CARLOS VICTORIAAnte  los mantos de duda dejados por los desaciertos en los procesos licitatorios de las obras del aeropuerto, al burgomaestre local no  le ha quedado otra alternativa que apelar a las típicas cortinas de humo.

Por: Carlos Victoria

No encuentro otro epíteto diferente para comparar la tal operación candado, con la que el gobierno municipal pretende barrer del centro de Pereira a los vendedores ambulantes y especialmente a los carreteros que expenden frutas y legumbres. En la práctica, como dice Umberto Eco (2012), es una estrategia de la ilusión. 

A lo sumo la operación pataleta no es más que una pantomima con la que se pretende enviar una señal de autoridad gubernamental ante la incapacidad de enfrentar y resolver las problemáticas asociadas al desempleo, informalidad y pobreza que, juntas, contribuyen a la proliferación de ventas informales y saturación del espacio público.

Ante  los mantos de duda dejados por los desaciertos en los procesos licitatorios de las obras del aeropuerto, al burgomaestre local no  le ha quedado otra alternativa que apelar a las típicas cortinas de humo. Esta vez los chivos expiatorios son los vendedores ambulantes, estigmatizados como los enemigos del espacio público.

La falta de oportunidades de empleo digno ha obligado a miles de pereiranos a marcharse a distintos países, mientras que otros han encontrado en las calles lo que ni el modelo económico ni mucho menos el Estado les puede garantizar: oportunidades de empleo. Pereira dejó de ser emporio cafetero e industrial, y a cambio tenemos mayor informalidad y lo que eso significa en términos de supervivencia.

Pretender asociar la recuperación del espacio público con un asunto de operativos policiales es la consuetudinaria política de construir gobernabilidad a base de fuerza, cuando en realidad lo que emerge es un conflicto de raíces profundas, cada vez más agudizado por la puesta en marcha de los TLC con distintas economías del mundo.

Las alegorías de “Pereira lo tiene todo”, “Pereira, región de oportunidades” y “Pereira, ciudad de las puertas abiertas”, han hecho parte de la estrategia de la ilusión con las que se pretenden resignificar imaginarios ligados a una hospitalidad cada vez más hostil para los pobres, aunque más dócil para inversionistas nacionales y extranjeros que, entre otras cosas, se han engullido el espacio público a título de una competitividad de la cual solo ellos se han favorecido.

Hasta donde sabíamos el plan candado es el nombre con el que la fuerza pública bautiza un operativo tras un hecho delictivo de alguna repercusión. Los vendedores ambulantes no son ni delincuentes ni mucho menos asesinos. Pregunto: ¿si Pereira es la ciudad sin puertas para qué candados?

foto cromosLos ciudadanos no están exigiendo represión para los vendedores ambulantes. Por el contrario, estiman que, al menos, el rebusque evita que hoy o mañana empuñen un arma contra el mismo Estado que  los persigue. He visto cómo los ciudadanos también se indignan ante los operativos policiales.

Además la denominada operación candado es una muestra de la impotencia gubernamental para dar respuesta a un problema estructural como lo es el desempleo, agravado aún más por el desplazamiento forzado. En Risaralda hay tanto desplazados como en toda Perú: ¡250.000!

Con ocasión del centenario de la ciudad en 1963 la revista Cromos se ocupó de la Perla del Otún. El artículo hace referencia a su pujanza y es ilustrado con varias fotografías en las que se registran las actividades comerciales. En una se puede apreciar una calle (foto) del centro de Pereira repleta de carretas, las mismas que hoy han sido decomisadas.

Escapemos de la ilusión y revivamos nuestra memoria.