Pareciera que Pepe Mujica es un tiempo aún latente de nuestro significado de esperanza, el discurso para reencontrarnos. Aunque el ser humano es contradictorio, puede aplaudir al uruguayo extupamaro, expresidente, y a la vez ignorar el desasosiego de la migración bajo la violencia en América Central.
Fidel Castro pertenece a la memoria latinoamericana del siglo XX. Su muerte podría significar la paulatina pérdida de una identidad construida en la resistencia cotidiana y la vindicación de músicas y geografías ocultas. Con su partida, el comentario de rutina “nos dejan los grandes”, cuando las primeras planas de los periódicos son una foto a color de un personaje, marcada por la palabra “Adiós”, representa una resignación real ante un estado de orfandad. Ya no están quienes recordaban nuestra voz, esos monumentos de la cultura y del pensamiento crítico, esas figuras que volvimos dioses indiscutibles al hacerlas públicas y adorarlas con fe ciega.
No era cuestión de un metarrelato temporal, sino de puntos de empatía y respeto en los ríos, las montañas, los desiertos, las selvas y las calles diversas de América Latina. Pero el orden de la línea cronológica nos absorbió, y a fuerza de contradecir lo occidental aceptamos sus juegos metodológicos de desarrollo y crecimiento. ¿Quiénes serán esos luceros a perseguir en la vastedad del mar? Pareciera que Pepe Mujica es un tiempo aún latente de nuestro significado de esperanza, el discurso para reencontrarnos. Aunque el ser humano es contradictorio, puede aplaudir al uruguayo extupamaro, expresidente, y a la vez ignorar el desasosiego de la migración bajo la violencia en América Central.
En esa vacilación estamos, y hay un criterio de preponderacia reemplazable en el siglo XXI. ¿Será posible el sostenimiento de los íconos de lucha, con todas sus fatalidades también, ilustradoras del siglo anterior? Hay un cambio de perspectiva delimitada por las formas de lectura, creación y apropiación de significados y símbolos del ser latinoamericano en el ciberespacio. Internet ofrece una serie de artefactos culturales sin respetar fronteras.
Las generaciones venideras podrían actuar ya de manera inconsciente al saltar de un sitio a otro al construir sus apreciaciones y gustos en el término de las descargas y los hipervínculos. Es preocupante si se elimina el contraste con las experiencias en la realidad, con el sudor, el baile, la temperatura, el dolor o las charlas. Aún así, Fidel Castro es también semántica digital, una contrapunteo de hashtags y fotografías y videos sobre Cuba, es ambigüedad y reflexión entre varias generaciones, no de una, entabladas en la red de redes donde es evidente que la historia no absuelve porque no hay una sola, son diversas, y constituyen puntos de fuga reacios a la linealidad temporal legitimada, a veces, en museos, instituciones y libros.



