(Carta a mis estudiantes)

La fragilidad humana y la inequidad estructural han quedado al desnudo frente a la amenaza y la letalidad de un virus capaz de matar en masa, como si fuese un arma biológica surgida de las páginas de una novela de ciencia ficción.

 

Por / Carlos Alfonso Victoria M.[1]

Luego de muchas noches de insomnio y de haber compartido con ustedes algunas reflexiones en tiempo real –no presencial– sobre el devenir inmediato de nuestros cursos, subrayo algunos puntos de vista que se me ocurren en medio de la incertidumbre y el no retorno temprano a ese tiempo-espacio de la universidad que dejamos atrás como un gigante aplastado por el futuro. Solo hay presente.

Sobrevivimos al tiempo del miedo al contagio y, en definitiva, a la muerte colectiva. A quedar reducidos a un número de la estadística mundial. Covid-19 nos está haciendo transitar hacia un mundo desconocido. Un mundo de interrogantes y nuevos desafíos, en la que el agua hace las veces de cordón umbilical con la vida, mientras que la energía fósil queda anclada en el garaje de la historia reciente.

Lo mejor de esta coyuntura y envoltura mortífera que confinó a un tercio de la población mundial, la cual ve pasar las horas como las últimas de su existencia, es que como humanos y como sociedad nos ha puesto a pensar en cómo y de qué manera los pueblos se levantarán para emprender nuevos derroteros.

¿El qué pasará? y ¿el cómo pasará? nos van a entretener por mucho tiempo, mientras las otras pandemias que azotan al mundo cobrarán más vidas por fuera de las cuentas del Covid-19. Como educación universitaria es en ese contexto, en el mismo que ha derrumbado paradigmas y modelos, que nos deberíamos posicionar con creatividad y esperanza. Nunca como antes, en la modernidad reciente, la educación podría jugar un papel extraordinario. Por eso he dicho en distintos espacios que debemos hacer todo lo posible para que la universidad se mantenga abierta y a distancia, pero en red.

Hoy no solo necesitamos tanques repletos de agua. Necesitamos también tanques de pensamiento al servicio de la humanidad y en especial de los más débiles. Cuando casi todo cae en pedazos, empezando por las bolsas que tutelan los mercados financieros globales, los nuevos muros de la educación universitaria resisten a la hecatombe.

Más que una educación de calidad, requerimos una educación con una alta dosis de humanidad y humildad. Es en este punto en el que viejo legado de Newton (causa-efecto) sucumbe ante la cuántica del caos y las incertidumbres del saber en el campo del nuevo deber ser entre profesor-estudiante y estudiante-sociedad. El que no se reinvente quedará atrapado por los tentáculos del virus mental. La generación pospandémica ya tiene agenda. Y es ahí donde quiero poner las ies.

Construir sobre lo destruido pareciera ser la condición por la que atravesaremos los tiempos pandémicos del hoy. Tiempos plagados de angustias y temores. Tiempos con calles vacías, pero con mentes repletas de interrogantes. Tiempos que ya no miden la hora-clase y la hora-crédito, sino la hora-encuentro y la hora-descrédito. Muchos de los ejes sobre los cuales cabalgamos ayer han quedado destrozados. Otros, por el contrario, se han hecho más sustanciales para la vida humana. ¿Qué haríamos sin agua para lavarnos las manos? Hoy el agua aletarga la velocidad del coronavirus en nuestras entrañas. El agua, puesta en jaque por la industria contaminante, por el fracking y por la megaminería, es la aliada de la sociedad para resistir biológicamente al contagio.

Mi única esperanza es que la humanidad neoliberal y su contraria protejan las fuentes de agua y que por el resto de vida que le queda al planeta no sea una mercancía sino un derecho básico fundamental y esencial. El agua es vida: ¿será que por fin lo entenderán los capitanes del postdesarrollo? Sobrevivir al virus significa también sobreponernos a la mentalidad desarrollista que tanto daño le ha hecho ya al ecosistema.

La fragilidad humana y la inequidad estructural han quedado al desnudo frente a la amenaza y la letalidad de un virus capaz de matar en masa, como si fuese un arma biológica surgida de las páginas de una novela de ciencia ficción.

Si esta es la cuarta guerra mundial, como admite una colega historiadora, los guionistas de Hollywood nos quedaron debiendo en sus fantasías el cómo enfrentar el mal con un sistema de salud privatizado e ineficiente, con una informalidad laboral pavorosa y con una desigualdad que aporta muchas más víctimas que Covid-19.

Aún recuerdo a alguno de mis profesores que, a comienzos de la década pasada, me preguntaban “¿cuáles víctimas del desarrollo?”. Que “¿cuál era el argumento?” Espero que ese profesor sobreviva a la bestia para encontrarnos de nuevo en algún corredor de la universidad con un pocillo de café en la mano.

Hoy, antes que nada, la lucha por una nueva vida nos debe comprometer a ser resilientes. Capaces de sobreponernos a la adversidad y emprender el viaje a un nuevo tipo de existencia. ¿Será eso posible? De no ser así habremos perdido el rumbo definitivamente y cuando otro virus regrese en medio siglo o en doscientos años después, las generaciones sobrevivientes seguramente no nos perdonarán.

La nueva vida implicará un nuevo contrato social y ambiental con nuestros congéneres. Un reacomodo radical que haga esencial lo humano por encima del utilitarismo salvaje de la economía. Un viraje ecológico que  trascienda esa segunda naturaleza de la que hablaba James O’Connor (1930-2017), la misma que ha implicado un calentamiento global siniestro.

La pospandemia puede ser una de las últimas oportunidades que nos queden de sobrevivir con algo de dignidad en una sociedad particularmente sacrificada por la explotación de la naturaleza no humana y humana. Y es ahí, justamente, donde gestores y planificadores, y agentes de las políticas públicas deben dejar atrás la arbitrariedad y la mezquindad para contagiarse de otros virus. Los virus de las razones de humanidad que nos deben asistir.

Sin embargo, como otros tantos, soy escéptico. No aprendemos ni a palos, ni mucho menos con montañas de cadáveres anticipando nuestro camino. Ojalá siga tan equivocado como las notas que mi alma ha dejado en este aliento que aún me queda como profesor de universidad pública. Pensemos la pospandemia…

[1] Historiador. Profesor Asociado. Director del Departamento de Estudios Interdisciplinarios. Universidad Tecnológica de Pereira.