Descubrir  que no somos  unidimensionales no es poca cosa en un mundo donde la demagogia de los nacionalismos y los regionalismos pretende imponer la idea de la  identidad como algo inmóvil, fosilizado en el tiempo y el espacio.

Por: Gustavo Colorado

Durante décadas nos vendieron la idea de Pereira en particular y del eje cafetero en general como una región de gusto musical unidimensional: según esa mirada, el único género capaz de decir algo acerca de nuestra condición de inmigrantes desarraigados era el despecho, ese cancionero consagrado a recrear las historias de trenes a punto de partir, recolectores de café soñando con muñecas de tapa de revista,  parejas dedicadas a intercambiar dosis iguales de odio y amor, hijos incapaces de asimilar la pérdida de la madre o machos cornudos suplicando una migaja de piedad. En otras palabras, nuestra cosmovisión fue amasada con la más pura materia del melodrama.

Para fortuna de todos, la vida acaba por desbordar esquemas y moldes, revelando de paso su inabarcable y a veces perturbadora diversidad. Dentro de sus manifestaciones la música ocupa un lugar central. No por casualidad, el periodista, escritor y hombre de radio Edison Marulanda bautizó a su programa de canciones, entrevistas y perfiles con el nombre de Cantando historias: cada canción habla tanto del pasado personal como de los anhelos y temores de  un grupo social.

De  contar y cantar historias se  han encargado en los últimos años varios eventos musicales que, sin proponérselo, dan cuenta de lo más valioso de nuestro patrimonio cultural: el mestizaje. Se trata del Festival  Sinfónico, el encuentro Convivencia Rock, el Concurso Nacional del Bambuco y la Fiesta de la Música. Si uno  se despoja de prejuicios puede sumergirse a fondo  en la amalgama de ritmos y relatos surgidos de un  encuentro entre culturas fértil y doloroso, como todos los encuentros entre seres vivos. De  los acordes de Mozart y Brahms a los tambores del Chocó profundo, pasando por los aires melancólicos de la región Andina o las gaitas festivas y relatos  orales del litoral Caribe hasta llegar a nuestra manera de interpretar el rock y el jazz, los cuatro eventos operan al modo de espejos enfrentados capaces de revelarnos nuestras múltiples identidades.

Porque las músicas, como todas las expresiones estéticas y culturales, nos sirven ante todo para  reconocernos como partícipes de una aventura común. Cuando uno escucha al maestro Antonio Arnedo recrear la alegre melancolía de una canción como Mi Buenaventura, del viejo Petronio  Álvarez, entiende por  fin el tamaño de los lazos que lo hermanan con los cantos religiosos interpretados por los negros del sur de Estados Unidos, las cadencias  marineras del son cubano, el galope erótico y libertario del Candombe, la añoranza sin remedio de los latinos en Nueva York o Europa contada a través de la Salsa y la invitación abierta a hacer suya la memoria colectiva expresada en los versos de los juglares vallenatos.

Descubrir  que no somos  unidimensionales no es poca cosa en un mundo donde la demagogia de los nacionalismos y los regionalismos pretende imponer la idea de la  identidad como algo inmóvil, fosilizado en el tiempo y el espacio. La verdad es otra: como los individuos, las sociedades se transmutan. No por casualidad la  gastronomía  y la música son metáforas recurrentes para expresar ese estado de cosas. ¿Qué es, por ejemplo, el ajiaco, ese plato del altiplano cundiboyacense sino el producto del feliz encuentro entre distintas maneras de cultivar la tierra y de gozar sus frutos? Con el paso del tiempo, en esa receta coinciden ingredientes tomados de la tradición indígena, española y anglosajona. Prueben y verán. Igual cosa sucede con nuestra forma  de  hacer rock: gaitas, tiples, guitarras eléctricas, tambores, flautas de millo y charangos conviven en público concubinato como una manera de reconocernos hijos de la diversidad, es decir, resultado del cruce de muchas sangres y múltiples maneras de ver el mundo.

Así las cosas, el despecho no constituye la única vía para expresar una antología de dichas y olvidos. Como tampoco lo es el bambuco o algún otro género en particular. Eso lo sabe muy  bien  quien haya disfrutado a fondo los eventos mencionados al comienzo. No somos el resultado del designio de algún poder político, económico o cultural. Todo lo contrario: la aventura vital dadora de encuentros y desencuentros es la única responsable de esa particular manera de afirmarnos a través de los ritmos y letras, olores y sabores, memoria y creencias implícitos en el mestizaje.