Pedagogía para la paz

Hay que reconocer que nuestra sociedad se ha caracterizado por estar sumergida en contextos de violencia, lo que ha generado un gigantesco temor que se ha arraigado en el imaginario nacional.

 

SEBASTIÁN AGUILAR 3Por: Sebastián Aguilar Betancurt

El acuerdo pactado en La Habana el pasado jueves para el “Cese al fuego y de hostilidades bilateral y definitivo, y la dejación de armas”, pone fin al quinto de los cinco puntos principales en la agenda de negociaciones entre las FARC y el Gobierno colombiano, con lo que se dio por terminado el conflicto interno más largo de América Latina.

Con este logro se estableció una ruta para el desarme y la desmovilización de todos los guerrilleros una vez los acuerdos de paz hayan sido firmados; hecho que se debe llevar a cabo dentro de los próximos 6 meses y que supone un reto aún más grande para todo el país: el cese al odio y la dejación del miedo por parte de los colombianos. Y esto no será tan fácil de lograr en un período tan corto.

Para lograr este cometido hay que echar mano de una herramienta que no se ha aprovechado lo suficiente: la educación, pero la educación para el posconflicto. Pues si bien los acuerdos de paz han logrado calar en la conciencia social colombiana, ha sido, en gran medida, gracias al espectáculo mediático, y no a causa de una pedagogía seria para la paz. Y es esta justamente la que juega un papel crucial en la realidad del posconflicto colombiano, ya que propicia las condiciones necesarias para la creación y adaptación de verdaderos escenarios de paz.

Hay que reconocer que nuestra sociedad se ha caracterizado por estar sumergida en contextos de violencia, lo que ha generado un gigantesco temor que se ha arraigado en el imaginario nacional. Sin embargo, al apostarle a la solución de los conflictos por medios pacíficos, este miedo se vuelve cada vez más innecesario, y pasa a hacer parte de la memoria histórica que se teje alrededor del marco del posconflicto. Es aquí donde los procesos pedagógicos para la paz son indispensables, nos sirven como herramienta para metabolizar el miedo, si lo que en verdad queremos es generar escenarios en los que se promueva la participación política y el reconocimiento del otro desde contextos de paz.

En esta medida se hace fundamental pensar no solo a los docentes, también a las instituciones familiares y demás líderes de opinión, como actores sociales con una responsabilidad inmensa sobre sus hombros: facilitar la integración de todos los sectores de la sociedad a una Colombia sin FARC -fuera de los marcos de la legalidad-.

Nuestra meta ahora debe ser formar una ciudadanía autónoma, activa y acogedora que se le mida a tomar las riendas de las circunstancias actuales, que genere pensadores críticos que no busquen solo alborotar a la masa.

Lo que queda pues es entender que la paz es una construcción social, no una utopía que se construye en cuatro años; que hace falta desarrollar procesos educativos propios de esta nueva realidad si queremos desaprender a vivir en el miedo, y que esta no es una tarea ajena que solo corresponde a unos cuantos, porque la paz nos toca defenderla a todos.