El invierno y el ocaso de Colombia, ponen de sustancial una primavera, si unen más voces y hay maneras de dialogar y llegar a salidas, la vida podrá ser la ganadora.

 

Por: John Harold Giraldo Herrera

La primavera Latinoamericana por fin llegó a Colombia. El surgimiento de levantamientos y de inconformidades ha crecido tanto que han sacudido de la sumisión y la pasividad a millares. Luego de 200 años de República, los colombianos experimentan el nacimiento de una ciudadanía reclamando los derechos que les han negado. La generación actual, a quien han condenado de estar presa de las redes sociales o imbuida en una despreocupación, ha mostrado su talante: tienen el país en el que quieren vivir, o mejor, han vivido uno que les ha negado todo, que ya no tienen miedo de afrontar las consecuencias de su ira: “Nos han quitado todo, incluso el miedo”.  Vienen desbordando el modo de pensar y reaccionar, y como multitud son superiores a cualquier organización o partido.

Parte de sus modos de expresión pasan por convocar con canticos, bailes, expresiones y consignas, cuya respuesta se estremece entre ellos: “Se metieron con la generación que aprendió a descargar archivos en Ares”, y su lenguaje se entiende y atrae entre ellos a otros que no habían tomado la decisión de participar: “Se metieron con la generación que resistió ver Padres e hijos”. Y siguen con frases que, para asumirlas, es necesario estar en sus prácticas y rutinas: “Si aprendimos a conseguir pareja por Tinder, seremos capaces de todo”.

El asesinato de Dylan ha puesto un escenario mayor de indignación. Aunque el país no descansa de un dolor, cuando llega el supuesto suicidio de Brandon, un soldado que apoya el paro, y luego se quita la vida. O de nuevo el caso de la señora que iba a hacer mercado y fue golpeada sin mesura por el Esmad. Hoy ningún hecho queda fuera de ser conocido. Las mismas redes que aprisionan a los jóvenes son el medio por donde más se mueve la información, mucha de ella falsas y basura, pero otra más cívica y proactiva.

Sin estar en una situación extrema, el brote de la rebeldía llegó a las fuerzas militares y circulan vídeos de muchachos que sin tapujos avivan el paro y lo apoyan, un exsargento, Alexander Chala, dice: “Si el pueblo se manifiesta para que el Esmad sea desmontado, lo puede lograr”.

Ninguna vida acabada, ninguna, sea un soldado, un estudiante, un guerrillero, un delincuente, un transeúnte, debe ser justificada. Asistimos a una época donde ese valor se ha escindido, y no sólo era cuestión de mafias o bandas que ponían en jaque la vida de otros, sino que también multitudes se toman la justicia. El crecimiento de las llamadas “paloterapias” o de una justicia por las propias manos, muestra cómo ha caído la creencia en las instituciones.

El arsenal de consignas renovadoras incluye las que intentan comprometer a los demás, pues se entiende que lo alcanzado en paros, o movilizaciones no cobija a unos cuantos sino a mayorías: “Quienes sólo tienen aspiraciones individuales, jamás entenderán una lucha colectiva”. Razón que determina que las vocerías se encuentran también en un desafío, y la representación más que en organismos o colectivos, se encuentra en las calles. Y parece que esa marea puede convertirse en tsunami, de no generar un ambiente de encuentro y diálogo. “Nos representamos a nosotros mismos”, hay asambleas por todos lados, y la calle podría democratizar lo que el poder ha centralizado.

Las decisiones de Duque de tres días sin Iva y similares, es como dicen los jóvenes: “Le faltó incluir el día del jean”, como en los colegios, que les hacen pagar mil o dos mil pesos para que no vayan con uniformes. El gobierno de Iván, incluso, tiene férrea oposición entre un sector del uribismo y parece que la inestabilidad podría llevar a que Martha Lucía Ramírez sea la que ocupe el cargo. El gobierno actual no tiene bitácora y día tras día intenta remediar lo que no tiene curso, en medio de protestas, ya dijo que no discute el tema pensional y la reforma tributaria y que menos se hablaría del desmonte del Esmad, que al año gasta 490.000 millones de pesos, según informe de la propia Policía al Congreso de la República, para mantener 3876 integrantes, en promedio cada uno de ellos equivale a 126 millones anuales, mientras que un estudiante de U pública cuesta unos 9.5 millones.

Las brechas en este país son enormes y cerrarlas no será de la noche a la mañana. Los jóvenes se encuentran revolcando el país y de no ser escuchados y canalizada su fuerza, puede desembocar en un Sos, en un llamado urgente, porque ellos sueñan con la paz, estuvieron de acuerdo con ella y la defienden, tanto, que antes de la corrupción, es el primer punto en el pliego, y en uno de los carteles se enuncia: “Eviten el nacimiento de una nueva guerrilla”. El propio Uribe retiró la propuesta que pretendía pagarles menos, y condenar su falta de experiencia.

“Que el privilegio no te nuble la empatía”, es otra de las frases que se lee, como aquella que dice, que “Somos la generación que perdona hasta 5 veces a su ex y luego se casa con él” y paso seguido ponen de relieve: “Somos la generación que resistió a la chancla de la madre”.

Un hecho que no aguantan las multitudes, es el ataque a la madre naturaleza y a los elementos que la componen. Padecer la extinción de millones de especies y haber perdido por la culpa de talas indiscriminadas de bosque, miles de hectáreas, y al saber que el botón del acabose debe parar, lo ambiental es una agenda prioritaria, no hay otra casa donde vivir y es el planeta el que sigue albergando el misterio y la maravilla de la vida humana: “Practiquen aleteo contra los congresistas”, dice otro cartel. El fracking, la megaminería, la deforestación, son puntos incluidos en el pliego: “Que se tomen medidas para la protección de las especies en vía de extinción en el país, y adicionalmente se prohíba la caza de tiburones con fines comerciales”.

Ese pliego que empezó con el tema pensional y la reforma laboral, viene subiendo de niveles y ha llegado a exigir la renuncia de Duque: “Señor Duque, colabóreme con la salida por favor”. “Se metieron con la generación que aprendió a estar endeudada de por vida con el Icetex”. Es cierto que la educación, como no ocurría en otros gobiernos, tiene más recursos para la vigencia 2020, con 44.1 billones es el sector de más destinación. No obstante, un cartel dice: “Este es el país donde toca recordar al gobierno que tienen unos acuerdos y los incumplen”. Dado que, al parecer, lo pactado y la mesa que debería seguir sesionando sobre educación ya no lo hace y hay hechos no garantizados.

No sabemos dónde va a parar la multitud, siguen en las calles y hasta las 3:00 de la mañana se han escuchado el sonar de ese símbolo: el cacerolazo, que pudo haber empezado en Venezuela y hoy se extiende por todo el Abyayala. Se equivocan quienes dicen que son “vándalos”, pues esta generación sale a pedir excusas, intenta reponer lo dañado y da la cara. De hecho, son quienes convocan con abrazatones, o besatones, incluyendo a las fuerzas militares. “Vandalismo es que un estudiante tenga que pagar en 20 años lo que un congresista se gana en un mes”, comentan en sus pancartas.

“No estamos todos, faltan los asesinados”, y ese es otro de los temas de impacto. Al tener una nación que no ha parado el asesinato sistemático de líderes y donde protestar es exponerse a cargar un ataúd, e incluso, ya van tres rectores de universidades amenazados y que piden protección por haber salido en defensa de los ataques de tanquetas del Esmad. “Que la dignidad no me cueste la vida”, gritan y se ve en las calles.

“Los colombianos necesitamos editarnos”, es otra voz que muestra el inconformismo y el requerimiento de una nación que haga uso en la práctica de lo diverso y pluricultural. Ya que el tema de los pueblos originarios, sus matanzas y saqueos de las zonas donde viven, ponen más candente la protesta. Un cartel muy simbólico, deja un epílogo: “Menos mal que los rifles no pueden matar las palabras”. El invierno y el ocaso de Colombia, ponen de sustancial una primavera, si unen más voces y hay maneras de dialogar y llegar a salidas, la vida podrá ser la ganadora.