El robo de los computadores de la Biblioteca Ramón Correa Mejía es apenas una de las tantas dificultades que tiene un escenario tan importante para los risaraldenses, ni hablar del atraso tecnológico del sitio. Se suma la Luis Carlos González del Banco de la República, un espacio al que el tiempo no lo toca. 
 
 
Por: Carlos A. Marín
Hace tres años a través de este mismo medio invité a los ciudadanos a pensar en las bibliotecas como destino turístico en fechas vacacionales, en un artículo que intentó retratar la importancia que tienen este tipo de escenarios para el entretenimiento de los pereiranos, más allá de los centros comerciales a los que recurre la masa en los dominicales y festivos.
Soy amante de las bibliotecas porque significan un espacio de reconciliación con la educación, la convivencia y la cultura. 
Se me ha antojado que antes de arribar a un municipio, sin importar su demografía, debo consultar en Google si existe tal escenario, para luego dejarme envolver en su búsqueda y finalmente escuchar las historia que cuentan sus estructuras, porque sí, una biblioteca puede murmurar sobre el lugar donde está ubicada.
Es que los sitios no son solo libros, aunque estos sean su esencia. Una biblioteca es la primera intención de desarrollo educativo de un municipio. Nos damos cuenta que a un territorio le interesa el área en la medida que tiene al menos una en su geografía urbana o rural. 
 

Preocupación

 
Después de tres años, la costumbre de visitar la biblioteca pública Ramón Correa Mejía y el área cultural Luis Carlos González de Banrepública no se ha marchitado; sin embargo respiro un aire de abandono administrativo, o de letargo en su desarrollo.
Conversando con una funcionaria de la Secretaría de Cultura, reconoció el atraso tecnológico en el que se encuentra la Ramón Correa Mejía, un atraso de 10 años, me dijo. 
Le comenté acerca de la preocupación que día a día me aborda respecto al tema. Me aclaró que para beneficio de los pereiranos el número de usuarios aumentó significativamente, en la actualidad está en una cifra cercana a los 8.000 ciudadanos que la frecuentan al mes. “Nunca antes había sido tan visitada”, expresó. 
La misma funcionaria aceptó que le hace falta inversión, algo que a la vista de cualquier turista no risaraldense es evidente. La Ramón Correa Mejía no puede seguir siendo ese frívolo cubo, donde decenas de mesas la hacen ver como un gran restaurante sin comensales.
La estética interior invita a la mera consulta académica, dejando a un lado la relación que crea el usuario con el entorno, el encuentro ciudadano con sus similares o con la simple experiencia de visitar un lugar de importancia cultural para la ciudad.
Incluso año a año algunas dificultades persisten, como el aseo en las áreas comunes. No puede ser que durante tres años se viva el mismo problema. 
La respuesta se quiso orientar a la transformación de Instituto a Secretaría, para alguien que no conozca el lugar desde años atrás puede sonar válida; pero en este caso nada tiene que ver lo uno con lo otro. Cuando tenía ocho personas responsables del aseo, la misma área común padecía el mal, ahora que la edificación solo cuenta con dos, es igual. 
El manejo de la prensa para la información al ciudadano es precario; la respuesta se apoya en los escasos recursos económicos que se destina para tal fin. 
En cuanto al robo de tres computadores de la sala de consultas del tercer piso, la respuesta también se orientó hacia el cambio de instituto a secretaría, algo que tampoco viene al caso, pues uno de los tres aparatos fue hurtado el año anterior, cuando la seguridad la manejaba el mismo instituto. 
Ahora 16 equipos se encuentran guardados, privando al ciudadano de su uso.
La Luis Carlos González de Banrepública es un poco más juiciosa, tiene áreas más completas y desarrolladas, pero descuidada en cuanto a que priva a los usuarios del uso, goce y disfrute de la informática o nuevas tecnologías de la información y las comunicaciones. No hay un número decente de computadores para los visitantes. 
En su área de prensa descuida por completo los ejemplares. Recuerdo hacer tres años haber manifestado la situación a la practicante del momento. En la actualidad nada ha cambiado en esa área.
Una biblioteca del siglo XXI debe contemplar en su arquitectura un lugar ideado para las personas que son ajenas al uso de los computadores, o motivar a los jóvenes para que mejoren su participación en sociedad con estas herramientas. 
Así, las transformaciones en ambas bibliotecas han sido mínimas, más preocupante es la ausencia de intenciones por parte de sus administraciones por ser atractivos centros para los ciudadanos. Se han quedado en el tiempo, mientras las ciudades avanzan. 
El mejor argumento para este artículo lo tiene la Ramón Correa Mejía: los ciudadanos están necesitando más este tipo de espacios.