Olvido y política

Ante este panorama, como siempre, la poesía describe de manera poco ortodoxa, pero precisa, lo que padecemos en estos tiempos de furor y política. Aquel verso apócrifo de Borges, parece ser el título de la obra que vivimos cada cuatro años los colombianos, “Ya somos el olvido que seremos”.

 

Por: Christian Camilo Galeano

En   términos generales la mayoría de las personas reconoce que los políticos –un alto porcentaje– cuando acceden a un cargo público se olvidan de las promesas que hicieron a sus electores. Pero este olvido opera en doble sentido, si los políticos olvidan a su electorado, el pueblo olvida que la historia se repite cada cuatro años.

Por eso no es extraño encontrar por estas fechas en las fachadas de hogares que se consideraban apolíticos e indiferentes, carteles y vallas con los rostros de los candidatos de siempre, ¿cómo se explica esta peste del olvido?

Muchos pensadores han descrito la importancia del olvido para la vida del hombre. Nietzsche, por ejemplo, lo exalta como una virtud del super-hombre, necesaria para abandonar el rencor y afirmar el presente (Genealogía de la moral).

A su vez, Freud reconoce que el olvido es una huella que revela la superestructura del inconsciente. Ambas posiciones son una mirada de la potencia activa del olvido; no obstante, entienden su movimiento dialéctico con la memoria.

Es decir, memoria y olvido van unidos de la mano, solo es posible afirmar el presente, quitar el velo del rencor sobre el pasado en tanto se ejerza una mirada sobre el pasado y se acepte lo que fue, para aceptar el presente.

De la misma manera, el acto fallido o el olvido, dice más del sujeto en tanto se analiza, se escruta, se interroga y se buscan las conexiones que este tiene con los demás recuerdos. El olvido es una potencia en tanto hace pareja con la memoria.

Sin embargo, el olvido que tienen los colombianos en época electoral, es un olvido fatuo, eyecto, que se inscribe en la negación de la memoria. De ahí que los políticos sin ápice de vergüenza vuelvan como los adalides de la democracia a prometer y afirmar el presente y un futuro prometedor.

Las personas, por su parte, aceptan la ilusión de una promesa, de un trabajo, una coima futura, un pedazo de la tajada si ayudan a conseguir algunos votos para el candidato. Se inscriben en una relación de dependencia, porque el electorado sabe que si su candidato no gana, se anulan las posibilidades de ganar un beneficio.

Pero olvidan, que cumplir una promesa no es una tarea fácil, y menos una prenda de garantía para los hombres que se inscriben en el juego de la política, los cuales prometen, venden sueños y, al final, todas sus palabras quedan en las sombras.

Así que el olvido opera como un mecanismo de defensa que le quita la angustia al electorado de pensar y revisar las propuestas de sus candidatos. No es necesario confrontar el pasado de un candidato, ni pensar en una buena propuesta; al final, ninguno cumple lo que promete y solo se espera una pequeña ganancia por los votos conseguidos.

Toda enfermedad tiene su ganancia, no se equivocaba Freud al pensarlo; en este caso, la peste del olvido trae consigo algún puesto burocrático, un favor, un trabajo por algunos meses.

Ante este panorama, como siempre, la poesía describe de manera poco ortodoxa, pero precisa, lo que padecemos en estos tiempos de furor y política. Aquel verso apócrifo de Borges, parece ser el título de la obra que vivimos cada cuatro años los colombianos, “Ya somos el olvido que seremos”.