Con motivo de la conmemoración de los 80 años de la muerte de Carlos Gardel, estuvimos en dos conciertos memorables. Los conocedores coinciden en resaltar la calidad de los artistas y las orquestas en escena: el bandoneonista Rodolfo Mederos,  acompañado con la Orquesta Sinfónica de EAFIT, el martes, y el cantante Ariel Ardit, con la Orquesta Filarmónica de Medellín, el miércoles. Así mismo hay que darle créditos al público, a los organizadores, a la Alcaldía y a los lugares escogidos, a la ciudad, al clima de verano, al primer cuarto de la luna creciente.

ANDRES CALLE (MAMBRE)Por Andrés Calle Noreña:

Los expertos tendrían que considerar la maravilla de las actuaciones, de todas maneras  los participantes melómanos y ciudadanos que gozan la estética, respondieron con entusiasmo, estuvieron empáticos y salieron felices. Todavía no he leído a los críticos de música que sepan valorar lo que para nosotros fue una magnífica presentación. Es interesante tener en cuenta los límites de la difusión de este tipo de música. Era un certamen masivo y abierto. El primero, en la belleza de Orquideorama del Jardín Botánico que tiene una cubierta muy alta (12,50 metros), y es abierto,  arquitectura de madera y trópico, rodeado de magnífica vegetación, con la luz precisa, buena acústica, y para esta ocasión perfumado con el aroma de las plantas, algo exquisito. El segundo, en la plazoleta del Aeropuerto Olaya Herrara. En este caso, el punto exacto de la tragedia de Gardel, y sus acompañantes, el piloto Samper, y el escenario por excelencia, único, para la conmemoración. Al parecer, se tuvo una buena medida, porque sí fueron pensados para un gran público, pero tal vez éste es el punto máximo de convocatoria y no obstante fue muy acertado.

Uno podría esperar que esta música que sí es popular, tenga que ser tratada como tal, con niveles altos de volumen, que se le exija que sea entretenida, ágil, versátil. Que es a lo que nos tienen acostumbrados. En este concierto se trataba de concentrar la atención en una cajita pequeña, con un sonido de salón. El acompañamiento de la orquesta era cuidadoso, lucido y sin opacar el instrumento. Y el bandoneonista pudo ser casi íntimo y místico, solemne. En un momento, Mederos se dio el lujo de esperar a que terminara el sonido de una alarma de un automóvil que se escuchaba a lo lejos. Hubo tiempo para las milongas fiesteras y que invitan al baile y en otros instantes era casi una oración, un lamento triste, una queja. Es un músico de talla mundial, reconocido, con grabaciones y difusión, y es cercano, humilde, tímido (cordobés, que no porteño) y con una cara de tango, como si hubiera acabado de recibir una dura noticia. Por una cabeza, con acompañamiento de chelo, era impresionante. Todo esto lo pudieron comunicar en un espectáculo para gran público, al aire libre, con melodías de arrabal.

En el aeropuerto era una orquesta inmensa.  No sabe uno cómo acomodaron a los músicos, el cantante, un piano, bailarines, declamador, de todo, en la tarima que no era tan grande. El montaje era bellísimo, con imágenes de cine, con la voz de Gardel, juegos de luces, pantallas. Como un gran concierto de rock, o de una figura muy comercial, algo de dimensión internacional. Pero el punto focal era un solo cantante, lírico, y no quedó perdido, se creció, se desbordó. Tuvieron problemas con el sonido en dos canciones al inicio y luego consiguieron el punto justo. También, uno podría esperar del tango cierta chabacanería, que sea desgarbado y malevo como corresponde. Además era para un público mayor en número y muy dispar, podría haber sido mucho más popular. Pero no, este señorito era como un Gardel, de esmoquin, pañuelo de seda y gomina. Tampoco era una caricatura, porque podría haber llevado sombrero, excederse en la imitación, y no lo hizo. Jugaba con el público, improvisaba el parlamento, declamaba, actuaba y sobre todo cantó con un chorro de voz. Por lo demás, hay tangos muy conocidos, los de cartel, y se fue por los difíciles, los de letras largas y poéticas, y mantuvo el interés, el hechizo. Y, bueno, al final, proyectaron el avión trimotor Ford matrícula F-31, retumbaba, apagaron las luces, luego el silencio, entró la orquesta a todo dar y se escuchó Volver, y el público aplaudía a rabiar y cantaba, y cerró con Mi buenos Aires querido. Qué más se puede pedir.

Encuentro que el Orquideorama puede albergar 300 espectadores con mucha comodidad, sentados, y, es posible que en la plazoleta hubiera en graderías y de pié, unas 1500 personas. Para hacer énfasis en dos puntos más. Uno, había personas de muchas edades, y los clásicos, pero sí primaba gente nueva, joven y, por decirlo de alguna manera, muy alternativa. Estábamos escuchando canciones de hace más de 50, 60 años, de otro país, de un mundo que ya se acabó, de unos personajes anacrónicos, de Yira, de Olga y Margot. Se nota que Gardel se murió, que vino a morirse donde más lo quieren y que el tango está vivo. Dos, eran espectáculos gratuitos, populares. No estaba representada la masa, no era tampoco para los estratos 1 y 2, como los llamamos en Colombia. Pero, tampoco se ven las elites, la dirigencia, los ricos, los de mostrar. Es interesante, este esfuerzo tan grande, la inversión que supone, la calidad, la excelencia de los artistas, los hermosos escenarios y la noche tibia, y esto no les atrae a los magnates, que prefieren los gimnasios y los centros comerciales. EAFIT es una universidad privada y de la gente que se precia y se fundó como una escuela de negocios, `por esto  es bien importante que se hubieran decidido por las humanidades y las artes. No obstante, ya era hora de que sus egresados y estudiantes gozaran de esta oferta, pero dudo de que estuvieran allí. También es significativo que ni estos conciertos tienen que ser para todo el mundo, que, como dice  Bourdieu, el gusto requiere cultivo y que la democracia y el desarrollo son protagonizados por las clases medias.   

También hay personas que gozan del arte y que no son ciudadanos a carta cabal, todo hay que decirlo. Pero lo que necesitan estas ciudades, este país, este tiempo de conflictos y diálogos, es más noches como las de junio en Medellín, orquestas, músicos y cantantes y un público emocionado y con la alegría de vivir. Qué lujo, antes morir que olvidarte, Gardel.