Los hechos narrados a continuación, ocurrieron el martes 18 de febrero del 2020 y fueron vivenciados por quien escribe la columna. La intención es demostrar la inmensa problemática de salud pública que vive Pereira, problemática que se ha extendido a otros sectores por los efectos colaterales.

  

Por / Eduardo Valencia Guevara

Las declaraciones de la vicepresidenta de la República Martha Lucía Ramírez, en las que daba a entender que había muchas psicólogas, causaron una gran polémica. Lastimosamente esas palabras, fuera de contexto o malinterpretadas como ha dicho la señora Ramírez, no pueden estar más lejos de la verdad, al menos en ámbitos locales.
Gracias a una serie de eventos desafortunados, pudo demostrarse que en nuestra área metropolitana no hay muchos psicólogos (hombres y mujeres). O al menos no son contratados en la parte clínica, donde, literalmente, pueden salvar vidas.

Gracias a mi condición de paciente, he conocido a fondo cómo funciona el sistema de salud en cuanto a tratamiento psiquiátrico, inclusive en este portal se han hecho denuncias sobre los malos tratos que se reciben en el Hospital Mental de Risaralda –HOMERIS–, los cuales son negados por el personal médico y administrativo.
Uno entiende las impactantes estadísticas que dan a Pereira como la ciudad capital con mayor cantidad de suicidios a nivel nacional. El pésimo sistema de salud pereirano, donde la salud mental es inexistente, es el culpable… y quien a fin de cuentas llena los bolsillos de los directores del tabloide Q’hubo, el más beneficiado con las amarillistas noticias de suicidios.

 

Los hechos

Debido a que, según parece, Coomeva EPS no posee ningún convenio con instituciones de salud mental (a pesar de que digan lo contrario), y mi condición se agravaba con el pasar de los días, por sugerencia de terceros (personal médico) decidí ir al servicio de Urgencias de la Clínica los Rosales, donde en teoría sería atendido. En teoría.

Dado que en el pasado no me han brindado la atención correspondiente porque “no hay psiquiatra” y su personal de enfermería una vez expulsó a mi acompañante porque alguien de mi edad no tenía derecho a uno (sin hacer mucho caso al protocolo), decidí ir completamente solo.

Era lo mejor, de haber ido con alguien, hubiese terminado sedado en el suelo de la abarrotada sala de espera; en el mejor de los casos durmiendo como un perrito callejero.

A partir del instante que ingresé a la sala de espera, mi actitud y presencia contrastaba con la mayoría de los presentes; tal vez porque en el fondo yo no quería estar ahí, tal vez porque yo quería morir y ellos no, tal vez porque las dolencias físicas causaban en ellos una desesperación pocas veces vista.

Sorprendentemente, la primera valoración fue rápida y no pasó mucho tiempo hasta que el profesional de medicina general me atendió. La sorpresa fue mayor al ver la empatía que tuvo con mi caso; era consciente de que yo quería morir, pero no fue grosero.  Incluso entendía la necesidad de una unidad de salud mental en el hospital.

Sin embargo, la celeridad el proceso fue hasta ahí. Tenía que esperar la valoración por especialista, en este caso psiquiatría, y había un gravísimo problema: el psiquiatra no estaba. Uno de los enfermeros mencionó que el especialista solo iba un par de veces al día a la clínica, y que era el mismo para los pacientes de hospitalización y los de urgencias.

¡Un solo médico psiquiatra! Una de las clínicas con mayor complejidad en todo el departamento de Risaralda tiene un solo psiquiatra. Bueno, uno entiende que las EPS se roban casi todo el dinero y por ello no pueden contratar más de un especialista, pero siguiendo la lógica de las palabras de la vicepresidenta debería haber muchos psicólogos en la clínica. ¡Patrañas!, no había ni uno.

Ahora entendía perfectamente por qué tantos suicidios en Pereira. Las EPS cancelan los convenios con instituciones de salud mental, Homeris es básicamente otra cárcel más en la ciudad y la atención de salud mental en Urgencias es inexistente.
Decidí esperar unas horas más, confiaba en que aparecería el psiquiatra que tanto necesitaba, pero lo que apareció fue mi ansiedad. Sentía una presión inmensa en el pecho, ganas de llorar y un vacío en el estómago; pero lo soporté todo.

Presencié demasiadas injusticias y había demasiadas personas por metro cuadrado; hasta la mente más fuerte se hubiera alterado. Pero tomé fuerzas al recordar las palabras de aquella enfermera de Homeris al ver llorar a uno de los pacientes: “Si sigue jodiendo, lo amarro”.

Visiblemente calmado, aunque no lo estaba, hablé con un enfermero, mi amabilidad contrastaba con el puñado de insultos que le daban los demás pacientes; amabilidad hizo que su empatía saliera a flote, y me aconsejara buscar un interno de psiquiatría que jamás encontré.

En el camino, me encontré un médico que me llevó a una sala de espera más pequeña, donde una pobre señora se quejaba de una forma solo vista en un filme de terror y debido a la desesperación cayó al suelo; haciendo que médicos y enfermeros tuviesen que pasar con cuidado para no pisarla. Su acompañante pedía al menos algo para mitigar el dolor de la mujer, pero las instrucciones eran iguales para todos: Esperar.
Yo no había almorzado, y el hambre comenzaba a hacer estragos; pregunté a un par de enfermeras cuánto tiempo faltaba para que el psiquiatra me atendiera, y sus expresiones faciales me indicaron, sin usar palabras, que tal vez faltaba otro puñado de horas.

En las aproximadamente cuatro horas (prácticamente nada para lo que en promedio se sufre en estos lugares) algo permanecía igual: mi deseo de morir, de no estar allí. Así que pedí permiso para comer algo y salí. Huí, me fui de un lugar donde no podían o no querían atenderme.

Tal vez si hubiese decidido quitarme la vida al huir de la clínica, el Q’hubo tendría portada para el día siguiente, Y la clínica tendría que sacar un comunicado acerca del porqué el paciente huyó con tanta facilidad, ante la frustración de no ser atendido.
Pero no, aquel paciente decidió contar su historia.
Tal vez mañana el paciente sí se suicide, pero eso ya no será responsabilidad de la Clínica Los Rosales, sino del pésimo sistema de salud mental en Pereira.

 

Extras

  • La línea amiga (la cual desconozco si sigue activa) posee un funcionamiento obsoleto, no hay un seguimiento a las personas que la usan. Cualquiera puede suicidarse tras finalizar la llamada y ellos ni enterados. Tampoco tienen la capacidad de hacer visibles los potenciales casos a las respectivas EPS, básicamente la línea amiga es un Juan Guaidó en cuanto a salud mental se refiere. No pasa de ser una buena intención
  • Coomeva EPS ha manifestado tener convenios con instituciones de atención en salud mental tanto de Manizales como de Pereira; sin embargo, esta información es desconocida por el personal médico de Urgencias de la Clínica los Rosales.
  • Los coach emocionales (donde muchos son líderes religiosos), es una tendencia que va en aumento en la región y que en ningún caso reemplaza la psicología clínica.
  • En meses anteriores se intentó contactar al Colegio Colombiano de Psicólogos (COLPSIC) Eje Cafetero para exponer la problemática pública de salud mental en Pereira, al menos desde la perspectiva de un paciente, pero nunca hubo respuesta de su parte, ni en su correo electrónico, ni en sus redes sociales.
  • Durante las elecciones locales inmediatamente anteriores, un candidato a la asamblea se jactaba de tener la política de salud mental en su plan de gobierno, pero cuando se le preguntó por la problemática de los suicidios, argumentó: “Ahí la gobernación tiene una liniecita para eso”. El candidato no ganó.
    El actual Diputado Daniel Silva mostró interés en esta problemática y en hacer una reunión para profundizar el tema, reunión que no se ha llevado a cabo a la fecha del escrito.

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