En síntesis, uno de nuestros peores rostros enseñó uno de sus mejores perfiles: el de la crítica sin argumentos ni balances que cuestionen el comportamiento de quienes excluimos por razones que generalmente desconocemos.

 

JhONAS COLUMNPor: Jhonattan Arredondo Grisales

Esta semana leí una columna de opinión en la que una importante escritora del país mencionaba la injusticia de un profesor. Luego leí otra. En esta, públicamente, el profesor se volvía a disculpar. Sin ir más lejos, el asunto pasó de lo privado a lo público. Todo el país —o bueno, esa mínima parte del país que aún se asoma en esa mínima parte de los periódicos— conoció los motivos que la llevaron a compartir el dolor que había sentido. Y todo el país —o bueno, esa mínima parte del país que aún pretende establecer contrastes— conoció, bien que mal, otra versión de los hechos.

Sin embargo, mi interés no es insinuar o intentar decir “este” o “este otro” tiene la razón. Me interesa, más bien, reflexionar acerca del ejército de comentarios que nosotros los colombianos realizamos al respecto. Ejército de comentarios: culpar, maldecir o señalar. Esos verbos en infinitivo que tanto nos caracterizan.

En todo caso, las palabras en contra del mencionado profesor no tardaron en llegar: la enorme legión que pulula en las redes sociales apareció en cuestión de segundos. En síntesis, uno de nuestros peores rostros enseñó uno de sus mejores perfiles: el de la crítica sin argumentos ni balances que cuestionen el comportamiento de quienes excluimos por razones que generalmente desconocemos.

Es triste, pero esta situación tiene todas sus raíces apuntando en una misma dirección. De ahí que para nosotros, como ha sucedido en casos anteriores, sea más importante el trino que investigar cuáles fueron las causas o los posibles efectos. La única salida, por desgracia, continúa siendo el señalamiento.

Ahora bien, qué tal si reflexionamos estos versos del poeta español Juan Vicente Piqueras: “Nos salvan los demás. / Nos amen o nos odien, nos digan lo que digan, / nos salvan los demás, la voz de los demás”. Y después, en silencio, volvernos a decir: “Nos salvan los demás. / Nos amen o nos odien, nos digan lo que digan, / nos salvan los demás, la voz de los demás”.