Ordem e Progresso

 Miles de extranjeros viajaron a Brasil para ver el Mundial, para alentar a su selección nacional de fútbol, una vez allí, gran parte de ellos decidieron hacer lo que los colombianos hacemos con los problemas ajenos: hacernos los de la vista gorda, “Como no es conmigo ¿A mí qué me importa?

 Mateo Ortiz GiraldoPor: Mateo Ortiz Giraldo

La Copa Mundial de fútbol ya acabó, los estadios yacen con las luces pagadas;  los miles de balones fabricados exclusivamente para los encuentros de ese multitudinario encuentro están dentro de bolsas de basura; los deportistas van en sus aviones privados para sus países de origen, incluso los jugadores brasileros se marchan del país. Todos los extranjeros que buscaban divertimento en ese evento se van y los brasileros quedan allí, viviendo su realidad que se oculta tras las sombra de los grandes estadios de fútbol donde se invirtieron alrededor de 11.000 millones de dólares.

Amarildo de Souza, era un brasilero de clase baja como cualquiera de nuestro país: trabajaba como albañil, realizaba pequeñas labores adicionales cuando su trabajo escaseaba, si la situación apremiaba y el trabajo no era suficiente, iba a la playa a pescar; vivía en una casa de diez metros cuadrados ubicada en la favela (lo que para nosotros sería una comuna) más grande de la ciudad. Era la vida diaria de una persona pobre, con seis hijos y una mujer para mantener. Usted pensará que ésta es una situación normal, pues en todas las sociedades organizadas de forma socioeconómica existen más o menos favorecidos; sí, es cierto, para que las relaciones de subordinación marchen correctamente deben existir escalas sociales, pero esto pierde su regularidad cuando una persona que vive hacinada en una favela, que únicamente subiste el día a día, es “pacifica” por un grupo de policías que el gobierno, como si de una novela de Suzanne Collins se tratara, decidió llamar Unidad de Policía Pacificadora (UPP), encargada de velar por la seguridad de los habitantes de las poblaciones que se yerguen sobre las montañas de Río de Janeiro.

Dónde está Amarildo
Fotografía por: Fernando Frazao

Corría el 14 de Julio del año 2012 cuando Amarildo, justo después de limpiar los pescados que en la tarde había recolectado, escuchó que alguien golpeaba la puerta con especial fuerza. Al abrirla se encontró sorpresivamente con varios agentes de la UPP, ellos, sin indagar nada más, le pidieron que los acompañase. Abordó una de las patrullas que estaban frente a su casa, para no volver jamás. Su mujer escuchó el ruido de los motores de autos que partían, salió hasta la puerta para ver las patrullas llevarse a su esposo. Corrió tras ellas, ya sabía lo que iba a pasar a continuación pues no era al primero que atrapaban y llevaban como un criminal, sin un juicio o una imputación de cargos. Fue hasta la estación de los “pacificadores”, esperó un poco en el exterior, mientras la calurosa noche de Río de Janeiro se desarrollaba. Pasaron varios minutos cuando el golpear de unas botas la despertó de sus divagaciones, dos agentes llevaban del tomado del antebrazo a su esposo. Antes de ser empujado dentro del auto su mujer pudo preguntar “¿Por qué se lo llevan?”, para obtener por toda respuesta un portazo. Este sonido no lo olvidará jamás pues fue antes de que éste se produjese que logró divisar, en la mitad de sus corpulentos policías, a su Amarildo, su esposo por más de veinte años.

Ya han pasado dos años desde que este suceso tuvo lugar en las estrechas calles de Rocinha, la impunidad es la única solución que el gobierno ha dado a este y a los 91.807 casos que se han presentado en Río de Janeiro desde 1991 pues en Brasil una investigación de desaparición claudica cuando el cadáver de la víctima no aparece. A pesar de los esfuerzos de algunos senadores para tipificar la desaparición forzada como delito, modificando la ley 245, la ciudad insignia de Brasil, sigue presentando un promedio de 16 desaparecidos diariamente.

Tanto en Brasil como en Colombia existen miles de Amarildo, Héctor Fabio Arizmendi u otros que naufragan en el anonimato. Miles de almas y cuerpos llevados sobre las alas de un flagelo que no distingue clase social, que en ocasiones parece ensañarse con el que menos tiene o con el que más ideas alberga en su cabeza. Las injusticias, las faltas de garantías, la indiferencia y la carencia de cultura ciudadana, atizan esta problemática social.

Miles de extranjeros viajaron a Brasil para ver el Mundial, para alentar a su selección nacional de fútbol, una vez allí, gran parte de ellos decidieron hacer lo que los colombianos hacemos con los problemas ajenos: hacernos los de la vista gorda, “Como no es conmigo ¿A mí qué me importa?”, decimos para aliviar nuestra conciencia y dejar claro que el quid de la cuestión está directamente en la educación de la población. Incluso después de la última FanFest, cuando la resaca ya se les pasó, cuando su visón ya no estaba cubierta por el cabestrillo de la FIFA, los forasteros pasaron sobre las latas vacías de gas lacrimógenos, sobre las llantas quemadas, los letreros de protesta escritos en portugués e inglés para un compresión internacional, sobre la bandera rasgada de Brasil; siguieron de largo sin percatarse en los heridos que gemían en las calles o los ventanales quebrados, decidieron ignorarlo todo, para después, haciendo como si nada de eso hubiese ocurrido, abordar su avión y aplicarse un poco de crema refrescante sobre la piel insolada por la exposición al sol sobre las playas de Río de Janeiro, plagadas de vendedores pobres, de policías pobres, de nativos pobres, y de políticas ricas en desigualdad.

 

Brasil, Colombia, Venezuela, Iraq, Ucrania, Guatemala, Somalia y los demás países donde la muerte a manos de un arma (ya sea una de metal o una escrita sobre una Constitución Política) es el pan de cada día, donde el dolor de las víctimas y sus familias queda ahogado por el sonido del pitazo de un árbitro que da inicio un partido en un fastuoso estadio construido con mano de obra prácticamente regalada; estos países, para los cuales se delegan pocos segundos de los noticieros para exponer su lado violento, seguirán sumergidos en la misma inequidad mientras los demás 7.000 millones de habitantes permanecemos sentados frente a un televisor comiendo pan y viendo el circo, usando las redes sociales para burlarnos de un equipo deportivo o reclamar justicia en un encuentro futbolístico. Todos estos países seguirán así, siempre y cuando el “Ordem e Progresso” y la “Libertad y Orden” no tenga un sustento en la equidad propiciada por el gobierno y de responsabilidad administrativa de los ciudadanos.

Con lo anterior puedo confirmar que sí somos una sociedad consumista, que se consume a sí misma…