¿Qué quiero decir con civilización del espectáculo? La de un mundo en el que el primer lugar en la tabla de valores vigente lo ocupa el entretenimiento, donde divertirse, escapar del aburrimiento, es la pasión universal. Este ideal de vida es perfectamente legítimo, sin duda. Sólo un puritano fanático podría reprochar a los miembros de una sociedad que quieran dar solaz, esparcimiento, humor y diversión a unas vidas encuadradas por lo general en rutinas deprimentes y a veces embrutecedoras. Pero convertir esa natural propensión a pasarlo bien en un valor supremo tiene consecuencias a veces inesperadas. Entre ellas la banalización de la cultura, la generalización de la frivolidad, y, en el campo específico de la información, la proliferación del periodismo irresponsable, el que se alimenta de la chismografía y el escándalo.

Mario Vargas Llosa. La civilización del espectáculo

 

Por: Miguel Ángel Rubio Ospina

No hay acto político, manifestación ideológica, marcha, o celebración en el santoral de sus fechas, que no pase por una selfie, o por un post en Instagram, o estado de Facebook. Esto, sin embargo, es razonable y aunque merece de todo el cuidado en lo que se publica y con la información que circula por las redes sociales, nadie puede dudar del papel categórico que juegan los comunnity managers en las páginas virtuales de los movimientos políticos de la izquierda, o de la crítica política alternativa en la convocatoria de las masas a la acción política.

Sin embargo, hay que mirar todo esto con sospecha, la experiencia siempre sabia, siempre diciente, nos ha sabido prevenir a los que pasamos de los treintaypico que el activismo político virtual no solo es pasivo e inútil, sino que venden esperanzas de birlibirloque, al poner toda la carne en el asador en un espectro que siempre será distante y por lo tanto proclive a la falsedad y la impostura.

En el 2010, oportunidad de oro para el salto democrático en Colombia, los jóvenes, muy activos en redes sociales, se quedaron en sus casas el domingo de las votaciones; en Inglaterra fueron los ancianos los que ganaron el Brexit, mientras los jóvenes hacían activismo pasivo en sus casas a través de una pantalla.

Este fenómeno de masas ha llevado a la juventud de hoy, a los revolucionarios de Iphone,  pequeño burgueses y acomodaticios, a creer que algo tan banal, tan vacío, tan poco sustancial, tan lejano al arte y mucho más a la música, un género musical que –aunque a muchos no les gusten los calificativos– es chabacano, ordinario, ramplón, machista,  homofóbico, traquetoide y  lumpen, decía, les ha hecho creer que el llamado reggaetón, trap o género urbano puede tumbar políticos.

Personajes de la ralea de Bad Bunny, el paradigma musical de los estudiantes de secundaria de hoy, con letras como “yo me compro un 47” cuyos temas reproducen el acontecer de la vida underground, la delincuencia y las armas (paradoja, entendiendo que Puerto Rico depende de los Estados Unidos, principal productor de armas en el mundo) con un alto ingrediente de sexismo machista y homofóbico.

Dirán que Ricky Martín es la excepción, que su homosexualidad declarada le da autoridad moral para reivindicarse esta justa política. Nada más lejano a esto, ni más falaz, y difundir esta idea viralizada en redes sociales no solo atenta contra la estética, y no me afecta que me ataquen con el mote de intelectual, sino contra una generación que cada vez piensa menos, no asume posturas críticas y hace alarde orgulloso de su ignorancia.

Puedo concederle a las masas la victoria contra Rosselló, que cayó, no por unas simples y ramplonas canciones de reggaetón, sino por una serie consuetudinaria de escándalos y declaraciones algo subidas de tono (como las canciones de trap o del género en cuestión).

¿Víctimas de su propio lenguaje? Pues muchas de las declaraciones fueron misóginas, homofóbicas y machistas, ¿cómo el reggaetón del que tanto gustan?  “La comandanta dejó de tomar sus medicamentos? Es eso o es tremenda HP”. ¿No se les parece mucho este mensaje a esta letra? “To’ estos cabrones me quieren matar, pero tú me brincas encima de este bicho”, quiero decir en el tono y en la ideología que de fondo profesan.

Así que ateniéndonos al lenguaje de las canciones de Bad Bunny, Calle 13 y a los chats de Roselló con sus colaboradores, podríamos decir que están al mismo nivel, que un voltaje de poesía, o buen rock, o buena literatura, no hubiera servido, pues esto último es arte de verdad, y este, cuando es verdadero, no aspira a tumbar regímenes políticos, solo aspira a ser arte.

Por eso, quienes reproducen desde la izquierda la idea de que el reggaetón tumbó al gobernador de Puerto Rico, al igual que Bad Bunny o Dalmata o cualquiera otro de los mal llamados artistas del género urbano, hablan filtrados a través de un auto tune, que les falsea la voz y los hace parecer auténticos y revolucionarios sin serlo.

@rubio_miguel