Habíamos partido al promediar el día desde el barrio San Luis bajo uno de esos soles mordientes de invierno. A la altura  de la Terminal de Transportes nos recibió uno de esos sorpresivos aguaceros que son el santo y seña de Pereira. En cuestión de minutos volvió  a salir el sol y de nuevo asomaron los nubarrones.
Por Gustavo Colorado Grisales

I

A la hora señalada

A las tres de la tarde  del jueves 21 de noviembre, la Plaza de Bolívar de Pereira lucía como  en unas  fiestas de agosto, o durante un partido de la Selección Colombia: banderas rojas, azules y amarillas, camisetas, banderas rojo y oro del equipo local y hasta banderas de Panamá, Bolivia y de los movimientos indígenas.
En el fondo musical, nada de las quenas y los charangos llorones de varias décadas atrás. El aire era pura batucada tronando con sus tambores desde el corazón de una multitud que no paraba de llegar de todas  partes: de Dosquebradas, de Cuba, de San Luis, de Belmonte y de varios municipios de Risaralda, incluso desde lugares tan distantes como el corregimiento de Irra, en la zona minera de occidente.
Ignorando las admoniciones a menudo terroríficas de los voceros del  establecimiento, a la marcha se dieron cita los más diversos sectores  sociales: obreros, estudiantes,  maestros, funcionarios, trabajadores de la salud, mujeres, campesinos corteros de caña, rebuscadores callejeros y hasta músicos de la banda sinfónica.
A un costado de la plaza, las puertas de   la Catedral de la Pobreza estaban cerradas, consecuentes con las invocaciones lanzadas desde el púlpito a lo largo de la semana, para que los feligreses se cuidaran “de los peligros encarnados en los bandidos que pretenden dañar Colombia”.
Supongo que los bandidos éramos todos los asistentes a la marcha.
Fue así como los curas se atrincheraron en los altares.
Coherentes con sus sermones, al fin y al cabo.
Un denso olor a marihuana con aroma jamaiquino surgía de algunos corrillos y salpicaba el aire con un toque retro.
Disuelto en medio de la  colorida multitud vi  y palpé de todo y para todos.
Vi un par de antiguos comunistas, ya instalados cómodamente en el sistema, que lucían anacrónicos con sus mochilas arhuacas, mientras rumiaban -a lo mejor- nostalgias de antiguas convicciones enterradas.
Vi banderas multicolores y vi también gente de todos los colores: negros, cobrizos, mulatos,  trigueños y hasta rubios mochileros europeos ávidos de color local, tostándose bajo el sol de la tarde.
Vi una pobre vieja de unos ochenta años, arrastrando un carro de paletas para ganarse la vida.
En un mundo menos atroz, la anciana debería estar en casa acariciando a sus nietos. Pero bueno… por eso marchábamos.
Había muchas otras cosas.
En medio del barullo, me topé con un desconocido que sin mediar motivo me espetó su peculiar declaración de principios:
“Me gustan las marchas porque se ven muchas viejas chimbas”.
Y si: esa también es una buena razón para marchar.

 

II

En el corazón de la fiesta

A las cuatro de la tarde la plaza rebosaba de vida.
Desde los edificios vecinos, ancianas temerosas de Dios y de los hombres oteaban la escena a través de los visillos, igual que si estuvieran frente a la pantalla del televisor.
También  descubrí carteles que rezumaban lucidez, poesía y humor.
Va una breve muestra:
“Con esas pensiones  ya no podré ser un Sugar Daddy”
“Un pueblo sin piernas, pero que camina”.
Otro  portado por un sicólogo, trabajador en el sector de la salud:
“Violento es tener atención sicológica una vez al mes, con diagnóstico de depresión”
Y un reclamo:
“¿Dónde están los 11.645.000 votos contra la corrupción?”
A modo de respuesta, Colombia les ofrece a sus hijos millones de razones para estar deprimidos.
A pesar de todo, bailan.
Porque esta multitud   integrada por varias generaciones celebraba a su manera la fiesta de la vida.
Así que la música de fondo iba de Violeta Parra al reguetonero Maluma, pasando por los muy ochenteros Quiet Riot.
Contra todo pronóstico, encontré varios compañeros de generación a  los que suponía derrotados del todo.
Después de saludar a varios, me  encontré con un cartel cuya pregunta lapidaria me  dejó estaqueado en la mitad de la plaza:
“¿Qué cosecha un país que siembra muertos?”
Abrumado, me dirigí a  la estatua del  Bolívar desnudo en  busca de alguna respuesta, pero el fulano, bañado  en mierda de palomas, prefirió mirar para otro lado.
Por fortuna, por  allí andaba un grupo de poetas diciendo sus palabras como heridas sin cicatrizar.
Los poetas, al contrario de lo pregonado por el gran Holderlin, se hacen doblemente  necesarios en tiempos de penuria.
De súbito, como atendiendo a un llamado secreto, cientos de palomas revolotearon en el aire.
Un detalle significativo: se coreaban más consignas  contra Uribe que contra Duque. Eso confirmaba dos cosas: el  talante ambiguo  y difuso del  presidente y la certeza de que padecemos el tercer periodo de la  Seguridad Democrática, con todo lo que eso significa.
Sentados en la terraza del Centro Comercial Bolívar Plaza, grupos de contertulios bebían café, al tiempo que tomaban fotografías a distancia: tan lejos se sienten de las duras realidades de su país.
Habíamos partido al promediar el día desde el barrio San Luis bajo uno de esos soles mordientes de invierno. A la altura  de la Terminal de Transportes nos recibió uno de esos sorpresivos aguaceros que son el santo y seña de Pereira. En cuestión de minutos volvió  a salir el sol y de nuevo asomaron los nubarrones.
Pero la gente no  se movió de  su sitio. Todo lo contrario: seguían llegando de todas partes hasta abarrotar la plaza.
Tenían suficientes razones para cruzar la noche entera bailando, cantando y haciendo sonar sus vuvuzelas.
Dichoso, un vendedor callejero que acababa de agotar el surtido de golosinas de sal se lanzó a gritar a todo tren:
“¡Que vivan las marchas!”
Y   ni un asomo de violencia cuando ya despuntaba la noche.
Sospecho  que a todas esas, los profetas del desastre debían estar comiéndose sus uñas virtuales en Twitter.

 

III

Fin de fiesta

Ah… y lo  último pero no menos importante: vi detectives apostados en las cuatro esquinas de la plaza,  registrándolo todo en sus  modernas cámaras.
A esta hora deben estar evaluando cada rostro, cada gesto, cada movimiento de los asistentes.
Pero ignoro de donde van a sacar razones para justificar sus delirios, si en las marchas del jueves 21 de noviembre, de principio a fin, Pereira fue una fiesta.
PDT . Les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada