Hay que dejar de ver como natural, entiéndase normal e inmodificable, las creencias y costumbres que justifican y reproducen comportamientos establecidos que alimentan la desigualdad y la injusticia.

 

Por: Gloria Inés Escobar

Las mujeres que han cambiado el mundo no han necesitado nunca mostrar otra cosa que su inteligencia. Esta frase atribuida a la neurobióloga Rita Levi Montalcini, premio Nobel de Medicina y Fisiología en 1986, resalta con claridad y contundencia que lo más importante para transformar el mundo proviene de la mente, del uso de esa característica humana que ha sido tratada de disminuir y hasta negar en las mujeres: la inteligencia.

Las capacidades intelectuales de razonar, comprender, contrastar, relacionar, inferir, sintetizar, analizar… han sido catalogadas como características eminentemente masculinas, al tiempo que se ha considerado que en las mujeres estas no existen o no son necesarias.

Así es como desde esa inveterada clasificación dualista del ser humano en cuerpo y mente, se determinó que en el hombre prima la mente y en la mujer, el cuerpo. De ahí que se procure desarrollar en los varones sus capacidades cerebrales y en la mujer se promueva el cuidado del cuerpo. En otras palabras, lo que importa en los hombres es la inteligencia y en las mujeres, su figura.

Pero tal repartición de atributos es a todas luces una trampa que ha llevado a justificar el dominio de un sexo sobre el otro. Una trampa que ha logrado convencer a la mayoría de la superioridad de los hombres y la inferioridad de las mujeres. Una trampa que ha atrapado a las mujeres en las veleidades de la apariencia personal. Una trampa que ha logrado diluir los esfuerzos de la mujer por cultivar su intelecto y la ha hecho esclava de su cuerpo.

Desde esta perspectiva, las mujeres no están hechas para pensar sino para ser hermosas, para pensar están los hombres que son quienes toman las decisiones y trazan el rumbo de la sociedad. Las mujeres están para agradar, para divertir, para alivianar con sus gracias y dones, los padecimientos de los hombres.

Ahora bien, es seguro que muchas mujeres se sientan felices ocupándose de su belleza, cuidando su figura y comportándose como muñecas; es seguro que muchas disfrutan exhibir su cuerpo y sentirse deseadas por todos; es seguro que tantas otras están convencidas de que la única ocupación válida es adecuarse lo máximo posible a los estándares de la moda y la belleza para no perder vigencia; es seguro que todas ellas se sienten libres y en medio de los flashes, las sedas, los lujos, los aplausos, la aprobación de los hombres, los piropos y hasta los abusos, no reconozcan su esclavitud, no identifiquen su opresión, no se sientan mancilladas y por el contrario, se sientan “realizadas” como “mujeres”.

Pero todo esto no es más que la evidencia del éxito arrollador de un modelo educativo que ha logrado producir en masa seres acéfalos incapaces de pensar sobre su propia realidad, seres humanos adoctrinados y sumisos. Resultado muy útil para quienes han manejado los hilos del poder en todas las escalas jerárquicas.

Es por eso que dentro de este contexto dualista y machista, la frase de Rita resulta tan importante, porque desafía y subvierte el orden establecido. El uso y abuso del cuerpo de las mujeres como moneda, como cosa, como medio para conseguir todo no ha generado más que dolor y opresión a la mayoría de mujeres en el mundo.

La excesiva, y en algunos casos, única preocupación por alcanzar una figura perfecta, léase deseable, no ha hecho otra cosa que esclavizar más a la mujer, atornillarla en el lugar que se la ha asignado, el de objeto decorativo sin mayor valor que el brillo momentáneamente emanado. La ha convertido en el segundo sexo.

Sí, el mundo se puede transformar, no estamos condenados a soportarlo tal cual está. Es posible eliminar todos los obstáculos que impiden a los seres humanos subordinados y discriminados desarrollar y desplegar todas sus capacidades intelectuales, toda su potencial inteligencia.

Pero para hacerlo hay que atreverse en primer lugar a desafiar el orden establecido y los estereotipos que encasillan y etiquetan. Hay que dejar de ver como natural, entiéndase normal e inmodificable, las creencias y costumbres que justifican y reproducen comportamientos establecidos que alimentan la desigualdad y la injusticia.

Específicamente las mujeres deben negarse a aceptar su supuesta inferioridad, atreverse a desafiar los prejuicios sexistas, rechazar el embuste de su incapacidad mental y de la necesidad de un tutor a perpetuidad, romper con la tiranía en que se ha convertido la belleza, dejar de creer que su fuerza y poder residen en su cuerpo, entender que como seres humanos tenemos las herramientas para cambiar el mundo, el propio y el ajeno. El esfuerzo vale la pena, así haya que arriesgarlo todo.