Many small people, who in many small places, do many small things, can alter the face of the world.

Eslogan pintado en el East Side Gallery, Berlín.

SIMON BLAIR (IZQ)Por: Simón Blair

Es muy común encontrar en muchos sitios dedicados a la reconstrucción de la memoria histórica posiciones al parecer muy formadas en cuanto a la importancia de los lugares históricos o memoriales -sobre todo guerras y masacres- que dan cuenta de épocas por las que indudablemente tuvo que pasar una nación y con ella sus hombres. Todos los autores tratan de darle una explicación a esa construcción de “territorios de la memoria” que resultan infructuosos desde el punto de vista meramente científico y causal (puede que tal vez me esté equivocando y que en realidad sí existan teorías del comportamiento que permitan explicar esto). Todos los autores*discurren en las siguientes resoluciones: que dichos espacios sólo son posibles para tratar de entender los difíciles vínculos que nos unen al pasado, otros, como la politóloga Katherine Hite escribe que sirven como puentes entre el desastre y la reconciliación (aludiendo, por supuesto, al museo que se abrió recientemente sobre el 9/11) permitiendo el diálogo entre los que nunca se habían visto a la cara; recalca, en contraste, que a pesar de ello aún existen organizaciones fundamentalistas norteamericanas que mantienen su desprecio por lo que huela a musulmán. La pregunta de su artículo “¿Para qué sirven los lugares de memoria?” queda, podríamos decir, apenas contestada. Por su parte, el director del museo de memoria histórica de Argentina, Ruben Chabado, nos dice que si bien estos sitios no pueden resolver los conflictos de “una madre que ha perdido a su hijo” sí puede acompañarla en su pena y así mostrarle al horror que los buenos son más y están siempre unidos frente a futuras catástrofes.

No hay una forma, entonces, objetiva, de responder la pregunta de Hite. Y lo digo porque últimamente (desde mi adolescencia más temprana) me ha inquietado y amargado lo que no tiene al parecer una descripción lógica o coherente que nos permita definir porque somos así, porqué nos comportamos de cierta manera y bajo ciertos impulsos, por qué razón, por ejemplo, el padre Nelson Cruz del Placer, Putumayo comenzó bajo su iniciativa una labor de anticuario, de recolección y de mantención de elementos del triste conflicto armado colombiano a sabiendas de que su acción podía haberle costado la vida y quizá la de sus allegados. Porque contar la Historia, es contarnos a nosotros mismos; nuestras minúsculas virtudes y colosales cobardías. ¿Por qué recordamos lo que ya pasó y lo plasmamos físicamente, tan enorme para que el más miope vea que alguna vez, en la misma tierra que pisa, sucedió algo importante? ¿Qué nos asegura que un evento del pasado no volverá a repetirse? ¿Por qué François Hollande inaugurará esa monumental figura de los Anillos en consideración de los soldados franceses que participaron de la Gran Guerra? ¿Por qué los alemanes se niegan a dejar derrumbar lo poco que les queda de lo que otrora fue el Muro de Berlín, en cuyas paredes están representados las alegrías, las tristezas, la ironía, la crítica y la agonía humana?

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Maquiavelo, gran especulador erudito de la teoría política señalaba que la Historia puede comprenderse mediante leyes (más tarde Comte desarrollaría esta teoría con más amplitud) porque si el hombre es el mismo, su esencia o naturaleza es idéntica en todo el mundo, y como el hombre hace la Historia, entonces todo podría llegar a ser comprensible si se analiza detenidamente el comportamiento humano -que no haría otra cosa que caer bajo los mismos errores y aplaudir las mismas fantásticas hazañas-. Y hasta cierto punto le podríamos dar la razón, sino ¿cómo explicaríamos que la Segunda Guerra Mundial no se vio frenada por los desastrosos problemas originados en la Primera Guerra? pero también sabemos que ambas masacres fueron distintas, acarrearon problemas distintos y las consecuencias fueron, también, distintas.  La historia no se repite pero es comparable.

 Quizá esos lugares de la memoria sean más bien un consuelo ante nuestra irrefrenable condición y una explicación objetiva de por qué el hombre las toma por importantes sea una pérdida de tiempo. O quizá no todo es tan malo como parece: la evidencia recogida por el psicólogo Steve Pinker señala que nuestros tiempos han ido evolucionando hacia una progresiva acogida de pacificación y que comparar los brutales tiempos pasados con los nuestros nos evidenciaría una abrumadora diferencia de muerte y barbarie.

Tal vez sea sólo eso: una toma de conciencia de los tiempos actuales que nos dicen que la tolerancia, el respeto, la responsabilidad con los demás también nos beneficia y lo sabemos porque los resultados están ahí: millones y millones de muertos. Es  nuestra pequeña reacción contra la barbarie a pesar de que no tengamos una respuesta por absurda que pueda parecer -pero real- sobre la cuestión: ¿y por qué finalmente la barbarie es mala? ¿El derecho natural expuesto por Antígona nos soluciona el problema ético? Tal vez sólo se trate de sentir. De conocer la felicidad sin saber definirla. Sólo sentirla, apartar el dolor. Y esto es lo que ha hecho el cura colombiano que almacenó correas y reblujo de guerrilleros y paracos hasta los opositores al derrumbe del East Side Gallery en Berlín. Que una lágrima es tan abstracta como una fórmula matemática, pero que finalmente allí está, significando algo: el ser humano.

La memoria es la esperanza. Quizá.

 

 

*Debo aclarar que hice un estudio comparativo entre todos los escritores y directores de casas de memoria histórica que publicaron en la Revista Arcadia en relación al mes de la memoria.