que suceden como para escribir un relato. Eso pasa acá. Hay ciudad para rato. Todo depende de la mirada. Todo está allí, en la retina de los mirones que detalló el poeta Gustavo Acosta. Es decir, de los pereiranos.

 

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Sin embargo, hay que salir de lo común, y afirmar que en Pereira, una ciudad que poco a poco emerge del mercantilismo a la vida lectora, hay  intelectuales. Afirmación que da pie a un problema: ¿quiénes son ellos?, ¿son personas que acumulan saber?, ¿ciudadanos con extensas bibliotecas en griego y latín?, ¿profesores, magistrados o abogados jubilados? ¿políticos?, ¿autodidactas? En fin. Solo sé un refrán: hombre calvo, prosa calva.

El asunto no es fácil y hasta pascaliano (lo de hacer preguntas sobre preguntas), porque esta ciudad aún es un lugar en construcción, y como tal, la historia del pensamiento intelectual también se enmarca en ese lento progreso. Solo podríamos, a lo sumo, hacer una arqueología del saber contando en retroceso desde el 67, no más. Uno de ellos (un intelectual) se me acercó afirmando que la clave del enigma del gato de Schrödinger se resuelve contándole los pelos a un especimen de techo. No me lo creí. Otro, que el dilema de si primero fue el huevo o la gallina se resuelve según el hambre que se tenga. ¡Bah!

¿Hay intelectuales en Pereira? Sí. Pero, ¿para qué? Es mejor dejar el asunto ahí, para evitar salir golpeado con algún argumento contundente. Me retiro afirmando que en mi ciudad se necesita un manual para vivir, si no, uno podría perderse en el mapa que tiene dentro del propio cráneo.

The Cosmic Tones. – Ansiosas se asomaron a la calle