Me levanté melancólico -no por los encabezados-  pensando en una frase que escuché hace un buen tiempo en una canción un poco transgresora: ¨el que no quiere a su patria no quiere a su madre¨.

MATEO MATIAS ARANGOPor: Mateo Matías Arango

Al igual que los patriotas no sé por dónde comenzar mi opinión, ¿cuál de las tres franjas? Francamente, no me he visto teñido de colores en un país cromático, un Rafael Núñez al que se le quiebra el himno por hombres de infinitas mañas.

Sin titubeos, un buen amigo me dijo:

-No, yo no canto con orgullo el himno nacional  y creo que una bandera solo es una bandera, nada más. No por irreverencia ni por indiferencia

Acerté en su afirmación ingiriendo mi último sorbo de carisma por la patria, se me notó el Adán bajo la yugular: sabía que era el primer pecado que cometía contra Eva, una mujer mal vestida por una bandera.

 

¨Cuando mi admiración ha pasado un tanto, me acuerdo de las tres lindas hijas de mi ilustre amigo: de Carmen, de Lola y de Pepita.

Carmen era menuda y tenía el pelo castaño y los ojos azules. —¿Y la señorita Carmen?—pregunto. —Se casó—me contesta el criado.

Yo siento una tenue desilusión. Y pregunto por Lola. Lola era alta y tenía el cabello rubio y los dientes menuditos y blancos. —¿Y la señorita Lola? —Se casó también.

Yo vuelvo a experimentar otra decepción vaga¨[1]

 

He de confesar que antes me parecían espléndidas las hijas de la patria, tres bellas mujeres vestidas de unos admirables colores: Lola, un amarillo hostigante. Carmen lucía un bordado índigo y Pepita, un vestido rojo, manchado de historia. Todas se casaron con hombres de dudosa procedencia, dejando miles de criados sin la pletórica delicadeza. El fervor y la admiración con el paso de los años se convirtieron en una disputa por los atuendos de estas exuberantes mujeres. El patriotismo es una lucha ciega por el despojo del ausente significado de lo bello. Los varones buscan vestir la vergüenza de una indeleble desnudez presente desde años atrás.

Nos ruge Dios desde el cielo y suena el hambre en esos días terribles que pasan sin relevancia sobre la lealtad por la bandera. Pauso la apacible charla con mi compañero, me dedico a leer uno de esos periódicos populares de la ciudad, una buena redacción –lo reconozco- pero unas pésimas noticias que lo encabezan. La imprenta busca volver un poco atractivo el diario, pero aunque se pongan calcetas nuevas e innoven las hojas del boletín, las noticias jamás van a cambiar, sección judicial: muertes aberrantes; Pepita, Carmen y Lola se van quedando viudas. Robos abismales donde solo caen los pobres, sobre esa gran brecha sin fondo. La patria, ese animal estático.

Me levanté melancólico -no por los encabezados-  pensando en una frase que escuché hace un buen tiempo en una canción un poco transgresora: ¨el que no quiere a su patria no quiere a su madre¨. Invadido de tristeza, me debatí con ese pensamiento, cuántos Meursaults han dejado de querer a sus madres. ¡Qué catástrofe! ¿Patria? Empezaré a desmesurar mi cariño por la mía porque yo he perdido el amor por la bandera.

[1] “Los pueblos: ensayos sobre la vida provinciana” de Azorín.