La generalización no es a la ligera, porque las relaciones de poder han sido construidas de esa manera, para encontrarnos en muchos momentos de nuestras vidas con la posibilidad de agredir, como si fuera un derecho masculino, y salir impunes. Claro que entre la posibilidad y la ejecución están nuestra razón y nuestra ética.

 

Por: Giussepe Ramírez

Es difícil escribir esta columna. Porque no se trata de reconocerme cómplice de cierto comportamiento repudiable, sino de escudriñar en el pasado y darme cuenta de que yo también he sido culpable de ese comportamiento repudiable. Todos los hombres lo hemos sido en algún momento. La generalización no es a la ligera, porque las relaciones de poder han sido construidas de esa manera, para encontrarnos en muchos momentos de nuestras vidas con la posibilidad de agredir, como si fuera un derecho masculino, y salir impunes. Claro que entre la posibilidad y la ejecución están nuestra razón y nuestra ética. Aun así, muchos actuamos con total consciencia del daño causado, otros ignoramos la gravedad por la normalización de las agresiones.

Dice Carolina Sanín: «Las mujeres —todas, sí— hemos sufrido acosos, minimizaciones, exclusiones, sistemáticamente, y eso es muy grave y eso tiene que cambiar». Entonces ese comportamiento repudiable del que he hablado puede tomar una de esas formas. Puede ser una violación, el acoso en la calle o en la oficina, la exclusión y la minimización de la mujer. Por supuesto esas formas no son comparables en su gravedad, pues los matices van de un crimen a un error, pero tienen en común lo inaceptable.

Que las mujeres hayan elevado la voz para denunciar (con o sin nombres propios) los comportamientos a los que han estado sometidas sistemáticamente (o en una ocasión), para explicarnos lo que sentían ante nuestra brutalidad o nuestra torpeza, ha servido para que nosotros, los hombres anónimos, pero también culpables, nos preguntemos cuándo hemos actuado de esa manera; al menos para ser conscientes de nuestros actos y avergonzarnos de ellos. La vergüenza no necesariamente implica detenerlos, pero es un primer paso.

Después de la vergüenza puede venir el arrepentimiento. Si uno se arrepiente sinceramente en la intimidad, lo más seguro es que no vuelva a repetirlo. Si, además, hay un pedido de perdón a la víctima, este acto malvado y doloroso tendrá un pequeño cierre.

La justicia como institución es un asunto más complejo y minucioso. Mientras llega, los agresores seguirán rondando. Pero alguien puede empezar a escarbar en el pasado, identificar aquellos actos y pedir perdón sinceramente. Prometer no repetirlo.

No se trata de imponer la narrativa maniquea de los “hombres malos”, sino de ser conscientes de que el sistema imperante también coarta el modo en que ejercemos nuestra masculinidad; que incluso en posiciones de poder no podemos escapar a ciertos estereotipos. En fin, que pedir perdón es un acto de inteligencia y responsabilidad, mas no de impotencia.

Yo también pido perdón.

@Animalmoribundo