Pereira, ¿ciudad cultural?

Estamos siendo testigos de una transformación muy positiva de la ciudad, que esperamos sea de gran aliento y fructifique, para que esa relación entre la ciudad prometida y la practicada, no sea una mera estrategia de marketing

Por: Margarita Calle

Siempre he creído que los apelativos escogidos por los dirigentes para nombrar las ciudades, son producto de una fuerte tensión entre ausencia y deseo. Al parecer todos obedecen a invenciones anticipadas o prematuras de un contexto cargado de carencias, que por acción de una retórica, directa y repetitiva, se transforman paulatinamente en el imaginario colectivo, así en la práctica todo permanezca igual.

“Bogotá la más humana”, “Medellín la más educada” o “Pereira ciudad cultural”, son ejemplos del modo como se sobredimensiona la realidad de las urbes, a partir de deseos y atributos creados, con el objetivo de que los ciudadanos perciban e interioricen estos contextos de una manera positiva. De allí que más que señalar un estado de cosas, lo que se busca es crear una imagen ideal e instalarla como una especie de finalidad por alcanzar, pues tales construcciones tienen un efecto fundamentalmente ilusorio.

Aunque en la mayoría de los casos la realidad termina por imponerse, en el caso de Pereira se están dando pasos que generan la confianza suficiente para pensar que sí es posible que esta se convierta en ciudad cultural, como tienen que ser todas las ciudades del mundo.

Dicen los expertos en asuntos de marcas que la valoración que los públicos o consumidores tienen de un determinado producto obedece a una particular operación de “compatibilización” entre lo que él espera recibir y lo que percibe que le están dando. Hay una asociación permanente entre la promesa ilusoria y simbólica que condensan las marcas de ciudad y la percepción que los ciudadanos se forman cuando confrontan valorativamente las acciones que apuntan a colmar sus expectativas.

Nuestra ciudad tiene que transformarse en su tejido, en sus prácticas y, sobre todo en su sensibilidad. Lo sensible, dice Emanuele Coccia, constituye la materia de todo lo que creamos y producimos: no sólo de nuestras palabras sino de todo el tejido de las cosas en las que se objetiva nuestra voluntad, nuestra inteligencia, los deseos más violentos, las imaginaciones más diversas. Una ciudad sensible es, por naturaleza, una ciudad hospitalaria, estética en sus formas y ética en sus comportamientos, porque se hace de hábitos, de afectos, de relaciones, de formas que toman vida de otras formas y se reinventan en el juego cotidiano que proponen los ciudadanos y sus dirigentes.

Estamos siendo testigos de una transformación muy positiva de la ciudad, que esperamos sea de gran aliento y fructifique, para que esa relación entre la ciudad prometida y la practicada, no sea una mera estrategia de marketing, sino que se convierta en una experiencia factible y vivible para todos nosotros.

Ha sido muy gratificante participar de espectáculos culturales de gran nivel como el concierto ofrecido por el grupo cubano Ars Longa, Boleros vs Fandango, el pasado 8 de octubre en el Teatro Lucy Tejada. El público colmó el auditorio, disfrutó y aplaudió enérgicamente para devolver a los artistas y a sus promotores el derroche de sensibilidad ofrecido. Aunque falta mucho trecho por recorrer, estas acciones trascienden la retórica y se muestran como rutas seguras para que Pereira experimente la transformación deseada.

* Directora Maestría en Estética y Creación, Universidad Tecnológica de Pereira