Estamos condenados a la guerra, aun en tiempos de paz tenemos que soportar el conflicto mediático de los ejércitos Santistas y Uribistas. Dos dioses boxeando por el poco honor que les queda. Mientras el público no los obligue a abandonar el ring de la paz, la guerra será perenne. Ellos no van a colgar los guantes.

 

JUAN ALEJANDRO ECHEVERRIPor: Juan Alejandro Echeverri

El país del olvido atraviesa una coyuntura que nunca va olvidar. Ricos, pobres, empleadores, empleados, ganaderos, camioneros, políticos, anarquistas, estudiantes, profesores, hombres, mujeres, heterosexuales, homosexuales, campesinos, citadinos, creyentes, agnósticos, escritores, investigadores, activistas, victimas, victimarios, doctores, analfabetas, jóvenes, viejos, fanáticos, soñadores, pesimistas, los del norte, los del sur, los del oriente, los del occidente y los del centro. Todos pronunciaron la palabra paz.

Por primera vez la noticia dejó de ser noticia, y se convirtió en un terremoto que sacudió todo el territorio nacional. Algunos (la mayoría) vislumbran la posibilidad de un mejor país. Otros sienten la amenaza de perder los tronos que quieren ocupar eternamente. Y algunos otros construyen sus plataformas políticas con el dolor y la ilusión de 47 millones de personas.

Ya no saben ni lo que hablan, ya no sabemos a qué le diremos Si o No el próximo 2 de octubre. ¿A Santos y a Timochenko? ¿A Uribe y su fanaticada? ¿A un documento de 297 páginas? ¿Al perdón? ¿Al olvido? ¿Al odio? ¿A la justicia humana? ¿A las promesas que les incumplieron a nuestros abuelos? ¿A darle el valor que el campo merece? ¿A invertir la pirámide? ¿A diseñar un proyecto de país que costó 220.000 vidas humanas?

Se dicen cosas –muchas, demasiadas cosas…–. Y se hacen campañas: los del Sí tratan de convencer a los escépticos cual vendedor de una empresa multinivel, tocan la puerta para invitarnos a leer los acuerdos como si fueran las tablas de la ley que le dio Dios a Moisés; los del No recurren a lo irracional, al juego sucio y a la criticadera –no pueden concebir un Estado en el que ellos no manden–.

Estamos condenados a la guerra, aun en tiempos de paz tenemos que soportar el conflicto mediático de los ejércitos Santistas y Uribistas. Dos dioses boxeando por el poco honor que les queda. Mientras el público no los obligue a abandonar el ring de la paz, la guerra será perenne. Ellos no van a colgar los guantes.

Hemos perdido el norte de la discusión. Es tan ilógico votar No a la paz como tener que hacer campaña para decirle Sí a la paz. Entre otras cosas porque lo pactado entre el Gobierno y las FARC soluciona poco y nada.

Lo que en realidad deberíamos estar discutiendo en las regiones es ¿cómo lograr que el agro sea el motor del desarrollo del país? ¿Cómo purificar las fangosas instituciones del Estado en las que nadie confía? ¿Cómo reintegrar a la sociedad una persona que conoció primero la hoja de coca que un cuaderno? ¿Cómo construir un Estado que no asocie la pobreza y la desigualdad con el sentido común? ¿Cómo romper las barreras culturales que fragmentan el país? ¿Cómo volvernos intolerantes ante la corrupción y la trampa? ¿Cómo podemos crecer a partir de lo que somos sin tener que imitar a otros? Nadie sabe cómo, porque nadie se lo ha preguntado.

Los políticos creen saberlo, pero ellos no gobiernan para el pueblo sino para ellos –y para la gente como ellos–. Si no cambiamos la lógica de la discusión, los uribistas, los santistas, los verdes, los conservadores, los liberales y todas las demás especies políticas serán quienes diseñen el futuro de este país.

Serán ellos, los que llevan 200 años en el poder. Ellos, los progenitores de un monstruo llamado conflicto armado.