Gustavo ColoradoA esta altura del camino persisten para mí dos cosas insondables: el misterio de la Santísima Trinidad y el talante de las personas carentes de sentido del humor.

Por: Gustavo Colorado

Cómo se las arreglan estas para sobrevivir es algo que no alcanzo a entender del todo. Suficiente con el carácter absurdo de la existencia como para además tomársela en serio. Pero lo hacen. Es más: no contentas con eso, se toman en serio a sí mismas, al punto de padecer lo que llamo el síndrome de Atlas, es decir, la convicción de que si no acarrean el mundo sobre sus hombros puede llegar a suceder algo terrible, como que los océanos se desborden, la tierra pierda su eje o alguna estrella se salga de su órbita, por ejemplo. El resultado de esa visión del mundo se traduce en cefalgias, úlceras, arritmias cardíacas y toda suerte de dolencias. Eso en el aspecto físico, porque en el mental se expresa en una intolerancia mortal frente a lo distinto o desconocido, lo que genera un choque constante con los vecinos, asunto de por sí bastante espinoso, sobre todo si el prójimo también está incapacitado para la risa.

En las antípodas de esos individuos se encuentra Esteban París, el  ilustrador y caricaturista invitado a exponer  parte de su obra y a orientar una charla en Comfamiliar Risaralda, con motivo de la celebración del día clásico de los periodistas colombianos, el que rinde tributo a la memoria de don Manuel del Socorro Rodriguez, fundador del Papel Periódico de Santafé de Bogotá.

Lo conocí hace más de veinte años, cuando afinaba y afilaba su lápiz en el diario El Colombiano, de Medellín. Bien  dotado de alas en los pies, como la mayoría de los seres lúcidos era un tipo tímido y ensimismado, que no desaprovechaba ocasión para asomarse a la esencia de lo humano y a lo que llaman el tuétano de los acontecimientos. Siguiendo la línea de los grandes humoristas, sus obsesiones tempranas eran las arbitrariedades, la desmesura y la no poca dosis de locura que  rodean el ejercicio del poder, así en el ámbito doméstico como en el público. Gobernantes, curas, estrellas del espectáculo, maestros, burócratas, padres de familia, deportistas y maridos o mujeres dominantes han sido   desde entonces  blanco constante de su diaria dosis de ácido.

Supongo que, como sucede con la escritura, dibujar también obsesiona. Por eso los buenos caricaturistas vuelven siempre a sus dos o tres ideas fijas. Aparte de los estropicios causados por quienes detentan alguna forma de poder, en París  alienta una especie de eterno retorno a la pregunta por la pérdida de la inocencia. De allí la constante presencia de niños y adultos desengañados en sus caricaturas. Y como  bien lo  lo intuían los sabios de la antigüedad, frente al desencanto del mundo solo queda la verdad desnuda de la risa. Por eso mismo, ni los dictadores, ni los profetas ni Dios pueden reír: el menor asomo de duda o humor echaría por tierra los cimientos de su construcción.

Recuerdo con persistente admiración una saga de viñetas protagonizadas por espermatozoides. Los diálogos, apuntes y conclusiones de esas microscópicas entidades prehumanas  me obligan a pensar en el  feroz humor de escritores como  Jonathan Swift o Ambroce Bierce. Al fin y al cabo un caricaturista debe ser primero un pensador. Por eso, dos décadas después de su primera exposición en Pereira, puedo repetir como entonces que París es una fiesta.