Si Francisco conociese esta novela, no dudo que habría insertado ese pasaje en su encíclica Laudato si‘, pues en lo mismo estaba pensando cuando escribió: “El suelo, el agua, las montañas, todo es caricia de Dios”.
Escribe / Jáiber Ladino Guapacha – Ilustra / Stella Maris
Sábado en la mañana. Recién amainó. El cuerpo tibio del Flaco, adherido a mi humanidad llena de tareas e informes por redactar, me parece un premio al que no quiero renunciar aún. Acostumbrado, sin embargo, a madrugar y ser productivo, enciendo el televisor en busca de algo ligero y alentador a la vez. En la plataforma Netflix observo tráileres para escoger un documental. Aparece “Historias de una generación con el Papa Francisco”. El Papa, en primer plano, da una de sus catequesis sobre la vida cotidiana: “Para mí hoy es importante, para el futuro de la humanidad, que los jóvenes hablen con los viejos”. Mientras comienzan a pasar imágenes de las historias que componen la miniserie y que tienen por misión enganchar, leo: “Durante un año, por todo el mundo, filmamos y entrevistamos, a personas mayores de 70”. El testimonio a continuación es el de Martín Scorsese y con eso es suficiente para darle la oportunidad.
El Flaco se despierta, me acompaña. La empatía que en él despierta la vitalidad de una deportista como Montserrat Mechó lanzándose en paracaídas cerca de sus noventa años; la esperanza de Estela Barnes de Caloto en la cruzada por recuperar los hijos y nietos de las mujeres desaparecidas en la dictadura argentina; el testimonio de Vito Fiorino al descubrir el sentido de la paternidad mientras auxilia del naufragio a emigrantes africanos, entre otros, nos llevan a dedicarle toda la mañana al documental entre las pausas para el café, la ducha, el desayuno y esas en que uno siente la necesidad de glosar y de repetir una escena para asegurarse que comprendió.
Los puntos de diálogo, entre el documental, mi Flaco y yo, son casi siempre aquellos en que se aborda la relación con el planeta: Jane Goodall y su testimonio sobre la inteligencia emocional de los animales; Dave Lowe y sus trabajos sobre el calentamiento global; el compromiso con las mujeres indígenas y los ríos, asumidos por la hija de una Bertha Flórez que sigue en pie con su propio legado a pesar de las amenazas. Temas que conmueven y movilizan. Ante las historias de Danilo Mena y Natalia Echeverría nos dejamos interpelar en silencio.
Mientras el Flaco va a la tienda de la esquina por espaguetis, tomates, huevos y no sé qué más para el almuerzo, me devuelvo a una escena en la que Francisco responde a una inquietud propuesta por el jesuita Antonio Spadaro. Me inquietan las expresiones en el rostro de Bergoglio. Expone con calma, con serenidad, luego algo se quiebra: es cuando admite la resistencia de los suyos; después vuelve con fuerza para sentenciar. No es él, es una voz colectiva:
“A veces me gusta hablar de la Madre Tierra para usar una expresión que usan los aborígenes respecto al Creador como una madre en el sentido que nos cuida, que nos quiere, que nos da todo de sí. Pero dicen que eso es idólatra y que un Papa no lo tiene que decir y que es pecado mortal hablar de la Pacha Mama. Pero la Madre Tierra es el don de Dios hacia nosotros y lo tenemos que cuidar. Es un regalo de pura gratuidad. Esto visto teológicamente. Visto científicamente tenemos que cuidarlo porque Dios perdona siempre, nosotros perdonamos de vez en cuando y la naturaleza no perdona nunca. Y la venganza de la naturaleza son los fenómenos que estamos viendo hoy en día”.
Busco en otra ventana una noticia en Youtube para explicarle a mi Flaco, o para recordarme a mí mismo, la situación que esconden las palabras de Francisco. En octubre de 2019, mientras los obispos latinoamericanos se reunían en Roma para el sínodo de la Amazonía, en la iglesia Santa María in Transpontina tenía lugar una exposición para mostrar la responsabilidad compartida por iglesia y comunidades en medio de la selva. En uno de los altares se expusieron tallas de una mujer indígena en estado de gestación. La Virgen María de la Amazonía. La Pacha Mama. Esa representación causó tanta molestia a la “sana teología” que, en un amanecer dos hombres ingresaron al templo, hurtaron las imágenes, las llevaron a un puente cerca del Castillo Sant‘Angelo, y desde allí las lanzaron a las aguas del Tíber. El acto lo grabaron con sus celulares y luego compartieron el vídeo para amedrentar la posibilidad de una espiritualidad no encarnada en la imagen eurocéntrica.
El Flaco recordó la película de Adam Mckay, No mires arriba. El mensaje del sínodo reducido a un relieve en madera, inapropiado por transgredir las representaciones del canon estético para lo sagrado, sin darse cuenta de que lo importante es reconocer esa señal, científica y teológica, del desastre que se avecina. Algún puñado de magnates sabrá sacar provecho de la escasez después del desastre, concluyó mi compañero.
Durante el confinamiento por la Covid-19, algunos entusiastas hablaban de un cambio en la conciencia humana que nos haría seres con mayor empatía. Antes de la vacunación masiva, ya teníamos evidencias de que se cumpliría, una vez más, lo cantado por Santos Discépolo: “el mundo fue y será una porquería”.
La utopía de un mundo mejor se esconde, el escepticismo aumenta. No obstante, a veces, el Flaco pone mis inquietudes en su lugar. Me invita a subir a estos cerros y cuando estamos en lo más alto de alguno de ellos, saca de su bolso La casa de las dos palmas, la novela de Manuel Mejía Vallejo, de la que me lee un pasaje: “Y tuvieron un sentimiento religioso. Los farallones echaban arriba sus fauces como tratando de morder el cielo, y la montaña extendía su lomo para que la sobara Dios con su mirada”. Si Francisco conociese esta novela, no dudo que habría insertado ese pasaje en su encíclica Laudato si‘, pues en lo mismo estaba pensando cuando escribió: “El suelo, el agua, las montañas, todo es caricia de Dios”.
Por cierto, el próximo 24 de mayo, cumplirá siete años dicha carta que el Papa dirige a la humanidad para plantearle el análisis y los retos para el cuidado de la Casa común. Vale la pena dejarse interrogar la vida cotidiana por alguna de estas diez ideas que se desarrollan en el documento:
- La íntima relación entre los pobres y la fragilidad del planeta.
- La convicción de que en el mundo todo está conectado.
- La crítica al nuevo paradigma y a las formas de poder que derivan de la tecnología.
- La invitación a buscar otros modos de entender la economía y el progreso.
- El valor propio de cada criatura.
- El sentido humano de la ecología.
- La necesidad de debates sinceros y honestos.
- La grave responsabilidad de la política internacional y local.
- La cultura del descarte.
- La propuesta de un nuevo estilo de vida. (Laudato si‘, no. 16)
@JaiberLadino


