No soy de izquierda ni derecha, tampoco del centro 

El país está sumido en una desgracia ideológica patrocinada por la clase política que no encuentra otro instrumento banalizador del adoctrinamiento, como lo es hablar de izquierda, centro y derecha.

 

Por / Carlos Marín

Ya había escuchado esta frase con la que me identifico, y espero, por el bien del Estado, no sea el único. La polarización está embruteciendo a Colombia y todo parte del sistema.

No podría encasillarme en una ideología política determinada; como la política misma, todas me sirven de acuerdo al momento, o lo que como periodista quiera entender.

Nací en Pereira en una familia fascinada por el encanto de la derecha, esa derecha apadrinada por la religión católica e impulsada por una abuela de origen antioqueño y apegada a los escapularios.  Y nací en la misma familia humilde, con fervor por la izquierda. La recalcitrante lucha social de los primos, por negarse a entender las injusticas del mundo capitalista y segregador. Una familia con dos maneras de verse representada en el sistema.

Como consecuencia, el daño de convivir con opuestos y convulsos, engendró una insuficiencia en la comunicación de las partes, que, a la larga, terminaría produciendo daños irreparables.

La abuela, racista de nacimiento, se negó a criar a su hija a quien consideró como negra, dejándole su maternidad al destino. El resultado para mi madre fue la sustitución de ese dolor, los vacíos causados, con adicciones. El mismo Estado se encargó de contaminarla, una dosis de anestesia que no redujo el dolor, sino que lo prolongó de por vida.

La Colombia drogadicta de los ochentas y noventas hizo su trabajo; mientras en el plano político la izquierda y la derecha elaboraron los últimos coletazos de una lucha que hasta el presente ha sido en vano. En la calle los jóvenes encontraron respuestas: el sicariato, el secuestro, la estafa, la venta de estupefacientes. Los más vulnerables, el consumo de sustancias alucinógenas y la prostitución. Mi madre no escapó.

Pero la abuela pagaría su pena después, el mismo destino le devolvió la crianza, esta vez no de su hija negra; sino de los hijos de su hija negra, blancos por supuesto.

Entre ellos no estaba yo. La mayor parte de mi crianza, la infancia y adolescencia, fue obra del Gobierno, ante la quebrantada posibilidad de que mis padres se hicieran responsables de alguien más.

Mis hermanos crecieron en un ambiente conservador, falsamente alejados de todo mal, seducidos por la buena crianza. La abuela les enseñó que el dinero se gana con sacrificio, con sudor y trabajo. Sus casas de prostitución sirvieron como sustento para criar a aquellos niños, las ganancias eran dedicadas a ellos y su educación, en eso cumplió una labor ejemplar.

Iba a la iglesia cada domingo, pero también al parque a conseguir mujeres para la casa de citas. Fue una mujer líder, resaltan hoy dos de mis hermanas, paradójicamente, quienes le aprendieron cómo ganar dinero, asimilando la idea de trabajo duro.

Yo, criado en una organización social, ni siquiera aprendí lo que significaba la izquierda, la derecha o el centro. Ha sido un lenguaje extraño para mí desde siempre. De hecho, después de haber estudiado cuatro años en educación semestralizada para población vulnerable, y no 11 como miles de jóvenes en el país, pude aprobar el bachillerato y aspirar a un pregrado.

Ingresé a la universidad cargando en el bolso todos los males que dejó en mí el sistema de crianza estatal. Intentando escribir una breve historia de superación, en el primer semestre del pregrado, fue que entendí lo que significaba la izquierda, la derecha y el centro. Debo confesar que después de saberlo me resultó absurdo.

Desde entonces, el perfil que he construido como periodista ha sido moldeado por esa supuesta izquierda, por esa supuesta derecha y por el supuesto centro.

Mi hermana, ultracapitalista y de derecha –con su avión privado, hotel y propiedades– me ha ayudado mínimamente para engrosar mi experiencia en el campo; mi madre, de izquierda y quien está superando la adicción, me ha fortalecido como motivación para sacarla de esa crisis en la que fue inmersa gracias el Estado. No claudico en esa misión.

Gracias a la derecha he podido visitar otros países, me he desplazado en Rolls-Royce y cenado en el restaurante de los reyes de Países Bajos; pero también gracias a esa izquierda, he encontrado el impulso por la justicia social, la encomendada labor por los derechos civiles. Podría estar en el centro, pero me suena irritable, porque un ciudadano debe permitirse la libertad de estar donde desee, sin sentirse presionado por el sistema.

El país está sumido en una desgracia ideológica patrocinada por la clase política que no encuentra otro instrumento banalizador del adoctrinamiento, como lo es hablar de izquierda, centro y derecha. Poner a hablar a la gente siempre ha sido más importante que educarla para que se entienda a sí misma como libre pensadora.

Por eso, no soy de izquierda ni de derecha, tampoco del centro, soy libre pensador a pesar del yugo de esa palabra que repito tanto, sistema.