Jhonattan ArredondoGCuán difícil se nos hace entender que un pueblo sin educación no va a encontrar  otras maneras para interpretar nuestras realidades, otras opciones diferentes a las que subrepticiamente toman los dirigentes que hoy nos gobiernan y otros actores que dignifiquen la tan anhelada reforma constitucional.

Por: Jhonattan Arredondo Grisales

¿Cómo no escapar, correr, llorar, tener un hijo, pegarse un tiro, y hasta cortarse un dedo como en el cuento de Lázaro Covadlo, para no prestar el servicio militar en una nación con un gobierno deplorable? ¿Cómo no rehusarse a la guerra, a manchar más su tierra ensangrentada, si ésta es contra su mismo pueblo? Me pregunto todo esto recordando las palabras del maestro William Ospina, y recordando a muchos jóvenes de mi infancia (jóvenes con sueños completamente lejanos a cargar un fusil sobre sus espaldas; y jóvenes con la profundad inocencia de la podredumbre de su Estado) que al no tener oportunidades de trabajo, ni de tener los presupuestos necesarios para sostener una carrera universitaria o una tecnología en el SENA, emprenden a las buenas o a las malas, aunque más lo segundo que lo primero, su destino incierto en las resbaladizas fuerzas armadas.

Lejos de las juventudes y del pueblo en general, está el verdadero sentido patrio; esa lucha de los hombres y  mujeres de antaño que sabían con plena certeza la responsabilidad de darle frente a sus ideales políticos por voluntad propia, por un bien común; porque en esa época la democracia de la Colombia soñada no estaba tan contaminada. Sí había una conciencia colectiva. Sí llevaban puesta la camiseta, es decir, había identidad.

Esa época no era este río de sangre, este desierto verde, esta plaga de la corrupción, esta gran variedad de partidos políticos que solo enriquecen a la incertidumbre, y que alimentan a las pobrezas que hoy habitan nuestras tierras. Esa Colombia de la que hablo no se vendía por dos pesos. No estaba tan manoseada (USA), tan falta de decisión.

Hoy, las vías de la justicia han cambiado notoriamente: las decisiones políticas del país han retornado al medioevo… Qué extraño: no retomamos del pasado la valentía de nuestros pueblos indígenas, pero sí tomamos la democracia de los europeos del Medio Siglo…  Su democracia es una cloaca donde los soliloquios del poder juegan al lobo feroz, a las deidades de la miseria. Saltan aquí, saltan allá y no solucionan nada en el país del Espíritu Santo, que, a pesar de todo, tiene una Destitución Política… Perdón, una Constitución Política muy rica, muy justa y, sobre todo, donde se vela por los derechos humanos.

Retomando lo inicialmente mencionado, nuestros jóvenes combatientes; esos niños que soñaban con ser médicos, abogados, profesores, ingenieros y bomberos. La gran mayoría se encuentran de un lado o del otro, pero con el mismo objetivo: cargar un arma para asesinar a sus gentes con la falsa idea de acabar la guerra. Entonces, los invito a que se hagan la siguiente pregunta: ¿la guerra de quién?

Cuán difícil se nos hace entender que un pueblo sin educación no va a encontrar  otras maneras para interpretar nuestras realidades, otras opciones diferentes a las que subrepticiamente toman los dirigentes que hoy nos gobiernan y otros actores que dignifiquen la tan anhelada reforma constitucional.