Es paradójico que unos personajes con mínima incidencia en el orden social como los deportistas sean más seguidos y se les exija más que a los actores políticos, que se mueven en un escenario no exento de intrigas y dramas, y tienen gran repercusión sobre nuestras vidas.

 

Giussepe Ramirez (col)Por Giussepe Ramírez

Al enfrentar una obra literaria el lector debe estar dispuesto a hacer un pacto ficcional con el autor. Por cuenta del autor debe correr la verosimilitud de las situaciones narradas. El lector está dispuesto a creer lo narrado si el autor lo convence, incluso en el terreno de lo fantástico, que escapa a cualquier verificación. Dependiendo del género el efecto esperado cambia. Si sabemos que vamos a leer un cuento esperamos un efecto intenso y contundente. Si por el contrario nos sumergimos en una novela esperamos un desarrollo de los personajes para encontrar algún grado de identificación con ellos y jugar a prever la alternativa que elegirán en la trama o las sub-tramas; estamos dispuestos a un efecto suministrado más lentamente. Sin embargo, el pacto ficcional solo atañe a la obra y no puede invadir la forma de comportarnos en nuestra vida. No podemos confundir la trama de una novela con lo que vivimos a diario, porque entonces estaríamos chiflados y no podríamos identificar el límite. De igual modo pasa con el cine. Asistimos a una película de acción y entendemos que no podemos salir a la calle a imitar lo que hizo el protagonista en una carrera de autos o en un enfrentamiento a tiros.  Este pacto ficcional se rompe cuando habiendo dejado a un lado la obra, creemos que nuestra vida es equivalente al mundo literario creado por el autor, y pretendemos jugar con las mismas reglas de la historia que hemos puesto sobre la mesa de noche.

El deporte es otra forma de ficción, una manera distinta de descargar y representar los sentimientos humanos. Reviste belleza y tiene una estética propia. Pero no va más allá. Lo más parecido a él sería el teatro. Como en toda ficción, hay un escenario para llevarlo a cabo, hay personajes y los espectadores aceptan las reglas de juego para entretenerse por un momento, para sentirse parte del juego alentando o abucheando. Al igual que una novela, el resultado en un deporte no tiene mayor impacto sobre la realidad social. A lo sumo la representa, pero no hay un cambio sobre la vida de las personas. Nos puede conmover, alegrar, exasperar, pero no interferir en nuestras acciones cotidianas. A pesar de esto, en el contexto del deporte es más común ver roto el pacto ficcional que en la literatura. Algunos jóvenes piensan profundamente que un equipo es su vida y hay rivalidades pre-existentes por las cuales tienen que ver como enemigos reales a hinchas de otro equipo, inspirando en ocasiones el deseo de asesinar al otro en sentido literal. Podría equiparare esta deformación del pacto ficcional con las guerras religiosas: alguien toma un libro y dice que esa es la verdad; establece unos enemigos y azuza odios que son solo producto de la imaginación de un autor o varios autores.

Yo disfruto ver deporte por el drama, la tensión y el dolor que representa. Hacer fuerza por David y no por Goliat, cuando uno es neutro, no es más que una forma de enriquecer un juego que de otro modo perdería intriga y se haría soso. Pero intento no llevar las desazones o los triunfos al escenario de la vida real. Máximo puede convertirse en objeto de algún comentario, nada más.

Es paradójico que unos personajes con mínima incidencia en el orden social como los deportistas sean más seguidos y se les exija más que a los actores políticos, que se mueven en un escenario no exento de intrigas y dramas, y tienen gran repercusión sobre nuestras vidas.

Reflexiono esto ante la disputa de los Juegos Olímpicos, donde el chovinismo se pone a la orden del día, y en ocasiones las críticas son feroces para los atletas que no consiguen los resultados esperados. El límite entre realidad y deporte debería estar claro. Pero no siempre es así.