GIOVANNI CANODe entrada esto pareciera revolucionario, sin embargo, la realidad es que no dice nada nuevo y que reitera lo que la Iglesia ya había promulgado en el Catecismo Católico en 1992.

 

Por: Giovanni Cano

Nadie duda que Francisco sea un Papa mucho más carismático y cercano que su antecesor. Sin duda alguna, le brinda un aire de renovación y esperanza a una Iglesia que ha sido golpeada sucesivamente por escándalos de distinta índole.

Sus llamados no dejan de ser sorprendentes y particularmente su visita al Brasil fue el escenario de varios pronunciamientos, de los cuales el más comentado en los medios y las redes sociales fue: “Si una persona es ‘gay’, busca al Señor y tiene buena voluntad, ¿quién soy yo para juzgarla?”.

De entrada esto pareciera revolucionario, sin embargo, la realidad es que no dice nada nuevo y que reitera lo que la Iglesia ya había promulgado en el Catecismo Católico en 1992.

La Doctrina Católica diferencia la homosexualidad y los actos homosexuales. Desde esta óptica, bajo los principios de la caridad cristiana, rechaza el pecado y acoge el pecador. Esta distinción para nada es menor: las personas homosexuales están llamadas a la castidad y no se les brinda ninguna alternativa frente a su sexualidad, ya que los actos homosexuales son “intrínsecamente desordenados […] Son contrarios a la ley natural. Cierran el acto sexual al don de la vida. No proceden de una verdadera complementariedad afectiva y sexual. No pueden recibir aprobación en ningún caso”.

De ahí que el Papa Francisco no haya dicho nada nuevo, aunque queramos escuchar lo contrario. Él, como principal vocero de la Iglesia, reitera lo que se expresó en 1992: que las personas homosexuales “Deben ser acogidos con respeto, compasión y delicadeza. Se evitará, respecto a ellos, todo signo de discriminación injusta”.

Y lo más delicado no es que la lógica frente a los homosexuales sea similar al postulado de ver y no tocar. Lo delicado es que inmediatamente condena lo que él –y muchos otros– denominan el Lobby Gay, que no es otra cosa sino la movilización de este grupo poblacional en la búsqueda de condiciones reales de inclusión e igualdad.

La incidencia política sobre temas como el libre desarrollo de la personalidad, el matrimonio igualitario y la lucha contra los crímenes de odio; son aspectos claves dentro de las reivindicaciones que se buscan alcanzar, para hacer a esta sociedad más justa, equitativa e incluyente.

Rechazar la incidencia política de este grupo ciudadano, es otorgar a las personas homosexuales un estatus de ciudadanos de segunda categoría, sin posibilidades de expresarse sobre asuntos públicos como las leyes y de exigir reales condiciones de igualdad.

Así las cosas, la postura del Papa Francisco –en el fondo– no dista mucho de la del Senador Gerlein, quien dijo en una entrevista para Blu Radio “a mí no me causan asco los homosexuales, para nada; a mí lo que no me gusta es el sexo gay: no confunda la persona con su actividad”, y luego para El Espectador dijo: “Para mí es clara la violencia del lobby gay. El lobby gay quiere que se le apruebe todo lo que ellos desean con la voluntad o sin la voluntad del Congreso. Nunca había oído en mi vida un desafío tan frontal a las instituciones”.

Entonces seamos realistas y  no nos digamos mentiras, que entre el Papa Francisco y Gerlein, la distancia está en la forma.