Hace algunos años mientras esperábamos nuestro turno de grabación para un programa radial que hacíamos unas compañeras y yo, una periodista que estaba allí también esperando ser atendida, nos preguntó acerca de la temática de nuestro programa y al enterarse que hablaríamos sobre la condición de la mujer en la sociedad, sobre las diferentes modos de discriminación y temas afines, nos preguntó con gran asombro y en tono muy confidencial, ¿qué les pasó a ustedes?

Gloria Escobar1Por Gloria Inés Escobar Toro

Inicialmente no entendimos la pregunta pero luego comprendimos que ella quería saber si en nuestras vidas nos había ocurrido algo horrible que nos hubiera llevado a tratar temas tan ajenos a la vida actual, pues ella como muchas otras personas considera que a estas alturas del desarrollo de la sociedad, eso de la opresión de la mujer era historia lejana. Ella, una mujer moderna, profesional y joven, le parecía que esos temas eran asunto ya superado y nosotras debimos parecerle unas cavernícolas o unas mujeres amargadas.

Después de ese episodio yo me quedé pensando, también asombrada, cómo una mujer profesional en el periodismo, que se nutre de la vida, podía estar tan alejada de la realidad. Es decir, uno puede no haber sido maltratada, humillada y hasta puede disfrutar de ciertos privilegios y pensar que efectivamente las mujeres hoy hemos alcanzado cosas en el pasado inimaginables: ser jefes de Estado, por ejemplo, pero de ahí a desconocer la realidad que padecemos la mujeres plagada de desigualdades, desde el ámbito familiar hasta el laboral, es por los menos decepcionante.

Para mencionar un caso concreto y muy cercano que ilustra que la desigualdad continúa en el siglo 21, la actriz Gillian Anderson, coprotagonista de Los expedientes secretos X, serie recién estrenada en su nueva temporada, tuvo que pelear para que se le pagara el mismo salario que le pagan a su compañero David Duchovny (ver artículo). Ambos coprotagonistas, ambos profesionales, ambos reconocidos pero a ella, por ser mujer, le querían pagar la mitad de lo que a su coestrella.

Bien, volvamos a la anécdota, la respuesta que encontré a mi inquietud fue muy simple: mientras que la periodista mencionada se dedicaba solo a vivir la vida, nosotras, además, la pensábamos. Uno puede pasarse la vida trabajando, realizando muchas actividades, percibiendo y sintiendo muchas cosas, pero sin reflexionar sobre ellas. En otras palabras, no solo basta vivir, hay que reflexionar sobre el vivir.

La facultad de pensar, es entre otros hechos, algo que nos separa del resto de animales, pero a veces vivimos no como seres pensantes sino como seres vivos simples: comemos, dormimos, excretamos y nos reproducimos. Muchas personas, para delicia y tranquilidad de los gobernantes y de los poderosos, viven sin reflexionar un mínimo sobre la vida, sin preguntarse por qué las cosas son así, sin cuestionar nada. Van repitiendo lo que hacen los demás, aceptando todo como normal o natural en nombre de la tradición o de alguna autoridad, sea esta terrenal o divina.

Ya muchos autores, filósofos, sociólogos y científicos como Estanislao Zuleta y Richard Dawkins, entre otros, nos han alertado sobre el peligro de no cuestionar, o en palabras muy coloquiales, de tragar entero, de pasar de largo.

Vivir no basta. Debe pensarse la vida, examinarla, ahondar en ella, en sus manifestaciones, en sus apariencias, indagarla para obtener conocimiento, para extraer juicios propios, para no seguir la corriente, para no actuar por inercia como zombis. Todo lo que constituye la sociedad: lo político, económico y cultural, es producto de la voluntad de los seres humanos, es hechura de seres concretos con intereses determinados, por lo tanto resulta cuestionable y, lo más importante, modificable. Preguntar, buscar respuestas, develar lo oculto, rastrear evidencias, siempre resultará beneficioso en la medida que nos aproxima a la verdad y por tanto nos permite descubrir aquello que, de otra manera, permanecería invisible.

Aunque no se requiere ser un experto ni un erudito o poseer un megacerebro para utilizar nuestra capacidad de pensar, sí es necesario tener la voluntad y el deseo de utilizar esta maravillosa facultad humana; esforzarnos por combatir, a través del cuestionamiento constante, la enorme cantidad de creencias infundadas que nos han inculcado y que nos hacen ver lo que otros quieren que veamos; crear el hábito de dudar en lugar de creer ciega e inmediatamente todo aquello que se nos presenta como inmutable; atrevernos a salir de la comodidad que significa dejar que otros piensen por nosotros; en fin, como ya la dije, no basta vivir, es necesario pensar.