Cualquiera sea el caso, aunque no quiera reconocerse, el final es el mismo: la pérdida de libertad, el silenciamiento de la voz propia, la sujeción al otro y la exposición continua a la humillación del que siempre tiene que extender su mano para recibir, en suma, su anulación como personas. Ese y no otro, es el resultado de la dependencia.


Gloria Escobar1Por Gloria Inés Escobar Toro

Si existe algo de capital importancia para la liberación de las mujeres del yugo patriarcal, es su autonomía, la económica y la sicológica, la segunda derivada de la primera y la primera atada indefectiblemente a la segunda.

No nos digamos mentiras, aquí y en Cafarnaum, en el pasado y en el presente, la independencia económica es un requisito sine qua non de una pequeña libertad de acción y pensamiento. Es la única manera de tener voz propia. No es posible depender en todo y por todo de otra persona y además actuar y pensar por sí misma.

Promover y mantener una relación en la que una parte dependa de la otra no es más que crear las condiciones necesarias para ejercer un sometimiento pleno, en el que claro está quien pierde es subyugado. Y esa ha sido precisamente la historia de las relaciones entre hombres y mujeres.

Que a las mujeres se les impida en nombre de cualquier razón, el acceso al conocimiento y al trabajo fuera del hogar; el que se las eduque bajo la premisa que su lugar natural es la casa y su función esencial es ser madres y cuidadoras; el que se las minimice intelectualmente y se les inculque que sus mayores virtudes son la belleza y la obediencia; el que no se valore social ni económicamente el trabajo doméstico; todo eso, no hace más que sostener y reproducir una situación de dependencia de la que cuesta mucho salir.

Romper con las tradiciones no resulta fácil como ya lo han dicho muchos pensadores. El trabajo persuasivo y coercitivo de muchos años y de generaciones enteras acerca de la “natural” inferioridad de la mujer bajo el disfraz de la protección y el amparo que se reciben a cambio y que se merece por pertenecer al “sexo bello y delicado” de la especie, no se derriba de un día para otro sobre todo cuando se ha producido una normalización de dicha situación (lo contrario es lo anormal) y cuando se ha logrado un acomodamiento del que muchas no quieren salir y otras no se atreven porque las barreras que lo impiden son muy fuertes.

A todos se nos ha marcado el camino de la vida y la mayoría no hace más que recorrerlo sin cuestionamiento alguno. Y de ese camino ya trazado se aprovechan al máximo algunas mujeres, aquellas que se venden al mejor postor para disfrutar una vida de lujos y sin esfuerzo alguno, preocupadas solamente de mantener su cuerpo ajustado a los estándares de la moda para permanecer en el mercado.

Hay otras menos ambiciosas que aceptan de muy buen agrado la tradición patriarcal porque en ella encuentran su “realización” como mujeres al conformar una familia y dedicar su vida por completo a sacarla adelante, olvidándose de sí mismas.

Y hay otras, la mayoría, atrapadas en situaciones de pobreza extrema y de indefensión completa, que se someten a vivir bajo la dependencia total porque no encuentran otra opción, porque el sistema ha cerrado todas las puertas a la más mínima posibilidad de manutención propia.

Cualquiera sea el caso, aunque no quiera reconocerse, el final es el mismo: la pérdida de libertad, el silenciamiento de la voz propia, la sujeción al otro y la exposición continua a la humillación del que siempre tiene que extender su mano para recibir, en suma, su anulación como personas. Ese y no otro, es el resultado de la dependencia.

De allí la importancia vital para las mujeres de luchar sin descanso por lograr su autonomía pues sin ella no le será posible, en ningún sentido, liberarse jamás. No hay que soñar con aburridos y abusivos príncipes azules, lo que hay que soñar es con convertirnos en seres humanos libres.